viernes, 21 de diciembre de 2012
Mons. Galimberti:
Columna del Mons. Pablo Galimberti
“Mamá ¿creés en las brujas? ¡No!” respondió ella a su hija de apenas 6 años, etapa donde fantasías y razonamientos empiezan a diferenciarse. “¿Y en Peter Pan? Sí, claro!” le concedió la madre para no desilusionarla, o quizás para darse un respiro y preparar una mejor respuesta. Pero apenas encontró al papá la niña volvió a la carga: “Papá, creés en las brujas?” “Nooo, pero que las hay, las hay!” Menos mal, Halloween no se suspende, pensó seguramente su hija pequeña.
Las creencias populares, mezcladas con supersticiones, abundan y conviven en las sociedades más desarrolladas. Por un lado se asiste a la hazaña tecnológica del robot Curiosity que se posó el pasado 6 /VIII en Marte, después de recorrer 570 millones de kilómetros en 8 meses y medio de vuelo. Por otro lado muchos padecen agobios porque alguien les hizo un “trabajo”. Y en un parque de una ciudad de Estados Unidos o de Europa cualquiera puede tropezar con alguien que tira las cartas.
En nuestro país y en Argentina se habla de la “luz mala”. Consiste en la aparición nocturna de una luz brillante que flota a poca altura del suelo. Puede permanecer inmóvil, desplazarse, o en algunos relatos, perseguir a gran velocidad al aterrorizado observador. Comúnmente se identifica a la “luz mala” como un “alma en pena”.
También circula la leyenda del lobizón. Se teme a los “gualichos” o embrujos. Muchas personas se convencen que les han hecho alguna brujería.
Los libros de Harry Potter han puesto de moda la brujería, con algunas consecuencias ambiguas, ya que el mundo de los humanos es denigrado mientras el de las brujas y hechiceros exaltado, como si el mal fuese bueno, tal es lo que afirma un crítico de prestigio.
La Iglesia Católica sostiene que tanto la magia como la hechicería son prácticas condenables, aún cuando sea para procurar, por ejemplo, la salud. Mediante esta práctica se pretende manipular potencias ocultas para ponerlas a propio servicio. Todo lo contrario a una actitud confiada en Dios Padre que no olvida ni siquiera al gorrión más pequeño que se posó esta mañana en mi ventana.
El próximo del 31 de octubre, víspera de la fiesta cristiana de todos los santos, según tradiciones célticas, era la noche de Halloween! Tales tradiciones se ha popularizado en Estados Unidos y aterrizó en nuestro país, especialmente entre los niños. Estos, disfrazados de fantasmas y brujas, van de puerta en puerta pidiendo golosinas, diciendo “trick or treat” (truco o regalo); quien se niega a darles lo que piden es objeto de alguna “diablura”.
Shakespeare abre la tragedia del general Macbeth, con una representación, equivalente a un sueño, que en lugar de prevenirlo sobre sus fantasías de grandeza, ocasionarán su ruina. Tres brujas le dicen que será rey. La película de R. Polanski (1971) da rostro a estas horrendas figuras femeninas. Erich Fromm tiene un libro sobre el lenguaje olvidado de los sueños al que, lamentablemente, no se presta la debida atención.
María L. von Franz, discípula de Jung, señala que una de las formas en que se representan en el hombre sus sentimientos ocultos es a través de figuras de mujer, entre ellas por ejemplo, señala las figuras frías y atrevidas. Añade que esto, culturalmente se ha expresado, muchas veces, por medio de la creencia en las brujas.
Transcribe una fábula sobre este lado desconocido que resulta ilustrativa. Un hombre captura un gorila hembra y lo lleva a su campamento. Pronto advierte que al regresar a su casucha todo está en orden. Curioso, un día se esconde y observa. Ve a una bellísima dama que sale de la piel de gorila y ordena el lugar. El hombre toma esa piel, la quema y pide a la joven que se quede con él. Ella acepta con la condición de que el hombre nunca mencione su anterior condición. Pero un día, alterado, le grita “gorila”. La joven vuelve a su aspecto animal y escapa llevándose al niño que habían tenido. El hombre, furioso, incendia la casa.
Hay que tratar bien a nuestro lado oculto.
Columna publicada en el Diario “Cambio”, del 26 de octubre de 2012
Un tiempo para los cristianos a comprometerse con el mundo
ARTÍCULO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI en el Financial Times "
"Dad al César lo que es del César ya Dios lo que es de Dios", fue la respuesta de Jesús cuando se le preguntó sobre el pago de impuestos. Sus interrogadores, por supuesto, estaban tendiendo una trampa para él. Ellos querían obligarlo a tomar partido en el debate político altamente cargado sobre la dominación romana en la tierra de Israel. Sin embargo, había algo más en juego: si Jesús era realmente el Mesías esperado, entonces seguramente se opondría a los señores romanos. Así que la pregunta se calculó a exponerlo ya sea como una amenaza para el régimen, o un fraude.
La respuesta de Jesús se mueve con destreza el argumento a un plano superior, suavemente advierte contra tanto de la politización de la religión y la deificación del poder temporal, junto con la incesante búsqueda de la riqueza. Su público necesita que se le recuerde que el Mesías no era César, y César no era Dios. El reino que Jesús vino a establecer era de un orden completamente superior. Como le dijo a Poncio Pilato: "Mi reino no es de este mundo".
Los cuentos de Navidad en el Nuevo Testamento se pretende transmitir un mensaje similar. Jesús nació en un "censo de todo el mundo" tomada por César Augusto, el emperador famoso por llevar la Pax Romana a todas las tierras bajo dominio romano. Sin embargo, este niño, nacido en un rincón oscuro y extensa del Imperio, era ofrecer al mundo una paz mucho mayor, verdaderamente de alcance universal y trasciende todas las limitaciones de espacio y tiempo.
Jesús se nos presenta como heredero del rey David, pero la liberación que trajo a su pueblo, no se trataba de la celebración de ejércitos enemigos a raya, sino que fue el pecado sobre la conquista y la muerte para siempre.
El nacimiento de Cristo nos desafía a reconsiderar nuestras prioridades, nuestros valores, nuestra forma de vida. Aunque la Navidad es, sin duda, un momento de gran alegría, es también una ocasión para la reflexión profunda, incluso un examen de conciencia. Al final de un año que ha significado dificultades económicas para muchos, ¿qué podemos aprender de la humildad, la pobreza, la sencillez del pesebre?
Navidad puede ser el momento en el que aprendemos a leer el Evangelio, para llegar a conocer a Jesús no sólo como el Niño en el pesebre, sino como aquel en quien reconocemos a Dios hecho Hombre.
Es en el Evangelio que los cristianos encontrar la inspiración para su vida cotidiana y su participación en los asuntos del mundo - ya sea en las Casas del Parlamento o de la Bolsa de Valores. Los cristianos no deben rehuir el mundo, sino que debe comprometerse con ella. Sin embargo, su participación en la política y la economía debe trascender toda forma de ideología.
Luchar contra la pobreza a los cristianos de un reconocimiento de la suprema dignidad de cada ser humano, creado a imagen de Dios y destinado a vivir eternamente. Cristianos trabajan para una distribución más equitativa de los recursos de la tierra de la creencia de que, como administradores de la creación de Dios, tenemos el deber de cuidar a los más débiles y vulnerables. Cristianos se oponen a la codicia y la explotación de la convicción de que la generosidad y el amor desinteresado, como se enseña y vivido por Jesús de Nazaret, es el camino que conduce a la plenitud de la vida. Creencia cristiana en el destino trascendente de cada ser humano da urgencia a la tarea de promover la paz y la justicia para todos.
Debido a que estos objetivos son compartidos por muchos, mucho más fructífera cooperación es posible entre los cristianos y otros. Sin embargo, los cristianos dar al César lo que le pertenece sólo a César, no lo que es de Dios. Los cristianos tienen a veces largo de la historia han podido cumplir con las demandas hechas por César. Desde el culto emperador de la antigua Roma a los regímenes totalitarios del siglo pasado, César ha tratado de tomar el lugar de Dios. Cuando los cristianos se niegan a inclinarse ante los dioses falsos que hoy se propone, no es a causa de una anticuada visión del mundo. Más bien, es porque están libres de las limitaciones de la ideología e inspirada por una visión noble del destino humano que no pueden coludirse con cualquier cosa que la socava.
En Italia, muchas escenas del pesebre cuentan con las ruinas de antiguos edificios romanos en el fondo. Esto demuestra que el nacimiento del niño Jesús marca el fin del antiguo orden, el mundo pagano, en el que las reclamaciones de César pasó prácticamente sin oposición. Ahora hay un nuevo rey, que no se basa en la fuerza de las armas, sino en el poder del amor. Él trae esperanza a todos aquellos que, como él, viven en los márgenes de la sociedad. Él trae esperanza a todos los que son vulnerables a las fortunas cambiantes de un mundo precario. Desde el pesebre, Cristo nos llama a vivir como ciudadanos de su reino celestial, un reino que todas las personas de buena voluntad pueden ayudar a construir aquí en la tierra.
Hoy tendría que terminar el mundo.
Scott Brodeur, teólogo jesuita de la Universidad Gregoriana, explica el éxito mediático de la “profecía” de los mayas
Aunque la mayor parte de las personas no cree en ello, hay cada vez más gente en la televisión que habla del «fin del mundo», previsto para este 21 de diciembre.
Incluso Benedicto XVI, con la erudición que le caracteriza y con su tono siempre humano y espiritual, reflexionó sobre el argumento durante el Ángelus del domingo pasado, invitando a los cristianos a no creer en el temido fin del mundo. En lugar de ello, los cristianos deberían concentrarse en la recta vía para «entrar en la vida eterna».
Mientras el día funesto se acercaba y crecía el frenesí mediático sobre el inminente fin del mundo, Vatican Insider entrevistaba al teólogo estadounidense, Scott Brodeur, expeto de San Pablo en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.
¿Por qué tantas personas atienden estas “predicciones”, a pesar de que sean tan inverosímiles?
Esto se debe a la obsesión que la sociedad tiene por lo efímero, por las cosas pasajeras y, sobre todo, con el sensacionalismo. Si ciertas películas de Hollywood no hubieran exagerado las consecuencias apocalípticas que se extrapolan del final del ciclo del calendario de los mayas, nadie hablaría del fin del mundo ahora. Sin duda, es mucho más fácil dejarse llevar por las exageraciones mediáticas y creer en las “pseudociencias” y en las verdades a medias en vez de afrontar las cuestiones verdaderamente urgentes, como la paz en el Medio Oriente, el terrorismo internacional, el hambre en el mundo, las reglas para la posesión de armas y la violencia en muchas escuelas de los Estados Unidos (por citar solo algunos desafíos de la humanidad).
Pero un día el mundo se va a acabar de cualquier manera…
Claro, los científicos recuerdan que el universo llegará a un final frío y oscuro dentro de miles de millones de años. Mientras tanto, debemos poner manos a la obra y tomar en serio nuestras responsabilidades cotidianas. Como sacerdote y profesor universitario, tendré que leer y corregir las tesis de mis alumnos durante las próximas semanas. ¡Y pretendo ver a cada uno de ellos después de las vacaciones de Navidad!
El hombre no puede vivir sin cuestionarse sobre el fin del mundo y sobre una realidad más duradera de la que vivimos todos los días. ¿Por qué?
Los que se cuestionan sobre el sentido de la vida y reflexionan sobre el fin del mundo pueden dirigirse a los textos filosóficos y teológicos que se ocupan de estas cuestiones desde el inicio de la historia. Los judíos y los cristianos comparten muchos pasajes bíblicos que tratan temas fundamentalmente existenciales sonbre los que se puede meditar y reflexionar. Dios creó el cosmos y todo lo que contiene con amor. Los primeros versículos del Génesis lo demuestran de manera muy clara y bella. Fuimos creados, efectivamente, para el cielo y Dios desea verdaderamente nuestra felicidad, nuestro bienestar y nuestra salvación final.
En la época de San Pablo, la gente creía que el fin del mundo estaba muy cerca…
Para él y para sus comunidades, el fin del mundo había comenzado gracias al evento de Cristo. Además, creían que la realización final del plan divino habría llegado muy pronto, dentro del arco de sus vidas. Nosotros, naturalmente, no sentimos la misma urgencia, y el paso del tiempo (dos milenios) ha enseñado a la Iglesia que el tiempo de la Evangelización debe continuar.
Las personas y muchos movimientos cristianos “herejes” han previsto el fin del mundo en muchas ocasiones. ¿Cuál es la opinión de la Iglesia católica sobre estas previsiones?
Ha habido periodos en la historia en los que las personas tenían un ansia particular y un terror apocalíptico, especialmente hacia el año 100, pero también en el año 2000, cuando se desencadenó la histeria por el fin del milenio. Falsos profetas predicaban y anunciaban el inminente final. La Iglesia, naturalmente, solo puede repetir las palabras de Jesús mismo: estar en guardia, pues no sabemos cuándo será el momento. Alrededor de 20 años después de la muerte y Resurrección de Jesús, San Pablo exhortó a la sobriedad y a la cautela. Hoy en día la Iglesia sigue haciendo lo mismo.
Sin embargo no logramos no pensar en el fin del mundo y en las “últimas cosas”, a pesar de saber que la “profecía” de los mayas y de otros son supercherías...
Reflexionar sobre las “últimas cosas” es fundamental en nuestras vidas de cristianos… Nos recuerda que somos criaturas, que somos mortales y que formamos parte de un plan divino mucho más grande. Los cristianos deben creer en la bondad del plan de Dios y confiar en ese plan, tratando, mientras tanto, de hacer el bien y de amar al prójimo como a sí mismos. Amor que se expresa a través del servicio. Amor que exige sacrificios. Amor que se hace concreto solo si estamos dispuestos a poner manos a la obra y hacer nuestra parte.
ALESSANDRO SPECIALE
ROMA
sábado, 1 de diciembre de 2012
"COMO EN EDIFICIOS DE CEMENTO SIN VENTANAS..."
Queridos amigos,
Con viva gratitud y con afecto saludo a todos los participantes en el "Atrio de los gentiles", que se inaugura en Portugal el 16 y 17 de noviembre de 2012 y que reúne a creyentes y no creyentes alrededor de la inspiración común de afirmar el valor de la vida humana en vista de la creciente oleada de la cultura de la muerte.
En realidad, la conciencia de la sacralidad de la vida que nos ha sido confiada, no como algo de lo cual se puede disponer libremente, sino como un don que hay que custodiar fielmente, pertenece a la herencia moral de la humanidad. "Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término" (Encíclica "Evangelium vitae", n. 2). No somos un producto casual de la evolución, sino que cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios: somos amados por Él.
