sábado, 24 de julio de 2010

Reflexiones del Domingo 17º

El Evangelio nos lleva a reflexionar sobre la oración del Padrenuestro, la oración perfecta porque fue el mismo Cristo quien la enseñó a sus discípulos y a toda su Iglesia, que la reza en todo el mundo en forma incesante.

En las siete peticiones del Padrenuestro están contenidos todos los bienes. Los únicos y los verdaderos bienes que debemos pedir, y en el orden en que debemos hacerlo.

Las tres primeras peticiones tienen por objeto la gloria de Dios: la santificación de su nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro peticiones presentan al Padre nuestros deseos: están referidas a nuestra vida, nuestro alimento y nuestra curación del pecado.

Cuando decimos: Santificado sea tu nombre, estamos pidiendo la gloria de Dios por sí mismo. Es la mayor alabanza que podemos hacer al Creador, porque lo reconocemos como santo. Este es el primer bien que domina y contiene a todos los demás bienes. Con esta primera petición, el Señor nos enseña que debemos desear más la gloria de Dios, que cualquiera de nuestros intereses.

En la segunda petición pedimos que venga a nosotros tu Reino. Por Reino de Dios entendemos un triple reino espiritual. El reino de Dios en nosotros, que es la gracia santificante en nuestras almas. El Reino de Dios en la tierra, que es la Iglesia Católica. Y el Reino de Dios en el Cielo, que es la bienaventuranza eterna. En esta petición, pedimos las tres cosas. Pedimos tener aquí en la tierra la gracia de Dios. Pedimos que la Iglesia Católica se extienda por todo el mundo, para la salvación de todos los hombres. Y finalmente, pedimos un día llegar a la vida eterna.


En la tercera petición, que está recogida en el Evangelio de San Mateo, pedimos al Señor que se haga su voluntad. Dios tiene trazado un plan en su voluntad, pero este plan debe ser realizado por el hombre. San Pablo dice que la voluntad del Padre es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Pero aquí entra en juego la voluntad y la libertad de cada uno de nosotros. Jesús nos dejó el ejemplo del perfecto cumplimiento de la voluntad del Padre. En su oración en la Cruz la acepta totalmente cuando dice “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Nuestra oración debe llevarnos a pedir al Padre que nos de a conocer cual es su voluntad, para poder amarla y cumplirla.

Pedimos luego a nuestro Padre: “Danos nuestro pan de cada día”. No solamente estamos pidiendo el pan material, palabra que en hebreo significaba toda clase de alimentos, para poder sustentar nuestra vida.
Pedimos por “nuestro” pan. “Uno” para “muchos”. La pobreza de las Bienaventuranzas nos invita a compartir los bienes. Nos invita a comunicar y a compartir bienes materiales y espirituales, no por la fuerza, sino por amor, para que la abundancia de unos remedie las necesidades de otros.
No pedimos tener almacenado el pan de toda la vida. Pedimos el pan de hoy, con la confianza que mañana lo volveremos a pedir, y nuestro Padre Dios volverá a concedérnoslo.
En esta petición estamos pidiendo al Señor que nos dé también el Pan espiritual, ya sea que provenga este del Pan de la Eucaristía o del Pan de la Palabra de Dios. El mismo Jesús dijo que “no solo de pan vive el hombre, sin de toda palabra que sale de la boca de Dios”.


Pedimos al Señor que nos perdone nuestros pecados, así como también nosotros perdonamos
a todo el que nos debe. El pecado se describe en la Biblia como una deuda que el hombre ha contraído con Dios, y que nosotros tenemos que pagar. Al pedir a Dios que nos las perdone, reconocemos que somos pecadores e incapaces de reparar la ofensa a Dios.
Pero el Señor quiere que primero demostremos que nosotros perdonamos a nuestro prójimo, al exigirnos que para que nuestra oración sea escuchada, antes nos reconciliemos con ellos, perdonándoles cada ofensa que hayamos recibido.
Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Ese “como” aparece repetidamente en las enseñanzas de Jesús. “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial”. “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen como los he amado”. Solo participando de la vida de Dios, podemos perdonar o amar como El perdonó y amó.

Pedimos también a Dios que “no nos deje caer en la tentación”. Esta petición va a la raíz de la anterior, porque la causa de nuestros pecados son las tentaciones. No es pecado sentir la tentación, sino consentir en ella. Por eso pedimos no caer.

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