Pero si la razón puede captar este valor de la vida, ¿por qué hay que llamar en causa a Dios? Respondo citando una experiencia humana. La muerte de la persona amada es, para quien la ama, el hecho más absurdo que se pueda imaginar: ella es incondicionalmente digna de vivir, es bueno y bello que exista (el ser, el bien, lo bello, como diría un metafísico, se equivalen trascendentalmente). Del mismo modo, la muerte de esta misma persona parece, a los ojos de quien no la ama, como un hecho natural, lógico (no absurdo). ¿Quién tiene razón? ¿El que ama ("la muerte de esta persona es absurda") o el que no ama ("la muerte de esta persona es lógica")?
La primera posición es defendible sólo si toda persona es amada por un Poder infinito; y éste es el motivo por el cual ha sido necesario recurrir a Dios. De hecho, quien ama no quiere que la persona amada muera; y si pudiera, lo impediría siempre. Si pudiera... El amor finito es impotente; el Amor infinito es omnipotente. Ahora bien, ésta es la certeza que la Iglesia anuncia: " Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). ¡Sí! Dios ama a toda persona que, por esto, es incondicionalmente digna de vivir. "La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del amor del Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué inestimable es el valor de su vida". (Enciclica "Evangelium vitae", n. 25).
En la época moderna el hombre ha querido, sin embargo, sustraerse a la mirada creadora y redentora del Padre (cfr. Jn 4, 14), apoyándose en sí mismo y no en el Poder divino. Algo así como sucede con los edificios de cemento armado sin ventanas, donde es el hombre quien provee la aireación y la luz; e incluso en un mundo así auto-construido se recurre también a los "recursos" de Dios, que son transformados en nuestros productos. ¿Qué podemos decir entonces? Es necesario volver a abrir las ventanas, ver de nuevo la vastedad del mundo, el cielo y la tierra y aprender a usar todo esto de manera justa.
De hecho, el valor de la vida se convierte en evidente sólo si Dios existe. Por esto, sería bello si los no creyentes quisieran vivir "como si Dios existiera". Aunque no tengan la fuerza para creer, deberían vivir en base a esta hipótesis: en caso contrario, el mundo no funciona. Hay tantos problemas que deben ser resueltos, pero que no lo serán nunca del todo si no se pone a Dios en el centro, si Dios no se convierte, de nuevo, en visible en el mundo y determinante en nuestra vida. Aquel que se abre a Dios no se aleja del mundo y de los hombres, sino que encuentra hermanos: en Dios caen nuestros muros de separación, somos todos hermanos, formamos parte los unos de los otros.
Amigos míos, desearía concluir con estas palabras del concilio Vaticano II a los pensadores y científicos: "Felices los que, poseyendo la verdad, la buscan más todavía a fin de renovarla, profundizar en ella y ofrecerla a los demás" (Mensaje, 8 de diciembre de 1965). Estos son el espíritu y la razón de ser del "Atrio de los gentiles". A vosotros, comprometidos de distintas formas en esta significativa iniciativa, os expreso mi apoyo y dirijo mi más sentido estímulo. Que mi afecto y bendición os acompañen hoy y en el futuro.
BENEDICTUS PP XVI
Desde el Vaticano, 13 de noviembre de 2012
__________
sábado, 27 de octubre de 2012
“Mamá ¿creés en las brujas? Nuestro lado oscuro”
Columna del Mons. Pablo Galimberti
“Mamá ¿creés en las brujas? ¡No!” respondió ella a su hija de apenas 6 años, etapa donde fantasías y razonamientos empiezan a diferenciarse. “¿Y en Peter Pan? Sí, claro!” le concedió la madre para no desilusionarla, o quizás para darse un respiro y preparar una mejor respuesta. Pero apenas encontró al papá la niña volvió a la carga: “Papá, creés en las brujas?” “Nooo, pero que las hay, las hay!” Menos mal, Halloween no se suspende, pensó seguramente su hija pequeña.
Las creencias populares, mezcladas con supersticiones, abundan y conviven en las sociedades más desarrolladas. Por un lado se asiste a la hazaña tecnológica del robot Curiosity que se posó el pasado 6 /VIII en Marte, después de recorrer 570 millones de kilómetros en 8 meses y medio de vuelo. Por otro lado muchos padecen agobios porque alguien les hizo un “trabajo”. Y en un parque de una ciudad de Estados Unidos o de Europa cualquiera puede tropezar con alguien que tira las cartas.
En nuestro país y en Argentina se habla de la “luz mala”. Consiste en la aparición nocturna de una luz brillante que flota a poca altura del suelo. Puede permanecer inmóvil, desplazarse, o en algunos relatos, perseguir a gran velocidad al aterrorizado observador. Comúnmente se identifica a la “luz mala” como un “alma en pena”.
También circula la leyenda del lobizón. Se teme a los “gualichos” o embrujos. Muchas personas se convencen que les han hecho alguna brujería.
Los libros de Harry Potter han puesto de moda la brujería, con algunas consecuencias ambiguas, ya que el mundo de los humanos es denigrado mientras el de las brujas y hechiceros exaltado, como si el mal fuese bueno, tal es lo que afirma un crítico de prestigio.
La Iglesia Católica sostiene que tanto la magia como la hechicería son prácticas condenables, aún cuando sea para procurar, por ejemplo, la salud. Mediante esta práctica se pretende manipular potencias ocultas para ponerlas a propio servicio. Todo lo contrario a una actitud confiada en Dios Padre que no olvida ni siquiera al gorrión más pequeño que se posó esta mañana en mi ventana.
El próximo del 31 de octubre, víspera de la fiesta cristiana de todos los santos, según tradiciones célticas, era la noche de Halloween! Tales tradiciones se ha popularizado en Estados Unidos y aterrizó en nuestro país, especialmente entre los niños. Estos, disfrazados de fantasmas y brujas, van de puerta en puerta pidiendo golosinas, diciendo “trick or treat” (truco o regalo); quien se niega a darles lo que piden es objeto de alguna “diablura”.
Shakespeare abre la tragedia del general Macbeth, con una representación, equivalente a un sueño, que en lugar de prevenirlo sobre sus fantasías de grandeza, ocasionarán su ruina. Tres brujas le dicen que será rey. La película de R. Polanski (1971) da rostro a estas horrendas figuras femeninas. Erich Fromm tiene un libro sobre el lenguaje olvidado de los sueños al que, lamentablemente, no se presta la debida atención.
María L. von Franz, discípula de Jung, señala que una de las formas en que se representan en el hombre sus sentimientos ocultos es a través de figuras de mujer, entre ellas por ejemplo, señala las figuras frías y atrevidas. Añade que esto, culturalmente se ha expresado, muchas veces, por medio de la creencia en las brujas.
Transcribe una fábula sobre este lado desconocido que resulta ilustrativa. Un hombre captura un gorila hembra y lo lleva a su campamento. Pronto advierte que al regresar a su casucha todo está en orden. Curioso, un día se esconde y observa. Ve a una bellísima dama que sale de la piel de gorila y ordena el lugar. El hombre toma esa piel, la quema y pide a la joven que se quede con él. Ella acepta con la condición de que el hombre nunca mencione su anterior condición. Pero un día, alterado, le grita “gorila”. La joven vuelve a su aspecto animal y escapa llevándose al niño que habían tenido. El hombre, furioso, incendia la casa.
Hay que tratar bien a nuestro lado oculto.
Columna publicada en el Diario “Cambio”, del 26 de octubre de 2012
martes, 23 de octubre de 2012
El desierto y la peregrinación espiritual de la fe
Nuestra mirada al mundo que nos ha tocado vivir tiene que estar impregnada de realismo para poder así contestar adecuadamente a la pregunta ¿qué es lo que yo puedo y debo hacer?, o mejor todavía, ¿qué es lo que Dios espera de mí?
Estoy recién llegado de un viaje peregrinación a Tierra Santa, días de gran intensidad espiritual y de los que necesitaré un cierto tiempo para integrar en mi vida las experiencias que he vivido allí. Una de ellas fue una meditación en el desierto de Judea, en la que uno no puede por menos de recordar los cuarenta días que Jesús pasó allí para prepararse a su inminente vida pública. Lo mismo que Jesús, también nosotros necesitamos momentos, que pueden ser de varios días como sucede en los Ejercicios Espirituales o en la peregrinación a Santiago, de escucha, recogimiento y silencio, para poder madurar y acertar en nuestras decisiones.
Benedicto XVI en la Homilía de Apertura del Año de la Fe nos habla de la desertificación espiritual que supone un mundo sin Dios, pero también de la experiencia positiva que supuso para Jesús y debe significar también para nosotros el desierto. En nuestro caso, el de la peregrinación a Tierra Santa era el desierto en su sentido literal, incluso físico, pues todos necesitamos poder encontrarnos con nosotros mismos, porque se trata de descubrir el valor de lo que es esencial en nuestra vida, que para un creyente no puede ser otra cosa sino su encuentro con Dios.
En una peregrinación, aunque sea por motivos simplemente deportivos, turísticos o de encuentro conmigo mismo, todos buscan el poder pensar y reflexionar. En ocasiones, Dios espera ese momento para volver a entrar en la vida de una persona que hace tal vez largos años no quería saber nada de Dios, como he podido experimentar tantas veces en Santiago, pero en el caso de muchos creyentes ya tienen el deseo de rezar y encontrarse especialmente con Él, para que les indique qué espera de ellos y cuál es el sentido que Dios quiere que ellos den a su vida. Se trata de imitar a la Virgen María cuando en la Anunciación dijo esas hermosas palabras: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Es decir ponernos a disposición de Dios, para que Él pueda actuar en el mundo a través nuestro. Y cuando uno vive así, cuando deja paso libre a la gracia de Dios en él, esta gracia nos libera del pesimismo y nos llena de alegría, como se notó en la JMJ del año pasado en Madrid, cuando ese millón bastante largo de jóvenes dejaron boquiabiertos a tantos madrileños con su alegría contagiosa pero sana. Y es que lo que tanta gente busca es para qué estamos aquí, cuál es el sentido de nuestra vida. Y es que ese sentido no es otro sino Jesucristo “camino, verdad y vida” (Jn 14,6), y eso un creyente lo sabe.
Personalmente lo que me asombra y deja perplejo es que sabiendo que la vida tiene sentido, que ése no es otro sino amar y ser amados, que Dios nos quiere infinitamente, que hay resurrección y vida eterna, que vamos a poder realizar nuestra aspiración fundamental de ser siempre felices, esa mercancía nuestra de primerísima calidad, nos dé vergüenza enseñarla y ofrecerla a otros, cuya oferta es simplemente que todo termina con la muerte, que es imposible ser feliz siempre y lo más que podemos esperar son unos cuantos placeres pasajeros, que se verán truncados a veces por el fracaso económico, y siempre por la enfermedad y la inevitable muerte. No puedo entender cómo nos achantamos ante quienes sólo tienen esa basura que ofrecernos y ni siquiera son capaces de luchar por un mundo mejor.
Ahora mismo que la situación es difícil, lo único que son capaces de hacer es combatir contra las dos instituciones que más hacen para mejorar el mundo y que la crisis no sea aún peor: la familia y la Iglesia. Y todavía tienen la desfachatez, como hizo hace pocos días una política muy conocida, de decir que a la Iglesia no le interesan los pobres, cuando uno busca y no encuentra sencillamente porque no existen o son muy raras las obras sociales de nuestros adversarios. Lo que sí no debemos olvidar es que colaborar con las estructuras sociales es muy importante para la Iglesia y los cristianos, pero que la auténtica salvación del hombre no puede comenzar desde las estructuras sociales externas, sino desde nuestra transformación interior.
Pedro Trevijano
sábado, 13 de octubre de 2012
La apertura del Año de la FE
Homilía del Papa en la apertura del Año de la FE 11.12.12
Venerables hermanos, queridos hermanos y hermanas
Hoy, con gran alegría, a los 50 años de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, damos inicio al Año de la fe. Me complace saludar a todos, en particular a Su Santidad Bartolomé I, Patriarca de Constantinopla, y a Su Gracia Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury. Un saludo especial a los Patriarcas y a los Arzobispos Mayores de las Iglesias Católicas Orientales, y a los Presidentes de las Conferencias Episcopales. Para rememorar el Concilio, en el que algunos de los aquí presentes – a los que saludo con particular afecto – hemos tenido la gracia de vivir en primera persona, esta celebración se ha enriquecido con algunos signos específicos: la procesión de entrada, que ha querido recordar la que de modo memorable hicieron los Padres conciliares cuando ingresaron solemnemente en esta Basílica; la entronización del Evangeliario, copia del que se utilizó durante el Concilio; y la entrega de los siete mensajes finales del Concilio y del Catecismo de la Iglesia Católica, que haré al final, antes de la bendición. Estos signos no son meros recordatorios, sino que nos ofrecen también la perspectiva para ir más allá de la conmemoración. Nos invitan a entrar más profundamente en el movimiento espiritual que ha caracterizado el Vaticano II, para hacerlo nuestro y realizarlo en su verdadero sentido. Y este sentido ha sido y sigue siendo la fe en Cristo, la fe apostólica, animada por el impulso interior de comunicar a Cristo a todos y a cada uno de los hombres durante la peregrinación de la Iglesia por los caminos de la historia.
El Año de la fe que hoy inauguramos está vinculado coherentemente con todo el camino de la Iglesia en los últimos 50 años: desde el Concilio, mediante el magisterio del siervo de Dios Pablo VI, que convocó un «Año de la fe» en 1967, hasta el Gran Jubileo del 2000, con el que el beato Juan Pablo II propuso de nuevo a toda la humanidad a Jesucristo como único Salvador, ayer, hoy y siempre. Estos dos Pontífices, Pablo VI y Juan Pablo II, convergieron profunda y plenamente en poner a Cristo como centro del cosmos y de la historia, y en el anhelo apostólico de anunciarlo al mundo. Jesús es el centro de la fe cristiana. El cristiano cree en Dios por medio de Jesucristo, que ha revelado su rostro. Él es el cumplimiento de las Escrituras y su intérprete definitivo. Jesucristo no es solamente el objeto de la fe, sino, como dice la carta a los Hebreos, «el que inició y completa nuestra fe» (12,2).
El evangelio de hoy nos dice que Jesucristo, consagrado por el Padre en el Espíritu Santo, es el verdadero y perenne protagonista de la evangelización: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4,18). Esta misión de Cristo, este dinamismo suyo continúa en el espacio y en el tiempo, atraviesa los siglos y los continentes. Es un movimiento que parte del Padre y, con la fuerza del Espíritu, lleva la buena noticia a los pobres en sentido material y espiritual. La Iglesia es el instrumento principal y necesario de esta obra de Cristo, porque está unida a Él como el cuerpo a la cabeza. «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21). Así dice el Resucitado a los discípulos, y soplando sobre ellos, añade: «Recibid el Espíritu Santo» (v. 22). Dios por medio de Jesucristo es el principal artífice de la evangelización del mundo; pero Cristo mismo ha querido transmitir a la Iglesia su misión, y lo ha hecho y lo sigue haciendo hasta el final de los tiempos infundiendo el Espíritu Santo en los discípulos, aquel mismo Espíritu que se posó sobre él y permaneció en él durante toda su vida terrena, dándole la fuerza de «proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista»; de «poner en libertad a los oprimidos» y de «proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).
El Concilio Vaticano II no ha querido incluir el tema de la fe en un documento específico. Y, sin embargo, estuvo completamente animado por la conciencia y el deseo, por así decir, de adentrase nuevamente en el misterio cristiano, para proponerlo de nuevo eficazmente al hombre contemporáneo. A este respecto se expresaba así, dos años después de la conclusión de la asamblea conciliar, el siervo de Dios Pablo VI: «Queremos hacer notar que, si el Concilio no habla expresamente de la fe, habla de ella en cada página, al reconocer su carácter vital y sobrenatural, la supone íntegra y con fuerza, y construye sobre ella sus enseñanzas. Bastaría recordar [algunas] afirmaciones conciliares… para darse cuenta de la importancia esencial que el Concilio, en sintonía con la tradición doctrinal de la Iglesia, atribuye a la fe, a la verdadera fe, a aquella que tiene como fuente a Cristo y por canal el magisterio de la Iglesia» (Audiencia general, 8 marzo 1967). Así decía Pablo VI.
Pero debemos ahora remontarnos a aquel que convocó el Concilio Vaticano II y lo inauguró: el beato Juan XXIII. En el discurso de apertura, presentó el fin principal del Concilio en estos términos: «El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado de forma cada vez más eficaz… La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina… Para eso no era necesario un Concilio... Es preciso que esta doctrina verdadera e inmutable, que ha de ser fielmente respetada, se profundice y presente según las exigencias de nuestro tiempo» (AAS 54 [1962], 790. 791-792).
A la luz de estas palabras, se comprende lo que yo mismo tuve entonces ocasión de experimentar: durante el Concilio había una emocionante tensión con relación a la tarea común de hacer resplandecer la verdad y la belleza de la fe en nuestro tiempo, sin sacrificarla a las exigencias del presente ni encadenarla al pasado: en la fe resuena el presente eterno de Dios que trasciende el tiempo y que, sin embargo, solamente puede ser acogido por nosotros en el hoy irrepetible. Por esto mismo considero que lo más importante, especialmente en una efemérides tan significativa como la actual, es que se reavive en toda la Iglesia aquella tensión positiva, aquel anhelo de volver a anunciar a Cristo al hombre contemporáneo. Pero, con el fin de que este impulso interior a la nueva evangelización no se quede solamente en un ideal, ni caiga en la confusión, es necesario que ella se apoye en una base concreta y precisa, que son los documentos del Concilio Vaticano II, en los cuales ha encontrado su expresión. Por esto, he insistido repetidamente en la necesidad de regresar, por así decirlo, a la «letra» del Concilio, es decir a sus textos, para encontrar también en ellos su auténtico espíritu, y he repetido que la verdadera herencia del Vaticano II se encuentra en ellos. La referencia a los documentos evita caer en los extremos de nostalgias anacrónicas o de huidas hacia adelante, y permite acoger la novedad en la continuidad. El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de fe, ni ha querido sustituir lo que era antiguo. Más bien, se ha preocupado para que dicha fe siga viviéndose hoy, para que continúe siendo una fe viva en un mundo en transformación.
Si sintonizamos con el planteamiento auténtico que el beato Juan XXIII quiso dar al Vaticano II, podremos actualizarlo durante este Año de la fe, dentro del único camino de la Iglesia que desea continuamente profundizar en el depósito de la fe que Cristo le ha confiado. Los Padres conciliares querían volver a presentar la fe de modo eficaz; y sí se abrieron con confianza al diálogo con el mundo moderno era porque estaban seguros de su fe, de la roca firme sobre la que se apoyaban. En cambio, en los años sucesivos, muchos aceptaron sin discernimiento la mentalidad dominante, poniendo en discusión las bases mismas del depositum fidei, que desgraciadamente ya no sentían como propias en su verdad.
Si hoy la Iglesia propone un nuevo Año de la fe y la nueva evangelización, no es para conmemorar una efeméride, sino porque hay necesidad, todavía más que hace 50 años. Y la respuesta que hay que dar a esta necesidad es la misma que quisieron dar los Papas y los Padres del Concilio, y que está contenida en sus documentos. También la iniciativa de crear un Consejo Pontificio destinado a la promoción de la nueva evangelización, al que agradezco su especial dedicación con vistas al Año de la fe, se inserta en esta perspectiva. En estos decenios ha aumentado la «desertificación» espiritual. Si ya en tiempos del Concilio se podía saber, por algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor. Se ha difundido el vacío. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el corazón a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino. La primera lectura nos ha hablado de la sabiduría del viajero (cf. Sir 34,9-13): el viaje es metáfora de la vida, y el viajero sabio es aquel que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos, como sucede con los peregrinos a lo largo del Camino de Santiago, o en otros caminos, que no por casualidad se han multiplicado en estos años. ¿Por qué tantas personas sienten hoy la necesidad de hacer estos caminos? ¿No es quizás porque en ellos encuentran, o al menos intuyen, el sentido de nuestro estar en el mundo? Así podemos representar este Año de la fe: como una peregrinación en los desiertos del mundo contemporáneo, llevando consigo solamente lo que es esencial: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas, como dice el Señor a los apóstoles al enviarlos a la misión (cf. Lc 9,3), sino el evangelio y la fe de la Iglesia, de los que el Concilio Ecuménico Vaticano II son una luminosa expresión, como lo es también el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado hace 20 años.
Venerados y queridos hermanos, el 11 de octubre de 1962 se celebraba la fiesta de María Santísima, Madre de Dios. Le confiamos a ella el Año de la fe, como lo hice hace una semana, peregrinando a Loreto. La Virgen María brille siempre como estrella en el camino de la nueva evangelización. Que ella nos ayude a poner en práctica la exhortación del apóstol Pablo: «La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente… Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,16-17). Amén
Homilía del Papa inicio del Sínodo
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Plaza de San PedroDomingo 7 de octubre de 2012
Venerables hermanos, queridos hermanos y hermanas
Con esta solemne concelebración inauguramos la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tiene como tema: La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Esta temática responde a una orientación programática para la vida de la Iglesia, la de todos sus miembros, las familias, las comunidades, la de sus instituciones. Dicha perspectiva se refuerza por la coincidencia con el comienzo del Año de la fe, que tendrá lugar el próximo jueves 11 de octubre, en el 50 aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. Doy mi cordial bienvenida, llena de reconocimiento, a los que habéis venido a formar parte de esta Asamblea sinodal, en particular al Secretario general del Sínodo de los Obispos y a sus colaboradores. Hago extensivo mi saludo a los delegados fraternos de otras Iglesias y Comunidades Eclesiales, y a todos los presentes, invitándolos a acompañar con la oración cotidiana los trabajos que desarrollaremos en las próximas tres semanas.
Las lecturas bíblicas de la Liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrecen dos puntos principales de reflexión: el primero sobre el matrimonio, que retomaré más adelante; el segundo sobre Jesucristo, que abordo a continuación. No tenemos el tiempo para comentar el pasaje de lacarta a los Hebreos, pero debemos, al comienzo de esta Asamblea sinodal, acoger la invitación a fijar los ojos en el Señor Jesús, «coronado de gloria y honor por su pasión y muerte» (Hb 2,9). La Palabra de Dios nos pone ante el crucificado glorioso, de modo que toda nuestra vida, y en concreto la tarea de esta asamblea sinodal, se lleve a cabo en su presencia y a la luz de su misterio. La evangelización, en todo tiempo y lugar, tiene siempre como punto central y último a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (cf. Mc 1,1); y el crucifijo es por excelencia el signo distintivo de quien anuncia el Evangelio: signo de amor y de paz, llamada a la conversión y a la reconciliación. Que nosotros venerados hermanos seamos los primeros en tener la mirada del corazón puesta en él, dejándonos purificar por su gracia.
Quisiera ahora reflexionar brevemente sobre la «nueva evangelización», relacionándola con la evangelización ordinaria y con la misión ad gentes.La Iglesia existe para evangelizar. Fieles al mandato del Señor Jesucristo, sus discípulos fueron por el mundo entero para anunciar la Buena Noticia, fundando por todas partes las comunidades cristianas. Con el tiempo, estas han llegado a ser Iglesias bien organizadas con numerosos fieles. En determinados periodos históricos, la divina Providencia ha suscitado un renovado dinamismo de la actividad evangelizadora de la Iglesia. Basta pensar en la evangelización de los pueblos anglosajones y eslavos, o en la transmisión del Evangelio en el continente americano, y más tarde los distintos periodos misioneros en los pueblos de África, Asía y Oceanía. Sobre este trasfondo dinámico, me agrada mirar también a las dos figuras luminosas que acabo de proclamar Doctores de la Iglesia: san Juan de Ávila y santa Hildegarda de Bingen. También en nuestro tiempo el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia un nuevo impulso para anunciar la Buena Noticia, un dinamismo espiritual y pastoral que ha encontrado su expresión más universal y su impulso más autorizado en el Concilio Ecuménico Vaticano II. Este renovado dinamismo de evangelización produce un influjo beneficioso sobre las dos «ramas» especificas que se desarrollan a partir de ella, es decir, por una parte, la missio ad gentes, esto es el anuncio del Evangelio a aquellos que aun no conocen a Jesucristo y su mensaje de salvación; y, por otra parte, la nueva evangelización, orientada principalmente a las personas que, aun estando bautizadas, se han alejado de la Iglesia, y viven sin tener en cuenta la praxis cristiana. La Asamblea sinodal que hoy se abre esta dedicada a esta nueva evangelización, para favorecer en estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de significado profundo y de paz nuestra existencia; para favorecer el redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que trae alegría y esperanza a la vida personal, familiar y social. Obviamente, esa orientación particular no debe disminuir el impulso misionero, en sentido propio, ni la actividad ordinaria de evangelización en nuestras comunidades cristianas. En efecto, los tres aspectos de la única realidad de evangelización se completan y fecundan mutuamente.
El tema del matrimonio, que nos propone el Evangelio y la primera lectura, merece en este sentido una atención especial. El mensaje de la Palabra de Dios se puede resumir en la expresión que se encuentra en el libro del Génesis y que el mismo Jesús retoma: «Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gn 1,24,Mc 10,7-8). ¿Qué nos dice hoy esta palabra? Pienso que nos invita a ser más conscientes de una realidad ya conocida pero tal vez no del todo valorizada: que el matrimonio constituye en sí mismo un evangelio, una Buena Noticia para el mundo actual, en particular para el mundo secularizado. La unión del hombre y la mujer, su ser «una sola carne» en la caridad, en el amor fecundo e indisoluble, es un signo que habla de Dios con fuerza, con una elocuencia que en nuestros días llega a ser mayor, porque, lamentablemente y por varias causas, el matrimonio, precisamente en las regiones de antigua evangelización, atraviesa una profunda crisis. Y no es casual. El matrimonio está unido a la fe, no en un sentido genérico. El matrimonio, como unión de amor fiel e indisoluble, se funda en la gracia que viene de Dios Uno y Trino, que en Cristo nos ha amado con un amor fiel hasta la cruz. Hoy podemos percibir toda la verdad de esta afirmación, contrastándola con la dolorosa realidad de tantos matrimonios que desgraciadamente terminan mal. Hay una evidente correspondencia entre la crisis de la fe y la crisis del matrimonio. Y, como la Iglesia afirma y testimonia desde hace tiempo, el matrimonio está llamado a ser no sólo objeto, sino sujeto de la nueva evangelización. Esto se realiza ya en muchas experiencias, vinculadas a comunidades y movimientos, pero se está realizando cada vez más también en el tejido de las diócesis y de las parroquias, como ha demostrado el reciente Encuentro Mundial de las Familias.
Una de las ideas clave del renovado impulso que el Concilio Vaticano II ha dado a la evangelización es la de la llamada universal a la santidad, que como tal concierne a todos los cristianos (cf. Const. Lumen gentium, 39-42). Los santos son los verdaderos protagonistas de la evangelización en todas sus expresiones. Ellos son, también de forma particular, los pioneros y los que impulsan la nueva evangelización: con su intercesión y el ejemplo de sus vidas, abierta a la fantasía del Espíritu Santo, muestran la belleza del Evangelio y de la comunión con Cristo a las personas indiferentes o incluso hostiles, e invitan a los creyentes tibios, por decirlo así, a que con alegría vivan de fe, esperanza y caridad, a que descubran el «gusto» por la Palabra de Dios y los sacramentos, en particular por el pan de vida, la eucaristía. Santos y santas florecen entre los generosos misioneros que anuncian la buena noticia a los no cristianos, tradicionalmente en los países de misión y actualmente en todos los lugares donde viven personas no cristianas. La santidad no conoce barreras culturales, sociales, políticas, religiosas. Su lenguaje – el del amor y la verdad – es comprensible a todos los hombres de buena voluntad y los acerca a Jesucristo, fuente inagotable de vida nueva.
A este respecto, nos paramos un momento para admirar a los dos santos que hoy han sido agregados al grupo escogido de los doctores de la Iglesia. San Juan de Ávila vivió en el siglo XVI. Profundo conocedor de las Sagradas Escrituras, estaba dotado de un ardiente espíritu misionero. Supo penetrar con singular profundidad en los misterios de la redención obrada por Cristo para la humanidad. Hombre de Dios, unía la oración constante con la acción apostólica. Se dedicó a la predicación y al incremento de la práctica de los sacramentos, concentrando sus esfuerzos en mejorar la formación de los candidatos al sacerdocio, de los religiosos y los laicos, con vistas a una fecunda reforma de la Iglesia.
Santa Hildegarda de Bilden, importante figura femenina del siglo XII, ofreció una preciosa contribución al crecimiento de la Iglesia de su tiempo, valorizando los dones recibidos de Dios y mostrándose una mujer de viva inteligencia, profunda sensibilidad y reconocida autoridad espiritual. El Señor la dotó de espíritu profético y de intensa capacidad para discernir los signos de los tiempos. Hildegarda alimentaba un gran amor por la creación, cultivó la medicina, la poesía y la música. Sobre todo conservó siempre un amor grande y fiel por Cristo y su Iglesia.
La mirada sobre el ideal de la vida cristiana, expresado en la llamada a la santidad, nos impulsa a mirar con humildad la fragilidad de tantos cristianos, más aun, su pecado, personal y comunitario, que representa un gran obstáculo para la evangelización, y a reconocer la fuerza de Dios que, en la fe, viene al encuentro de la debilidad humana. Por tanto, no se puede hablar de la nueva evangelización sin una disposición sincera de conversión. Dejarse reconciliar con Dios y con el prójimo (cf. 2 Cor 5,20) es la vía maestra de la nueva evangelización. Únicamente purificados, los cristianos podrán encontrar el legítimo orgullo de su dignidad de hijos de Dios, creados a su imagen y redimidos con la sangre preciosa de Jesucristo, y experimentar su alegría para compartirla con todos, con los de cerca y los de lejos.
Queridos hermanos y hermanas, encomendemos a Dios los trabajos de la Asamblea sinodal con el sentimiento vivo de la comunión de los santos, invocando la particular intercesión de los grandes evangelizadores, entre los cuales queremos contar con gran afecto al beato Papa Juan Pablo II, cuyo largo pontificado ha sido también ejemplo de nueva evangelización. Nos ponemos bajo la protección de la bienaventurada Virgen María, Estrella de la nueva evangelización. Con ella invocamos una especial efusión del Espíritu Santo, que ilumine desde lo alto la Asamblea sinodal y la haga fructífera para el camino de la Iglesia hoy, en nuestro tiempo. Amen.
sábado, 6 de octubre de 2012
Diez consejos prácticos para vivir con fruto el Año de la Fe
Para honrar el 50º aniversario del Concilio Vaticano II y el 20º aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica, el Papa Benedicto XVI ha anunciado un Año de la Fe, que comenzará el 11 de octubre y culminará el 24 de noviembre de 2013. El objetivo es reforzar la fe de los católicos y atraer el mundo a la fe con la fuerza de su ejemplo.
El obispo David Ricken, de Green Bay, Wisconsin, presidente de la Comisión para la Evangelización y la Catequesis de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, ofrece “10 modos con los cuales los católicos pueden vivir el Año de la Fe”. Tomados de las directivas de la Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe, algunas de estas sugerencias son ya pedidas a los católicos; otras se pueden observar en cualquier tiempo y sobre todo durante el Año de la Fe.
1. Participar en la Santa Misa. El Año de la Fe quiere promover el encuentro personal con Jesús. En el modo más inmediato, esto tiene lugar en la Eucaristía. Una participación regular en la Misa refuerza la propia fe a través de las Escrituras, el Credo, las oraciones, la música sagrada, la homilía, recibiendo la Comunión y formando parte de una comunidad de fe.
2. Confesarse. Como para la Misa, los católicos reciben fuerza y profundizan su fe celebrando el sacramento de la Penitencia y Reconciliación. La confesión llama a volver a Dios, a expresar dolor por las caídas y a abrir la propia vida al poder de la gracia sanadora de Dios. Perdona las heridas del pasado y da fuerza para el futuro.
3. Conocer las vidas de los santos. Los santos son ejemplos válidos para todos los tiempos de cómo vivir una vida cristiana, y suscitan una esperanza infinita. No sólo eran pecadores que incesantemente buscaban caminar hacia Dios, sino que ejemplifican también las modalidades con las cuales servir a Dios: la enseñanza, el trabajo misionero, la caridad, la oración, y sencillamente esforzarse por agradar a Dios en las acciones y decisiones ordinarias de la vida cotidiana.
4. Leer la Biblia cada día. La Biblia ofrece un acceso directo a la Palabra de Dios y narra la historia de la salvación de los hombres. Los católicos rezan con las Escritura (siguiendo el método de la Lectio Divina u otros) para sintonizarse mejor con la Palabra de Dios. No se puede prescindir de la Biblia para un sano crecimiento durante el Año de la Fe.
5. Leer los documentos del Concilio Vaticano II. El Concilio Vaticano II (1962-1965) ha traído una gran renovación en la Iglesia. Una renovación en la celebración de la Misa, en el rol de los laicos, en la auto-comprensión de la Iglesia y en la relación con los otros cristianos y con los no cristianos. Para llevar adelante la renovación, los católicos deben conocer lo que enseña el Concilio y cómo enriquece la vida de los creyentes.
6. Estudiar el Catecismo. El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado exactamente 30 años después del comienzo del Concilio, trata en un solo libro los dogmas de fe, la doctrina moral, la oración y los sacramentos de la Iglesia Católica. Es un verdadero recurso para crecer en la comprensión de la fe.
7. Voluntariado en la parroquia. El Año de la Fe no puede limitarse al estudio y a la reflexión. El sólido fundamento de las Escrituras, del Concilio y del Catecismo debe traducirse en acción. Un óptimo lugar para comenzar es la parroquia, ya que los carismas de cada uno ayudan a construir la comunidad. Todos son bienvenidos para convertirse en ministro de acogida, músico litúrgico, lector, catequista y muchos otros roles de la vida parroquial.
8. Ayudar a los necesitados. La Iglesia exhorta a los católicos a donaciones de caridad y a socorrer a los necesitados durante el Año de la Fe, ya que en el pobre, el marginado y el vulnerable se encuentra Cristo personalmente. Ayudarlos nos conduce cara a cara con Cristo y constituye un ejemplo para todos los demás.
9. Invitar a un amigo a Misa. El Año de la Fe tiene ciertamente una relevancia global, y quiere promover una renovación de fe y de evangelización para toda la Iglesia, pero un cambio real tiene lugar a nivel local. Una invitación personal puede realmente marcar la diferencia para alguien que se ha alejado de la fe o se siente ajeno a la Iglesia. Todos conocemos personas así: por eso es bueno poder invitarlas amigablemente.
10. Encarnar las Bienaventuranzas en la vida de todos los días. Las Bienaventuranzas (Mt. 5, 3-12) ofrecen un rico programa para la vida cristiana. Ponerlas en práctica es muy útil para ser más humildes, más pacientes, más justos, más transparentes, más misericordiosos y más libres. Es precisamente el ejemplo de fe vivida el que atraerá hacia la Iglesia en el Año de la Fe.
miércoles, 22 de agosto de 2012
“La Virgen nos protege cuando perdemos el camino”
En la fiesta de Santa María Reina, Benedicto XVI invitó a no descuidar la devoción por la Madre de Jesús
“En la serenidad o en la oscuridad de la existencia, nosotros nos dirigimos a María encomendándonos a su continua intercesión, para que del Hijo nos obtenga toda gracia y misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos del mundo”: en la fiesta de Santa María Reina, el Papa Benedicto XVI lanzó una invitación a no olvidar la devoción por la Virgen, definida como “elemento importante de la vida espiritual”.
Lo hizo en ocasión de la Audiencia general de los miércoles, que se llevó a cabo en Castelgandolfo.
La fiesta de Santa María Reina es una especie de novedad en el calendario litúrgico de la Iglesia Católica: fue instituida por el Papa Pío XII en 1954, al final del Año Mariano y fijó la fecha para el 31 de marzo. “En esa circunstancia, el Papa dijo que María es Reina, más que otra criatura, por la elevación de su alma y por la excelencia de los dones divinos que recibió. Ella nunca deja de derramar sobre la humanidad todos los tesoros de su amor y de sus premuras (cfr Discurso en honor de María Reina, 1° noviembre de 1954)”, explicó Ratzinger.
Hoy, después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, la fiesta se celebra el 22 de agosto, una semana después de la Asunción, “para subrayar los estrechos lazos entre la realeza de María y su glorificación en alma y cuerpo junto a su Hijo. En la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, leemos: «María fue asunta en alma y cuerpo a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejará más plenamente a su Hijo» (n. 59)”.
No importa que los hombres recen “para agradecerle o para pedir su materna protección y su celestial ayuda después, quizás, de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o por la angustia por las tristes y dolorosas vicisitudes de la vida”, según el Papa, siempre encontrarán una oreja lista para escucharles.
Por ello, el Pontífice subrayó la importancia de no olvidar las formas más tradicionales de la devoción mariana, como el rosario o las letanías: “El ritmo de estas antiguas invocaciones y oraciones diarias como el Salve Regina, nos ayudan a comprender que la Virgen Santa, cual Madre nuestra junto al Hijo Jesús en la gloria del Cielo, está siempre con nosotros, en el desarrollo cotidiano de nuestra vida. Por lo tanto el Título de Reina es un título de confianza, de alegría de amor. Sabemos que Aquella que tiene en sus manos, en parte, la suerte del mundo es buena, nos ama y nos ayuda en nuestras dificultades”.
Por ello, Benedicto XVI concluyó que la Virgen es un elemento importante de la vida espiritual: “En nuestra oración no dejemos de dirigirnos confiados a Ella. María no dejará de interceder por nosotros ante su Hijo. Mirándola, imitemos la fe, disponibilidad plena al proyecto de amor de Dios, la generosa acogida de Jesús. Aprendamos a vivir, siguiendo el ejemplo de María. Es la Reina del cielo cerca de Dios, pero también es la madre cercana a cada uno de nosotros, que nos ama y escucha nuestra voz”.
“En la serenidad o en la oscuridad de la existencia, nosotros nos dirigimos a María encomendándonos a su continua intercesión, para que del Hijo nos obtenga toda gracia y misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos del mundo”: en la fiesta de Santa María Reina, el Papa Benedicto XVI lanzó una invitación a no olvidar la devoción por la Virgen, definida como “elemento importante de la vida espiritual”.
Lo hizo en ocasión de la Audiencia general de los miércoles, que se llevó a cabo en Castelgandolfo.
La fiesta de Santa María Reina es una especie de novedad en el calendario litúrgico de la Iglesia Católica: fue instituida por el Papa Pío XII en 1954, al final del Año Mariano y fijó la fecha para el 31 de marzo. “En esa circunstancia, el Papa dijo que María es Reina, más que otra criatura, por la elevación de su alma y por la excelencia de los dones divinos que recibió. Ella nunca deja de derramar sobre la humanidad todos los tesoros de su amor y de sus premuras (cfr Discurso en honor de María Reina, 1° noviembre de 1954)”, explicó Ratzinger.
Hoy, después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, la fiesta se celebra el 22 de agosto, una semana después de la Asunción, “para subrayar los estrechos lazos entre la realeza de María y su glorificación en alma y cuerpo junto a su Hijo. En la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, leemos: «María fue asunta en alma y cuerpo a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejará más plenamente a su Hijo» (n. 59)”.
No importa que los hombres recen “para agradecerle o para pedir su materna protección y su celestial ayuda después, quizás, de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o por la angustia por las tristes y dolorosas vicisitudes de la vida”, según el Papa, siempre encontrarán una oreja lista para escucharles.
Por ello, el Pontífice subrayó la importancia de no olvidar las formas más tradicionales de la devoción mariana, como el rosario o las letanías: “El ritmo de estas antiguas invocaciones y oraciones diarias como el Salve Regina, nos ayudan a comprender que la Virgen Santa, cual Madre nuestra junto al Hijo Jesús en la gloria del Cielo, está siempre con nosotros, en el desarrollo cotidiano de nuestra vida. Por lo tanto el Título de Reina es un título de confianza, de alegría de amor. Sabemos que Aquella que tiene en sus manos, en parte, la suerte del mundo es buena, nos ama y nos ayuda en nuestras dificultades”.
Por ello, Benedicto XVI concluyó que la Virgen es un elemento importante de la vida espiritual: “En nuestra oración no dejemos de dirigirnos confiados a Ella. María no dejará de interceder por nosotros ante su Hijo. Mirándola, imitemos la fe, disponibilidad plena al proyecto de amor de Dios, la generosa acogida de Jesús. Aprendamos a vivir, siguiendo el ejemplo de María. Es la Reina del cielo cerca de Dios, pero también es la madre cercana a cada uno de nosotros, que nos ama y escucha nuestra voz”.
miércoles, 18 de julio de 2012
Para acercarnos a la Biblia: la fe
En las ciencias humanas hay un problema: es más difícil decir en ellas que en las ciencias exactas cuándo una cosa está bien o mal. Trabajamos con seres humanos y con ellos dos más dos no son sencillamente cuatro, y lo que a uno le puede venir bien, a otro le puede venir mal. Esto pasa por ejemplo con la Psicología y Psiquiatría e incluso en la Medicina, y por supuesto con la Filosofía, de la que recuerdo una frase de Ortega sobre Ramón y Cajal. “No hay derecho que porque un hombre haya descubierto unas neuronas, se sienta con derecho para filosofar como un salvaje”. Y es que si queremos saber de algo, necesitamos conocer, es decir estudiar.
Pues esto mismo, pero todavía en mayor escala, pasa con la Religión, la Teología y la Biblia. Muchos hablan de estos temas desde una ignorancia prácticamente total, por ejemplo, hay gente que se pone a opinar sobre la Biblia sin ni siquiera haber oído hablar de los géneros literarios.
Para acercarnos adecuadamente a la Biblia uno necesita tres cosas: fe, oración y estudio. La fe es la experiencia de la que surge la Biblia y a la vez es la luz que nos permite comprenderla. Para un creyente los libros de la Biblia contienen el plan de Dios para salvar a la Humanidad, por lo que también se le llama Escritura o Sagrada Escritura, porque se trata de la Palabra de Dios puesta por escrito.
Pero esta afirmación que la Biblia es Palabra de Dios puesta por escrito hay que matizarla. Es evidente que la Biblia ha sido escrita, como cualquier otro libro, por unos autores humanos, que en bastantes casos incluso sabemos quiénes son. Estos autores humanos no son simples grabadores o copistas que escriben lo que Dios les dicta, al modo como los musulmanes piensan que Mahoma recibió el Corán, sino que son auténticos autores y hombres de su tiempo, con una mentalidad y cultura determinada. Los autores sagrados escriben con palabras humanas y sus propias limitaciones, como pueden ser en ocasiones la pobreza gramatical o su deficiente expresión literaria, o de su época, como algunas expresiones sobre los astros, las plantas y la vida animal o humana, que los progresos de las ciencias han demostrado que son erróneas. Ellos escriben como hombres que son, y a través de su obra Dios nos va dando a conocer progresivamente su Revelación.
Para los creyentes Dios es el autor principal de la Biblia. Decir esto significa creer que los libros bíblicos han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, que es el autor principal. A través de los libros de la Biblia Dios nos dice lo que quiere decirnos, es decir su mensaje y la verdad religiosa. Y como Dios es incapaz de engañarse ni de engañarnos, lo que la Biblia dice es verdad. Pero ¿cómo hemos de entender esto?
La verdad de la Biblia se refiere a lo que Dios quiere transmitirnos, a lo que es su Palabra. Pero esta verdad revelada aparece en los escritos bíblicos vinculada a autores humanos y a formas propias de la época en la que fueron expresadas. En algunos casos no es difícil distinguir lo que pertenece a la Revelación y lo que es sólo una concepción condicionada por el tiempo, estando por supuesto sólo el primer aspecto libre de error.
Por ello no hemos de intentar ninguna concordancia artificial entre Biblia y ciencia. Dios en la Biblia lo que pretende es revelarnos su designio de salvación, no danos enseñanzas científicas. Más que tratar de defender la Biblia de un conflicto con las ciencias, el cristiano ha de entender cuál es el mensaje divino en ella contenido, con la convicción que es imposible una contradicción esencial entre ese mensaje, y en consecuencia la fe religiosa auténtica, y la ciencia, pues se fundamentan en el mismo Dios Creador y Salvador.
Con lo dicho tampoco queremos afirmar que la Biblia carezca en absoluto de valores científicos. Gracias a ella, tenemos un montón de datos sobre el estado de las ciencias en los siglos cercanos a Cristo. Pero no es lo suyo propio, porque lo suyo propio es la verdad religiosa.
Quienes escribieron la Biblia contaron unos sucesos, pero estos sucesos cobraron un sentido porque creían. Y esto vale también para los que la leemos hoy: podemos estudiarla, tanto si creemos como si no creemos; podemos comprender lo que dicen los textos, pero los entenderemos de manera diferente si compartimos la misma fe que sus autores, si entramos con ellos en el proceso de búsqueda de Dios.
Los creyentes leemos la Biblia para releer nuestra existencia a su luz. Entonces nos damos cuenta que las intervenciones de Dios son para nuestro bien. Comprenderemos también que nuestra realización personal hemos de hacerla en colaboración con Dios Creador y Salvador, no siendo posible si lo intentamos en contra de sus designios, ya que lo que Dios quiere y espera de nosotros es que nos realicemos como personas, pues para eso nos ha creado. Buscar realizar la voluntad de Dios, por tanto, no será una esclavitud, sino todo lo contrario, es ponernos en camino hacia la realización y plenitud personal.
Pedro Trevijano
Pues esto mismo, pero todavía en mayor escala, pasa con la Religión, la Teología y la Biblia. Muchos hablan de estos temas desde una ignorancia prácticamente total, por ejemplo, hay gente que se pone a opinar sobre la Biblia sin ni siquiera haber oído hablar de los géneros literarios.
Para acercarnos adecuadamente a la Biblia uno necesita tres cosas: fe, oración y estudio. La fe es la experiencia de la que surge la Biblia y a la vez es la luz que nos permite comprenderla. Para un creyente los libros de la Biblia contienen el plan de Dios para salvar a la Humanidad, por lo que también se le llama Escritura o Sagrada Escritura, porque se trata de la Palabra de Dios puesta por escrito.
Pero esta afirmación que la Biblia es Palabra de Dios puesta por escrito hay que matizarla. Es evidente que la Biblia ha sido escrita, como cualquier otro libro, por unos autores humanos, que en bastantes casos incluso sabemos quiénes son. Estos autores humanos no son simples grabadores o copistas que escriben lo que Dios les dicta, al modo como los musulmanes piensan que Mahoma recibió el Corán, sino que son auténticos autores y hombres de su tiempo, con una mentalidad y cultura determinada. Los autores sagrados escriben con palabras humanas y sus propias limitaciones, como pueden ser en ocasiones la pobreza gramatical o su deficiente expresión literaria, o de su época, como algunas expresiones sobre los astros, las plantas y la vida animal o humana, que los progresos de las ciencias han demostrado que son erróneas. Ellos escriben como hombres que son, y a través de su obra Dios nos va dando a conocer progresivamente su Revelación.
Para los creyentes Dios es el autor principal de la Biblia. Decir esto significa creer que los libros bíblicos han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, que es el autor principal. A través de los libros de la Biblia Dios nos dice lo que quiere decirnos, es decir su mensaje y la verdad religiosa. Y como Dios es incapaz de engañarse ni de engañarnos, lo que la Biblia dice es verdad. Pero ¿cómo hemos de entender esto?
La verdad de la Biblia se refiere a lo que Dios quiere transmitirnos, a lo que es su Palabra. Pero esta verdad revelada aparece en los escritos bíblicos vinculada a autores humanos y a formas propias de la época en la que fueron expresadas. En algunos casos no es difícil distinguir lo que pertenece a la Revelación y lo que es sólo una concepción condicionada por el tiempo, estando por supuesto sólo el primer aspecto libre de error.
Por ello no hemos de intentar ninguna concordancia artificial entre Biblia y ciencia. Dios en la Biblia lo que pretende es revelarnos su designio de salvación, no danos enseñanzas científicas. Más que tratar de defender la Biblia de un conflicto con las ciencias, el cristiano ha de entender cuál es el mensaje divino en ella contenido, con la convicción que es imposible una contradicción esencial entre ese mensaje, y en consecuencia la fe religiosa auténtica, y la ciencia, pues se fundamentan en el mismo Dios Creador y Salvador.
Con lo dicho tampoco queremos afirmar que la Biblia carezca en absoluto de valores científicos. Gracias a ella, tenemos un montón de datos sobre el estado de las ciencias en los siglos cercanos a Cristo. Pero no es lo suyo propio, porque lo suyo propio es la verdad religiosa.
Quienes escribieron la Biblia contaron unos sucesos, pero estos sucesos cobraron un sentido porque creían. Y esto vale también para los que la leemos hoy: podemos estudiarla, tanto si creemos como si no creemos; podemos comprender lo que dicen los textos, pero los entenderemos de manera diferente si compartimos la misma fe que sus autores, si entramos con ellos en el proceso de búsqueda de Dios.
Los creyentes leemos la Biblia para releer nuestra existencia a su luz. Entonces nos damos cuenta que las intervenciones de Dios son para nuestro bien. Comprenderemos también que nuestra realización personal hemos de hacerla en colaboración con Dios Creador y Salvador, no siendo posible si lo intentamos en contra de sus designios, ya que lo que Dios quiere y espera de nosotros es que nos realicemos como personas, pues para eso nos ha creado. Buscar realizar la voluntad de Dios, por tanto, no será una esclavitud, sino todo lo contrario, es ponernos en camino hacia la realización y plenitud personal.
Pedro Trevijano
lunes, 9 de julio de 2012
'Jesús es el milagro más grande: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano'
A las 12 horas de hoy 9 de julio, el papa se asomó al balcón del patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo y recitó el Ángelus junto a los fieles y peregrinos presentes. Ofrecemos las palabras del papa al introducir la oración mariana.
*****
¡Queridos hermanos y hermanas!
Voy a referirme brevemente a la página evangélica de este domingo, un texto que dio vida a la famosa frase "Nadie es profeta en su patria", es decir, que ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc. 6,4). De hecho, después de que Jesús, cercano a los treinta años, había dejado Nazaret y ya desde hacía un tiempo estaba predicando y obrando y curando por otros lugares, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos "permanecieron sorprendidos" por su sabiduría y, a sabiendas de él como el "hijo de María", el "carpintero", que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de Él. (cf. Mc. 6, 2-3). Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace que sea difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. Jesús mismo aplica como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que en su propia casa habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús de Nazaret no podía realizar en Nazaret "ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos" (Mc. 6,5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino los signos del amor de Dios, que tiene lugar allí donde encuentra la fe del hombre. Orígenes escribe: "Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia los otros, como el imán al hierro, así tal fe ejercita una atracción sobre el poder divino" (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).
Por tanto, parece que Jesús --como se dice- se de a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final de la historia, nos encontramos con una observación que dice todo lo contrario. El evangelista escribe que Jesús "se maravilló de su falta de fe" (Mc. 6,6). Ante el asombro de sus conciudadanos, que se escandalizan, se da el maravillarse de Jesús. ¡También él, en un cierto sentido, se escandaliza! A pesar de saber que ningún profeta es bien recibido en su tierra, sin embargo la cerrazón del corazón de su gente sigue siendo para él oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad? De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en Él Dios permanece plenamente. Y aunque siempre buscamos otros signos, otros milagros, no nos damos cuenta que el Signo real es Él, Dios hecho carne, Él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.
Alguien que ha entendido verdaderamente esta realidad es la Virgen María, feliz porque ha creído (cf. Lc. 1,45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por Él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Aprendemos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.
A las 12 horas de hoy 9 de julio, el papa se asomó al balcón del patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo y recitó el Ángelus junto a los fieles y peregrinos presentes. Ofrecemos las palabras del papa al introducir la oración mariana.
*****
¡Queridos hermanos y hermanas!
Voy a referirme brevemente a la página evangélica de este domingo, un texto que dio vida a la famosa frase "Nadie es profeta en su patria", es decir, que ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc. 6,4). De hecho, después de que Jesús, cercano a los treinta años, había dejado Nazaret y ya desde hacía un tiempo estaba predicando y obrando y curando por otros lugares, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos "permanecieron sorprendidos" por su sabiduría y, a sabiendas de él como el "hijo de María", el "carpintero", que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de Él. (cf. Mc. 6, 2-3). Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace que sea difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. Jesús mismo aplica como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que en su propia casa habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús de Nazaret no podía realizar en Nazaret "ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos" (Mc. 6,5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino los signos del amor de Dios, que tiene lugar allí donde encuentra la fe del hombre. Orígenes escribe: "Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia los otros, como el imán al hierro, así tal fe ejercita una atracción sobre el poder divino" (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).
Por tanto, parece que Jesús --como se dice- se de a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final de la historia, nos encontramos con una observación que dice todo lo contrario. El evangelista escribe que Jesús "se maravilló de su falta de fe" (Mc. 6,6). Ante el asombro de sus conciudadanos, que se escandalizan, se da el maravillarse de Jesús. ¡También él, en un cierto sentido, se escandaliza! A pesar de saber que ningún profeta es bien recibido en su tierra, sin embargo la cerrazón del corazón de su gente sigue siendo para él oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad? De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en Él Dios permanece plenamente. Y aunque siempre buscamos otros signos, otros milagros, no nos damos cuenta que el Signo real es Él, Dios hecho carne, Él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.
Alguien que ha entendido verdaderamente esta realidad es la Virgen María, feliz porque ha creído (cf. Lc. 1,45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por Él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Aprendemos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.
sábado, 7 de julio de 2012
'IMITAR A DIOS SIGNIFICA SALIR DE SÍ MISMO, DARSE EN EL AMOR'
Palabras del papa en la Audiencia General miércoles 27 junio 2012
El papa siguió con sus catequesis sobre la oración en las Cartas de san Pablo.
Queridos hermanos y hermanas:
Nuestra oración está formada, como hemos visto el miércoles pasado, de silencio y de palabra, de canto y de gestos que implican a toda la persona: desde la boca hasta la mente, del corazón a todo el cuerpo. Es una característica que encontramos en la oración judía, especialmente en los Salmos. Hoy me gustaría hablar de una de los más antiguos cantos o himnos de la tradición cristiana, que san Pablo nos presenta en lo que es, en cierto sentido, su testamento espiritual: la Carta a los Filipenses. Es, por cierto, una carta que dicta el Apóstol en la cárcel, tal vez en Roma. Él se siente cercano a la muerte, porque dice que su vida la ofrece como una libación (cf. Fil. 2,17).
A pesar de esta situación de grave peligro para su integridad física, san Pablo, en todo el escrito, expresa la alegría de ser discípulo de Cristo, de poder ir a su encuentro, hasta el punto de ver la muerte no como una pérdida sino como una ganancia. En el último capítulo de su Carta hay una fuerte invitación a la alegría, característica fundamental de nuestro ser cristianos y de nuestro orar. San Pablo escribe: "Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres" (Fil. 4,4). Pero ¿cómo se puede regocijar ante una sentencia de muerte inminente? ¿De dónde o mejor dicho, de quién san Pablo obtiene la serenidad, la fuerza, el coraje de ir al encuentro de su martirio, y del derramamiento de su sangre?
La respuesta la encontramos en el centro de la Carta a los Filipenses, en lo que la tradición cristiana llama carmen Christo, el canto para Cristo, o más comúnmente llamado "himno cristológico"; un canto en el cual se centra toda la atención en los "sentimientos" de Cristo, es decir, en su modo de pensar, y en su actitud concreta y vivida. Esta oración comienza con una exhortación: "Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que Cristo" (Fil. 2,5). Estos sentimientos se presentan en los versículos sucesivos: el amor, la generosidad, la humildad, la obediencia a Dios, el don de uno mismo. No se trata solo y únicamente de seguir el ejemplo de Jesús, como algo moral, sino de involucrar toda la existencia en su propia manera de pensar y de actuar. La oración debe conducir a un conocimiento y a una unión en el amor cada vez más profundos con el Señor, para poder pensar, actuar y amar como Él, en Él y por Él. El ejercicio de esto, aprender los sentimientos de Jesús, es el camino de la vida cristiana.
Ahora quisiera referirme brevemente a algunos elementos de este canto, que resume todo el itinerario divino y humano del Hijo de Dios, y abarca toda la historia humana: del estar en la condición de Dios, a la encarnación, a la muerte de cruz y a la exaltación en la gloria del Padre está implícito también el comportamiento de Adán, del hombre desde el inicio. Este himno a Cristo parte de su ser en morphe tou Theou, dice el texto griego, es decir, del estar "en la forma de Dios", o mejor dicho en la condición de Dios. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no vive su "ser como Dios" para triunfar o para imponer su supremacía, no lo considera como una posesión, un privilegio, un tesoro que celar. Más bien, "se despojó", se anonadó a sí mismo, asumiendo, dice el texto griego, la morphe doulos, la "forma de esclavo", la realidad humana marcada por el sufrimiento, la pobreza, la muerte; se ha asemejado plenamente a los hombres, excepto en el pecado, de modo que se comporta como un servidor dedicado al servicio de los demás. En este sentido, Eusebio de Cesarea --siglo IV--, dice: "Él tomó sobre sí la fatiga de los miembros que están sufriendo. Ha hecho suyas nuestras simples enfermedades. Él sufrió y trabajó por amor a nosotros: esto en conformidad con su gran amor por la humanidad" (La dimostrazione evangelica, 10, 1, 22). San Pablo continúa definiendo el marco "histórico" en el que se hizo este abajamiento de Jesús "se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte" (Fil. 2,8). El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, y ha realizado un camino en completa obediencia y fidelidad a la voluntad del Padre, hasta el sacrificio supremo de su vida. Aún más, el Apóstol especifica "hasta la muerte, y muerte de cruz". En la cruz, Cristo Jesús alcanzó el mayor grado de humillación, ya que la crucifixión era el castigo reservado a los esclavos y no a las personas libres: mors turpissima crucis, escribe Cicerón (cf. In Verrem, V, 64, 165).
En la cruz de Cristo, el hombre ha sido redimido y la experiencia de Adán se ha invertido: Adán, creado a imagen y semejanza de Dios, pretende ser como Dios con sus propias fuerzas, ponerse en el lugar de Dios, y así pierde la dignidad original que se le había dado. Jesús, al contrario, estaba "en la condición de Dios", pero se ha abajado, se ha sumergido en la condición humana, en la plena fidelidad al Padre, para redimir al Adán que está en nosotros, y para restituir al hombre la dignidad que había perdido. Los Padres destacan que Él se hizo obediente, restituyendo a la naturaleza humana, a través de su humanidad y obediencia, aquello que se había perdido por la desobediencia de Adán.
En la oración, en la relación con Dios, abrimos la mente, el corazón, la voluntad a la acción del Espíritu Santo para entrar en esa misma dinámica de vida, como afirma san Cirilo de Alejandría, cuya fiesta celebramos hoy: "La acción del Espíritu nos quiere transformar por la gracia, en una copia perfecta de su humillación" (Lettera Festale 10, 4). La lógica humana, sin embargo, busca a menudo la realización de sí mismo en el poder, en el dominio, en los medios poderosos. El hombre todavía quiere construir con sus propias fuerzas la torre de Babel para llegar a la altura de Dios mismo, para ser como Dios. La Encarnación y la Cruz nos recuerdan que la plena realización está en el conformar la propia voluntad humana a la del Padre, en el vaciarse del propio egoísmo, para llenarse del amor, de la caridad de Dios y así llegar a ser verdaderamente capaces de amar a los demás. El hombre no se encuentra a sí mismo permaneciendo encerrado en sí, afirmándose en sí mismo. El hombre se encuentra solo saliendo de sí mismo, solo si salimos de nosotros mismos nos encontramos. Y si Adán quería imitar a Dios, esto en sí mismo no es malo, pero se equivocó en la idea de Dios. Dios no es uno que solo quiere la grandeza. Dios es amor que se entrega desde ya en la Trinidad, y luego en la creación. E imitar a Dios significa salir de sí mismo, darse en el amor.
En la segunda parte de este "himno cristológico" de la Carta a los Filipenses, el sujeto cambia; ya no es Cristo, sino es Dios Padre. San Pablo insiste en que precisamente, por la obediencia a la voluntad del Padre, "Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre" (Fil. 2,9). Aquel que se ha abajado profundamente, tomando la condición de esclavo, ha sido exaltado, elevado por encima de todas las cosas por el Padre, que le dio el nombre de Kyrios, "Señor," la suprema dignidad y el señorío. Frente a este nuevo nombre, por cierto, que es el mismo nombre de Dios en el Antiguo Testamento, "toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: que ‘Cristo Jesús es Señor’, para gloria de Dios Padre" (vv. 10-11). El Jesús que se exalta es el de la Última Cena, que se quita las vestiduras, se ciñe la cintura con una toalla, se inclina a lavar los pies a los apóstoles y les pregunta: "¿Comprenden lo que he hecho por ustedes? Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros" (Jn. 13,12-14). Es importante recordar esto siempre en nuestra oración y en nuestra vida: "el ascenso hasta Dios está en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y por lo tanto la fuerza verdaderamente purificadora, que hace al hombre capaz de percibir y de ver a Dios"(Gesù di Nazaret, Milano 2007, p. 120).
El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece dos claves importantes para nuestra oración. La primera es la invocación: "Señor", dirigida a Jesucristo, sentado a la diestra del Padre: Él es el único Señor de nuestra vida, en medio de tantos "dominadores" que la quieren dirigir y orientar. Por ello, se debe tener una escala de valores en los que la primacía le pertenece a Dios, para decir con san Pablo: "Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" (Fil. 3,8). El encuentro con el Señor resucitado nos ha hecho comprender que él es el único tesoro por el que vale la pena consumir la propia existencia.
La segunda indicación es la postración, el "ponerse de rodillas" en la tierra y en el cielo, recordando las palabras del profeta Isaías, con la que indica la adoración que todas las criaturas deben a Dios (cf. 45,23). La genuflexión ante el Santísimo Sacramento o el arrodillarse en la oración, expresan una actitud de adoración ante Dios, aún con el cuerpo. De ahí la importancia de hacer este gesto no por la costumbre y con prisa, sino con una conciencia profunda. Cuando nos arrodillamos ante el Señor, confesamos nuestra fe en Él, conscientes de que Él es el único Señor de nuestra vida.
Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración fijamos nuestra mirada en el crucifijo, nos detenemos en adoración ante la Eucaristía con frecuencia, para hacer entrar nuestra vida en el amor de Dios, que se humilló a sí mismo con humildad para elevarse hasta Él. Al inicio de la catequesis nos preguntábamos cómo san Pablo podría alegrarse ante el riesgo inminente de su martirio y de su derramamiento de sangre. Esto sólo es posible debido a que el apóstol nunca ha quitado la mirada de Cristo, hasta imitarlo conforme a la muerte "tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Fil. 3,11). Al igual que san Francisco ante el crucifijo, decimos también nosotros: Altísimo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame una fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y discernimiento para hacer tu verdadera y santa voluntad. Amén (cf. Oración ante el Crucifijo: FF [276]).
El papa siguió con sus catequesis sobre la oración en las Cartas de san Pablo.
Queridos hermanos y hermanas:
Nuestra oración está formada, como hemos visto el miércoles pasado, de silencio y de palabra, de canto y de gestos que implican a toda la persona: desde la boca hasta la mente, del corazón a todo el cuerpo. Es una característica que encontramos en la oración judía, especialmente en los Salmos. Hoy me gustaría hablar de una de los más antiguos cantos o himnos de la tradición cristiana, que san Pablo nos presenta en lo que es, en cierto sentido, su testamento espiritual: la Carta a los Filipenses. Es, por cierto, una carta que dicta el Apóstol en la cárcel, tal vez en Roma. Él se siente cercano a la muerte, porque dice que su vida la ofrece como una libación (cf. Fil. 2,17).
A pesar de esta situación de grave peligro para su integridad física, san Pablo, en todo el escrito, expresa la alegría de ser discípulo de Cristo, de poder ir a su encuentro, hasta el punto de ver la muerte no como una pérdida sino como una ganancia. En el último capítulo de su Carta hay una fuerte invitación a la alegría, característica fundamental de nuestro ser cristianos y de nuestro orar. San Pablo escribe: "Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres" (Fil. 4,4). Pero ¿cómo se puede regocijar ante una sentencia de muerte inminente? ¿De dónde o mejor dicho, de quién san Pablo obtiene la serenidad, la fuerza, el coraje de ir al encuentro de su martirio, y del derramamiento de su sangre?
La respuesta la encontramos en el centro de la Carta a los Filipenses, en lo que la tradición cristiana llama carmen Christo, el canto para Cristo, o más comúnmente llamado "himno cristológico"; un canto en el cual se centra toda la atención en los "sentimientos" de Cristo, es decir, en su modo de pensar, y en su actitud concreta y vivida. Esta oración comienza con una exhortación: "Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que Cristo" (Fil. 2,5). Estos sentimientos se presentan en los versículos sucesivos: el amor, la generosidad, la humildad, la obediencia a Dios, el don de uno mismo. No se trata solo y únicamente de seguir el ejemplo de Jesús, como algo moral, sino de involucrar toda la existencia en su propia manera de pensar y de actuar. La oración debe conducir a un conocimiento y a una unión en el amor cada vez más profundos con el Señor, para poder pensar, actuar y amar como Él, en Él y por Él. El ejercicio de esto, aprender los sentimientos de Jesús, es el camino de la vida cristiana.
Ahora quisiera referirme brevemente a algunos elementos de este canto, que resume todo el itinerario divino y humano del Hijo de Dios, y abarca toda la historia humana: del estar en la condición de Dios, a la encarnación, a la muerte de cruz y a la exaltación en la gloria del Padre está implícito también el comportamiento de Adán, del hombre desde el inicio. Este himno a Cristo parte de su ser en morphe tou Theou, dice el texto griego, es decir, del estar "en la forma de Dios", o mejor dicho en la condición de Dios. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no vive su "ser como Dios" para triunfar o para imponer su supremacía, no lo considera como una posesión, un privilegio, un tesoro que celar. Más bien, "se despojó", se anonadó a sí mismo, asumiendo, dice el texto griego, la morphe doulos, la "forma de esclavo", la realidad humana marcada por el sufrimiento, la pobreza, la muerte; se ha asemejado plenamente a los hombres, excepto en el pecado, de modo que se comporta como un servidor dedicado al servicio de los demás. En este sentido, Eusebio de Cesarea --siglo IV--, dice: "Él tomó sobre sí la fatiga de los miembros que están sufriendo. Ha hecho suyas nuestras simples enfermedades. Él sufrió y trabajó por amor a nosotros: esto en conformidad con su gran amor por la humanidad" (La dimostrazione evangelica, 10, 1, 22). San Pablo continúa definiendo el marco "histórico" en el que se hizo este abajamiento de Jesús "se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte" (Fil. 2,8). El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, y ha realizado un camino en completa obediencia y fidelidad a la voluntad del Padre, hasta el sacrificio supremo de su vida. Aún más, el Apóstol especifica "hasta la muerte, y muerte de cruz". En la cruz, Cristo Jesús alcanzó el mayor grado de humillación, ya que la crucifixión era el castigo reservado a los esclavos y no a las personas libres: mors turpissima crucis, escribe Cicerón (cf. In Verrem, V, 64, 165).
En la cruz de Cristo, el hombre ha sido redimido y la experiencia de Adán se ha invertido: Adán, creado a imagen y semejanza de Dios, pretende ser como Dios con sus propias fuerzas, ponerse en el lugar de Dios, y así pierde la dignidad original que se le había dado. Jesús, al contrario, estaba "en la condición de Dios", pero se ha abajado, se ha sumergido en la condición humana, en la plena fidelidad al Padre, para redimir al Adán que está en nosotros, y para restituir al hombre la dignidad que había perdido. Los Padres destacan que Él se hizo obediente, restituyendo a la naturaleza humana, a través de su humanidad y obediencia, aquello que se había perdido por la desobediencia de Adán.
En la oración, en la relación con Dios, abrimos la mente, el corazón, la voluntad a la acción del Espíritu Santo para entrar en esa misma dinámica de vida, como afirma san Cirilo de Alejandría, cuya fiesta celebramos hoy: "La acción del Espíritu nos quiere transformar por la gracia, en una copia perfecta de su humillación" (Lettera Festale 10, 4). La lógica humana, sin embargo, busca a menudo la realización de sí mismo en el poder, en el dominio, en los medios poderosos. El hombre todavía quiere construir con sus propias fuerzas la torre de Babel para llegar a la altura de Dios mismo, para ser como Dios. La Encarnación y la Cruz nos recuerdan que la plena realización está en el conformar la propia voluntad humana a la del Padre, en el vaciarse del propio egoísmo, para llenarse del amor, de la caridad de Dios y así llegar a ser verdaderamente capaces de amar a los demás. El hombre no se encuentra a sí mismo permaneciendo encerrado en sí, afirmándose en sí mismo. El hombre se encuentra solo saliendo de sí mismo, solo si salimos de nosotros mismos nos encontramos. Y si Adán quería imitar a Dios, esto en sí mismo no es malo, pero se equivocó en la idea de Dios. Dios no es uno que solo quiere la grandeza. Dios es amor que se entrega desde ya en la Trinidad, y luego en la creación. E imitar a Dios significa salir de sí mismo, darse en el amor.
En la segunda parte de este "himno cristológico" de la Carta a los Filipenses, el sujeto cambia; ya no es Cristo, sino es Dios Padre. San Pablo insiste en que precisamente, por la obediencia a la voluntad del Padre, "Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre" (Fil. 2,9). Aquel que se ha abajado profundamente, tomando la condición de esclavo, ha sido exaltado, elevado por encima de todas las cosas por el Padre, que le dio el nombre de Kyrios, "Señor," la suprema dignidad y el señorío. Frente a este nuevo nombre, por cierto, que es el mismo nombre de Dios en el Antiguo Testamento, "toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: que ‘Cristo Jesús es Señor’, para gloria de Dios Padre" (vv. 10-11). El Jesús que se exalta es el de la Última Cena, que se quita las vestiduras, se ciñe la cintura con una toalla, se inclina a lavar los pies a los apóstoles y les pregunta: "¿Comprenden lo que he hecho por ustedes? Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros" (Jn. 13,12-14). Es importante recordar esto siempre en nuestra oración y en nuestra vida: "el ascenso hasta Dios está en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y por lo tanto la fuerza verdaderamente purificadora, que hace al hombre capaz de percibir y de ver a Dios"(Gesù di Nazaret, Milano 2007, p. 120).
El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece dos claves importantes para nuestra oración. La primera es la invocación: "Señor", dirigida a Jesucristo, sentado a la diestra del Padre: Él es el único Señor de nuestra vida, en medio de tantos "dominadores" que la quieren dirigir y orientar. Por ello, se debe tener una escala de valores en los que la primacía le pertenece a Dios, para decir con san Pablo: "Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" (Fil. 3,8). El encuentro con el Señor resucitado nos ha hecho comprender que él es el único tesoro por el que vale la pena consumir la propia existencia.
La segunda indicación es la postración, el "ponerse de rodillas" en la tierra y en el cielo, recordando las palabras del profeta Isaías, con la que indica la adoración que todas las criaturas deben a Dios (cf. 45,23). La genuflexión ante el Santísimo Sacramento o el arrodillarse en la oración, expresan una actitud de adoración ante Dios, aún con el cuerpo. De ahí la importancia de hacer este gesto no por la costumbre y con prisa, sino con una conciencia profunda. Cuando nos arrodillamos ante el Señor, confesamos nuestra fe en Él, conscientes de que Él es el único Señor de nuestra vida.
Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración fijamos nuestra mirada en el crucifijo, nos detenemos en adoración ante la Eucaristía con frecuencia, para hacer entrar nuestra vida en el amor de Dios, que se humilló a sí mismo con humildad para elevarse hasta Él. Al inicio de la catequesis nos preguntábamos cómo san Pablo podría alegrarse ante el riesgo inminente de su martirio y de su derramamiento de sangre. Esto sólo es posible debido a que el apóstol nunca ha quitado la mirada de Cristo, hasta imitarlo conforme a la muerte "tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Fil. 3,11). Al igual que san Francisco ante el crucifijo, decimos también nosotros: Altísimo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame una fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y discernimiento para hacer tu verdadera y santa voluntad. Amén (cf. Oración ante el Crucifijo: FF [276]).
lunes, 2 de julio de 2012
Novena a la Virgen del Carmen
EN FAMILIA NOS PREPARAMOS A LA FIESTA PATRONAL
Realizaremos la Novena en la celebración de la Santa Misa 19.30 hs.
Rezaremos el Sto. Rosario a las 19 hs.
Cada día rezamos por una intención
Día 7- Por los SACERDOTES y las VOCACIONES SACERDOTALES
“Jesús dijo: hay mucho que cosechar, pero los obreros son pocos; por eso rueguen al dueño de la cosecha que mande obreros. . .”
Día 8 - Por la PATRIA, la CIUDAD y los GOBERNANTES
“. . . el que quiera ser el mas importante entre ustedes, que se haga servidor de todos.” Mc 10, 42 - 45
Día 9 - Por los AGENTES DE ORDEN Y LA SEGURIDAD
“El capitán al ver que expiro dijo: realmente este es el Hijo de Dios.” Mc 15,38-39
“Dios había dado autoridad a Jesús de Nazareth entre todos ustedes.” He 2,22
Día 10 - Por los ENFERMOS Y PROFESIONALES de la SALUD
“Partieron los doce. . . predicando la Buena Noticia y haciendo curaciones.”
Día 11 - Por los DIFUNTOS de la Parroquia
“Yo soy la resurrección y la vida. . .” Jn 11, 25
Día 12 - Por los M C S (Medios de comunicación social)
“Grita con fuerza y sin miedo, levanta tu voz como trompeta.” Is 58, 1
Día 13 - Por el DESARROLLO de los PUEBLOS (agropecuaria, comercio e industria)
“Los que trabajan por la paz, siembran pacíficamente y su fruto es la justicia.” St. 3, 18
“Todo el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.” Mc 3, 35
Día 14 - Por los EDUCADORES
“Jesús enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.”
Día 15 - Por la FAMILIA y LOS JÓVENES,
Día 16 - Fiesta patronal.
Misa 19.30 hs. presidida por el Sr. Obispo, imposición de escapularios. Rezamos por los que participan en el sostenimiento de la obra evangelizadora de la parroquia (agentes pastorales, bienhechores y colaboradores).
Oración a la Virgen del Carmen
Súplica para tiempos difíciles
"Tengo mil dificultades: ayúdame.
De los enemigos del alma: sálvame.
En mis desaciertos: ilumíname.
En mis dudas y penas: confórtame.
En mis enfermedades: fortaléceme.
Cuando me desprecien: anímame.
En las tentaciones: defiéndeme.
En horas difíciles: consuélame.
Con tu corazón maternal: ámame.
Con tu inmenso poder: protégeme.
Y en tus brazos al expirar: recíbeme.
Virgen del Carmen, ruega por nosotros.
Amén."
Realizaremos la Novena en la celebración de la Santa Misa 19.30 hs.
Rezaremos el Sto. Rosario a las 19 hs.
Cada día rezamos por una intención
Día 7- Por los SACERDOTES y las VOCACIONES SACERDOTALES
“Jesús dijo: hay mucho que cosechar, pero los obreros son pocos; por eso rueguen al dueño de la cosecha que mande obreros. . .”
Día 8 - Por la PATRIA, la CIUDAD y los GOBERNANTES
“. . . el que quiera ser el mas importante entre ustedes, que se haga servidor de todos.” Mc 10, 42 - 45
Día 9 - Por los AGENTES DE ORDEN Y LA SEGURIDAD
“El capitán al ver que expiro dijo: realmente este es el Hijo de Dios.” Mc 15,38-39
“Dios había dado autoridad a Jesús de Nazareth entre todos ustedes.” He 2,22
Día 10 - Por los ENFERMOS Y PROFESIONALES de la SALUD
“Partieron los doce. . . predicando la Buena Noticia y haciendo curaciones.”
Día 11 - Por los DIFUNTOS de la Parroquia
“Yo soy la resurrección y la vida. . .” Jn 11, 25
Día 12 - Por los M C S (Medios de comunicación social)
“Grita con fuerza y sin miedo, levanta tu voz como trompeta.” Is 58, 1
Día 13 - Por el DESARROLLO de los PUEBLOS (agropecuaria, comercio e industria)
“Los que trabajan por la paz, siembran pacíficamente y su fruto es la justicia.” St. 3, 18
“Todo el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.” Mc 3, 35
Día 14 - Por los EDUCADORES
“Jesús enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.”
Día 15 - Por la FAMILIA y LOS JÓVENES,
Día 16 - Fiesta patronal.
Misa 19.30 hs. presidida por el Sr. Obispo, imposición de escapularios. Rezamos por los que participan en el sostenimiento de la obra evangelizadora de la parroquia (agentes pastorales, bienhechores y colaboradores).
Oración a la Virgen del Carmen
Súplica para tiempos difíciles
"Tengo mil dificultades: ayúdame.
De los enemigos del alma: sálvame.
En mis desaciertos: ilumíname.
En mis dudas y penas: confórtame.
En mis enfermedades: fortaléceme.
Cuando me desprecien: anímame.
En las tentaciones: defiéndeme.
En horas difíciles: consuélame.
Con tu corazón maternal: ámame.
Con tu inmenso poder: protégeme.
Y en tus brazos al expirar: recíbeme.
Virgen del Carmen, ruega por nosotros.
Amén."
El Papa habla de médicos y enfermeras como «reservas de amor que ayudan a llevar la cruz» de otros
Queridos hermanos y hermanas:
Este domingo, el evangelista Marcos nos presenta la historia de dos curaciones milagrosas que Jesús realiza en favor de dos mujeres: la hija de uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y una mujer que sufría de hemorragia (cf. Mc. 5,21-43). Son dos episodios en los que hay dos niveles de lectura; aquel puramente físico: Jesús se acerca hasta el sufrimiento humano y cura el cuerpo; y aquel espiritual: Jesús vino a sanar el corazón del hombre, para dar la salvación y pide fe en Él.
En el primer episodio, ante la noticia de que la hija de Jairo ha muerto, Jesús le dice al jefe de la sinagoga: "No temas; solamente ten fe" (v. 36), lo lleva con él donde estaba la niña y exclama: "Muchacha, a ti te digo, levántate" (v. 41). Y esta se levantó y se puso a caminar. San Jerónimo decía estas palabras, haciendo hincapié en el poder salvífico de Jesús: "Niña, levántate hacia mí: no por tu mérito, sino por mi gracia. Álzate por mi: el hecho de ser curada no depende de tu virtud" (Omelie sul Vangelo di Marco, 3).
El segundo episodio, el de la mujer con hemorragia, volverá a poner en evidencia cómo Jesús vino a liberar al ser humano en su totalidad. En efecto, el milagro se lleva a cabo en dos fases: en la primera se da la curación física, que está estrechamente relacionada con la curación más profunda, aquella que da la gracia de Dios a quien se abre a Él con fe. Jesús le dice a la mujer: "Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad" (Mc. 5,34). Estas dos historias de curación son una invitación para nosotros, a fin de superar una visión puramente horizontal y materialista de la vida. A Dios le pedimos tantas curaciones de problemas, de necesidades concretas, y es justo, pero lo que debemos pedir con insistencia es una fe más segura, para que el Señor renueve nuestra vida, y una firme confianza en su amor, en su providencia que no nos abandona.
Jesús, que está atento al sufrimiento humano, nos hace pensar a todos aquellos que ayudan a los enfermos a llevar su cruz, en particular los médicos, los operadores sanitarios y cuantos aseguran la asistencia religiosa en las casas o asilos. Se trata de "reservas de amor", que llevan serenidad y esperanza a los que sufren. En la encíclica Deus caritas est, he observado que, en este valioso servicio, en primer lugar se necesita la competencia profesional --que es la primera necesidad--, pero esta por sí sola no es suficiente. Se trata, de hecho, de seres humanos, que tienen necesidad de humanidad y de la atención del corazón. "Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una «formación del corazón»: se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro" (n. 31).
Pidámosle a la Virgen María que acompañe nuestro camino de fe y nuestro compromiso de amor concreto, especialmente a los más necesitados, mientras invocamos su maternal intercesión por nuestros hermanos que viven el sufrimiento en el cuerpo o en el espíritu.
Este domingo, el evangelista Marcos nos presenta la historia de dos curaciones milagrosas que Jesús realiza en favor de dos mujeres: la hija de uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y una mujer que sufría de hemorragia (cf. Mc. 5,21-43). Son dos episodios en los que hay dos niveles de lectura; aquel puramente físico: Jesús se acerca hasta el sufrimiento humano y cura el cuerpo; y aquel espiritual: Jesús vino a sanar el corazón del hombre, para dar la salvación y pide fe en Él.
En el primer episodio, ante la noticia de que la hija de Jairo ha muerto, Jesús le dice al jefe de la sinagoga: "No temas; solamente ten fe" (v. 36), lo lleva con él donde estaba la niña y exclama: "Muchacha, a ti te digo, levántate" (v. 41). Y esta se levantó y se puso a caminar. San Jerónimo decía estas palabras, haciendo hincapié en el poder salvífico de Jesús: "Niña, levántate hacia mí: no por tu mérito, sino por mi gracia. Álzate por mi: el hecho de ser curada no depende de tu virtud" (Omelie sul Vangelo di Marco, 3).
El segundo episodio, el de la mujer con hemorragia, volverá a poner en evidencia cómo Jesús vino a liberar al ser humano en su totalidad. En efecto, el milagro se lleva a cabo en dos fases: en la primera se da la curación física, que está estrechamente relacionada con la curación más profunda, aquella que da la gracia de Dios a quien se abre a Él con fe. Jesús le dice a la mujer: "Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad" (Mc. 5,34). Estas dos historias de curación son una invitación para nosotros, a fin de superar una visión puramente horizontal y materialista de la vida. A Dios le pedimos tantas curaciones de problemas, de necesidades concretas, y es justo, pero lo que debemos pedir con insistencia es una fe más segura, para que el Señor renueve nuestra vida, y una firme confianza en su amor, en su providencia que no nos abandona.
Jesús, que está atento al sufrimiento humano, nos hace pensar a todos aquellos que ayudan a los enfermos a llevar su cruz, en particular los médicos, los operadores sanitarios y cuantos aseguran la asistencia religiosa en las casas o asilos. Se trata de "reservas de amor", que llevan serenidad y esperanza a los que sufren. En la encíclica Deus caritas est, he observado que, en este valioso servicio, en primer lugar se necesita la competencia profesional --que es la primera necesidad--, pero esta por sí sola no es suficiente. Se trata, de hecho, de seres humanos, que tienen necesidad de humanidad y de la atención del corazón. "Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una «formación del corazón»: se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro" (n. 31).
Pidámosle a la Virgen María que acompañe nuestro camino de fe y nuestro compromiso de amor concreto, especialmente a los más necesitados, mientras invocamos su maternal intercesión por nuestros hermanos que viven el sufrimiento en el cuerpo o en el espíritu.
El papel del Papado en nuestra fe
En estos días hemos celebrado la fiesta de San Pedro, el primer Papa, mi patrono. Al ponerme bajo su patrocinio, la Iglesia me pone un ejemplo de caridad y me confía especialmente bajo su protección. El propio Jesucristo confió una misión especial a Pedro, que es mi deber dejarle llevar a cabo en mí: «confirma a tus hermanos en la fe» (Lc 22,32) y como cristiano y sacerdote que soy tengo a mi vez la responsabilidad de hacerlo con los demás. .
Por ello no puedo por menos de preguntarme sobre el papel del Papado en nuestra fe. Ante todo lo esencial de mi fe es creer que la segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, se ha hecho Hombre en Jesucristo, por lo que es verdadero Dios y verdadero Hombre, con el objetivo de, a través de su Pasión, Muerte y Resurrección, injertarnos en la Vida Trinitaria y llevarnos así a la felicidad eterna.
Pero actualmente nos encontramos con que muchos aceptan a Jesucristo, pero no a la Iglesia, por lo que lo primero que tenemos que plantearnos es si hay alguna relación entre Cristo y la Iglesia Católica. En pocas palabras, ¿tiene algo que ver la Iglesia Católica con Jesucristo? Una contestación muy clara la encontramos en Mt 16,18: «Ahora te digo yo: -Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré miIglesia».
Ahora bien si hay una Iglesia de Jesucristo, a la que Él llama mi Iglesia, es indudable que esa Iglesia debe tener unas señas de identidad que nos permitan reconocerla sin demasiadas dificultades. Cristo confió el gobierno de su Iglesia a san Pedro y a los demás Apóstoles, que por ley de vida han encontrado sus sucesores en los Papas y en el Colegio Episcopal, es decir en la sucesión apostólica. Este tema de la sucesión apostólica es el gran argumento para saber que estamos en la verdadera Iglesia de Cristo, Como dice el Catecismo: «Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de lo sucesores de san Pedro y los Apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen» (CEC 863). El mismo Jesús nos confirma su permanencia en la Iglesia y la fidelidad de Ésta a Él, cuando en la frase final del evangelio de san Mateo nos dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días,hasta el final de los tiempos»(Mt 28,20). Recuerdo que de esta frase me serví cuando hablando con un mormón, pero creo que valdría también para todos los grupos que se han separado de la Iglesia Católica, le dije: «Vosotros pensáis que la Iglesia la fundó Jesucristo, pero se corrompió inmediatamente, hasta que en el siglo XIX, Joseph Smith la devolvió a su plenitud. Personalmente, y más teniendo en cuenta Mt 28,20, no creo que ni Jesucristo, ni el Espíritu Santo se tomasen unas vacaciones de diecinueve siglos». Creo que la Iglesia siempre ha mantenido las verdades de la fe, aunque en la práctica, es indudable que todos somos pecadores y, por tanto, en muchas ocasiones, dejamos bastante que desear.
Actualmente muchos critican a la Iglesia y la rechazan, aunque sigan considerándose católicos, e incluso buenos católicos. Pero basta que la Iglesia diga A, para que ellos opinen lo contrario. El relativismo, lo políticamente correcto, el anticlericalismo, están haciendo estragos. Especialmente el rechazo es claro en el campo moral. Y sin embargo lo primero que me enseñaron en Teología Moral es que la Iglesia es Madre y tiene sentido común. De hecho cuando veo algunas de las cosas que defienden nuestros adversarios, no puedo por menos de recordar aquello de: «Pobre la sociedad en la que hay que defender lo evidente». Y en cuanto al anticlericalismo de mucha gente les respondo: «Seguramente os habréis encontrado con algún cura idiota. Pero si en vuestra vida os encontráis con algún médico idiota, seguro que os vais a otro médico y no se os ocurre pensar que todos los médicos son idiotas. Pues aquí haced lo mismo».
Pedro Trevijano, sacerdote
.
Por ello no puedo por menos de preguntarme sobre el papel del Papado en nuestra fe. Ante todo lo esencial de mi fe es creer que la segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, se ha hecho Hombre en Jesucristo, por lo que es verdadero Dios y verdadero Hombre, con el objetivo de, a través de su Pasión, Muerte y Resurrección, injertarnos en la Vida Trinitaria y llevarnos así a la felicidad eterna.
Pero actualmente nos encontramos con que muchos aceptan a Jesucristo, pero no a la Iglesia, por lo que lo primero que tenemos que plantearnos es si hay alguna relación entre Cristo y la Iglesia Católica. En pocas palabras, ¿tiene algo que ver la Iglesia Católica con Jesucristo? Una contestación muy clara la encontramos en Mt 16,18: «Ahora te digo yo: -Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré miIglesia».
Ahora bien si hay una Iglesia de Jesucristo, a la que Él llama mi Iglesia, es indudable que esa Iglesia debe tener unas señas de identidad que nos permitan reconocerla sin demasiadas dificultades. Cristo confió el gobierno de su Iglesia a san Pedro y a los demás Apóstoles, que por ley de vida han encontrado sus sucesores en los Papas y en el Colegio Episcopal, es decir en la sucesión apostólica. Este tema de la sucesión apostólica es el gran argumento para saber que estamos en la verdadera Iglesia de Cristo, Como dice el Catecismo: «Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de lo sucesores de san Pedro y los Apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen» (CEC 863). El mismo Jesús nos confirma su permanencia en la Iglesia y la fidelidad de Ésta a Él, cuando en la frase final del evangelio de san Mateo nos dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días,hasta el final de los tiempos»(Mt 28,20). Recuerdo que de esta frase me serví cuando hablando con un mormón, pero creo que valdría también para todos los grupos que se han separado de la Iglesia Católica, le dije: «Vosotros pensáis que la Iglesia la fundó Jesucristo, pero se corrompió inmediatamente, hasta que en el siglo XIX, Joseph Smith la devolvió a su plenitud. Personalmente, y más teniendo en cuenta Mt 28,20, no creo que ni Jesucristo, ni el Espíritu Santo se tomasen unas vacaciones de diecinueve siglos». Creo que la Iglesia siempre ha mantenido las verdades de la fe, aunque en la práctica, es indudable que todos somos pecadores y, por tanto, en muchas ocasiones, dejamos bastante que desear.
Actualmente muchos critican a la Iglesia y la rechazan, aunque sigan considerándose católicos, e incluso buenos católicos. Pero basta que la Iglesia diga A, para que ellos opinen lo contrario. El relativismo, lo políticamente correcto, el anticlericalismo, están haciendo estragos. Especialmente el rechazo es claro en el campo moral. Y sin embargo lo primero que me enseñaron en Teología Moral es que la Iglesia es Madre y tiene sentido común. De hecho cuando veo algunas de las cosas que defienden nuestros adversarios, no puedo por menos de recordar aquello de: «Pobre la sociedad en la que hay que defender lo evidente». Y en cuanto al anticlericalismo de mucha gente les respondo: «Seguramente os habréis encontrado con algún cura idiota. Pero si en vuestra vida os encontráis con algún médico idiota, seguro que os vais a otro médico y no se os ocurre pensar que todos los médicos son idiotas. Pues aquí haced lo mismo».
Pedro Trevijano, sacerdote
.
lunes, 28 de mayo de 2012
Anselm Grün reduce Evangelio a libro de autoayuda
El experto teólogo y sacerdote jesuita uruguayo Horacio Bojorge criticó las herejías difundidas por el monje benedictino Anselm Grün, aceptadas por algunos católicos sin considerar su nociva influencia.
En un minucioso recuento de artículos enviado a ACI Prensa, el P. Bojorge señala que en sus libros, Grün "reduce el mensaje revelado de las Sagradas Escrituras; primero, porque lo interpreta en forma acomodada y segundo porque, mediante este sentido no bíblico, lo homologa con afirmaciones de orden psicológico, haciendo así del Evangelio un libro de autoayuda".
"El confiado lector se encuentra con el relato evangélico y su sentido literario tradicional que le es familiar, pero también se le sirve, en el mismo plato, la acomodación psicológica, como si fuera igualmente válida".
El P. Bojorge advirtió que en esa "acomodación psicológica, una resurrección puede convertirse simplemente en una curación y ser tratada como tal. Y una posesión demoníaca puede convertirse en un estado de exasperación emocional y psicológica". "No se niega la resurrección, pero se presenta como alternativa válida una interpretación que la explica como curación. No se niega la acción demoníaca por posesión, obsesión o tentación, pero se habla de ‘las propias sombras’".
Por ello, el sacerdote jesuita consideró urgente "avisar que el hoy tan difundido magisterio espiritual del benedictino alemán Anselm Grün navega en la corriente modernista. Y cunde produciendo desviaciones muy dañinas, por lo parecidas al recto camino de la fe y la espiritualidad católica".
El P. Bojorge indicó que los escritos de Anselm Grün pertenecen "a la familia de los que podemos llamar los errores psicologistas. Tienen de común con la teología de la liberación, que no tienen como meta presentar el sentido auténtico de la Escritura tal como ha sido siempre interpretada por la Iglesia y según la fe católica, sino que usan de los textos bíblicos con una intención ajena a su sentido literal y auténtico".
El sacerdote jesuita indicó que así como para la teología marxista de la liberación, la meta es la libertad política, para el pensamiento difundido por Anselm Grün, el objetivo es "la libertad psicológica del individuo".
El P. Bojorge remarcó que el pensamiento de Grün está fundamentado sobre las ideas del psicoanalista Carl Jung y del P. Eugen Drewermann, quien fuera apartado por su obispo del sacerdocio, precisamente por sus enseñanzas psicologistas.
El jesuita criticó que Anselm Grün atribuya, arbitrariamente, a los textos de la Biblia "un sentido de orden psicológico, del ‘imaginario’ que sin embargo él presenta como si fuera mejor sentido que el sentido literal, al que califica, lisa y llanamente, desdiciendo desaprensivamente la tradición y el magisterio, de ‘inútil’".
De acuerdo al P. Horacio Bojorge, en la prédica de Grün, "el Jesús de la historia que presentan los Evangelios es relegado al orden de la fantasía mítica y se lo ‘rescata’ de la insignificancia a la significación mediante ‘recuperaciones’ ideológicas, políticas o psicologistas".
"La libertad de que habla Anselm Grün no es la misma de la que habló Jesús y se lee en Marcos. Según lo presenta Anselm Grün, Jesús ya no es el camino hacia la libertad porque sea el camino que nos conduzca al Padre, y porque nos convierta en hijos y nos de la libertad de los hijos".
Según explicó el sacerdote jesuita, para Anselm Grün, la libertad es "la integración de los contrarios, la integración de la sombra junguiana, que es inaceptable para la espiritualidad cristiana, porque implica aceptar el pecado y hasta lo demoníaco, para integrarlos en la unificación del yo".
En un minucioso recuento de artículos enviado a ACI Prensa, el P. Bojorge señala que en sus libros, Grün "reduce el mensaje revelado de las Sagradas Escrituras; primero, porque lo interpreta en forma acomodada y segundo porque, mediante este sentido no bíblico, lo homologa con afirmaciones de orden psicológico, haciendo así del Evangelio un libro de autoayuda".
"El confiado lector se encuentra con el relato evangélico y su sentido literario tradicional que le es familiar, pero también se le sirve, en el mismo plato, la acomodación psicológica, como si fuera igualmente válida".
El P. Bojorge advirtió que en esa "acomodación psicológica, una resurrección puede convertirse simplemente en una curación y ser tratada como tal. Y una posesión demoníaca puede convertirse en un estado de exasperación emocional y psicológica". "No se niega la resurrección, pero se presenta como alternativa válida una interpretación que la explica como curación. No se niega la acción demoníaca por posesión, obsesión o tentación, pero se habla de ‘las propias sombras’".
Por ello, el sacerdote jesuita consideró urgente "avisar que el hoy tan difundido magisterio espiritual del benedictino alemán Anselm Grün navega en la corriente modernista. Y cunde produciendo desviaciones muy dañinas, por lo parecidas al recto camino de la fe y la espiritualidad católica".
El P. Bojorge indicó que los escritos de Anselm Grün pertenecen "a la familia de los que podemos llamar los errores psicologistas. Tienen de común con la teología de la liberación, que no tienen como meta presentar el sentido auténtico de la Escritura tal como ha sido siempre interpretada por la Iglesia y según la fe católica, sino que usan de los textos bíblicos con una intención ajena a su sentido literal y auténtico".
El sacerdote jesuita indicó que así como para la teología marxista de la liberación, la meta es la libertad política, para el pensamiento difundido por Anselm Grün, el objetivo es "la libertad psicológica del individuo".
El P. Bojorge remarcó que el pensamiento de Grün está fundamentado sobre las ideas del psicoanalista Carl Jung y del P. Eugen Drewermann, quien fuera apartado por su obispo del sacerdocio, precisamente por sus enseñanzas psicologistas.
El jesuita criticó que Anselm Grün atribuya, arbitrariamente, a los textos de la Biblia "un sentido de orden psicológico, del ‘imaginario’ que sin embargo él presenta como si fuera mejor sentido que el sentido literal, al que califica, lisa y llanamente, desdiciendo desaprensivamente la tradición y el magisterio, de ‘inútil’".
De acuerdo al P. Horacio Bojorge, en la prédica de Grün, "el Jesús de la historia que presentan los Evangelios es relegado al orden de la fantasía mítica y se lo ‘rescata’ de la insignificancia a la significación mediante ‘recuperaciones’ ideológicas, políticas o psicologistas".
"La libertad de que habla Anselm Grün no es la misma de la que habló Jesús y se lee en Marcos. Según lo presenta Anselm Grün, Jesús ya no es el camino hacia la libertad porque sea el camino que nos conduzca al Padre, y porque nos convierta en hijos y nos de la libertad de los hijos".
Según explicó el sacerdote jesuita, para Anselm Grün, la libertad es "la integración de los contrarios, la integración de la sombra junguiana, que es inaceptable para la espiritualidad cristiana, porque implica aceptar el pecado y hasta lo demoníaco, para integrarlos en la unificación del yo".
jueves, 3 de mayo de 2012
Obediencia a Cristo y realización humana
Nuestra pertenencia a la Iglesia Católica y a su comunidad de fieles no debe quedar sin consecuencias prácticas en nuestra vida. Está claro que nuestro ser cristiano no sólo motiva nuestro comportamiento en lo cristiano, sino también enh todos los ámbitos de la vida. Pero podemos preguntarnos: ¿el hecho de pertenecer y ser miembros del Cuerpo de Cristo, con una total sumisión a Él, no supone nuestra caída en un totalitarismo alienante?
La respuesta a esta pregunta debe ser hacer ver la diferencia que hay entre nuestra sumisión a Dios y la sumisión a cualquier otro. El hombre ha sido creado por el Amor de Dios a imagen y semejanza suya y sólo logrará su plena realización si obedece y se somete al plan de Dios sobre él, siendo lo que Dios quiere de nosotros: "sed perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial"(Mt 5,48), y el camino que nos conduce a este fin es en toda la Escritura la práctica de la caridad y de la justicia. Nadie está excluido de la llamada al Reino y lo que nos exige esta llamada es para todos, como nos recuerda el Concilio Vaticano II: "Por tanto, a todos resulta claro que todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad"(LG 40). Por ello cada uno deberá ver qué es lo que Dios espera de él y eso es para él una exigencia.
Dios, Tú Absoluto y Supremo, tiene derecho a tener sobre nosotros exigencias absolutas por cuanto éstas nos abren hacia los valores transcendentes en cuya realización está nuestra perfección. En cambio el hombre no puede nunca resolver totalmente los problemas de otro hombre, pues somos todos contingentes y limitados. Por ello es ilícita una sumisión plena u obediencia ciega a otro hombre, aunque se trate de la autoridad eclesiástica.
Con esto no se niega que la obediencia sea una virtud, siempre que sea responsable y no suponga una abdicación de mi conciencia personal. El totalitarismo supone en efecto la renuncia a mi responsabilidad a fin de practicar la obediencia, pero es esta renuncia la que es anticristiana.
En cuanto a los consejos evangélicos, no nos olvidemos que Cristo nos llama amigos (Jn 15,15), y la ley fundamental de la amistad es la libertad recíproca en la iniciativa y en los intercambios. Entre amigos, lo más adecuado es el consejo que respeta la libertad, ayuda a la inteligencia y conlleva un apoyo afectuoso. Si es verdad que la Ley nueva nos pone en relación de amistad con Cristo, podemos suponer que los consejos evangélicos ocupan un lugar de primer plano, y es que cada uno debe encontrar su vocación personal, y por ello los consejos, que por supuesto no se reducen a los tres votos del estado religioso, se dirigen a todos los cristianos comprometidos por la fe en el camino de la amistad con Cristo.
Puesto que la Iglesia forma un todo con Cristo, al igual que un cuerpo con su cabeza, los miembros de Cristo deben encontrar en Él un modelo objetivo de conducta moral: "os dejó un ejemplo para que sigáis sus huellas"(1 P 2,21); "sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo"(1 Cor 11,1); "porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho"(Jn 13,15).
A primera vista parece sencillo: observando como se ha comportado Cristo, tenemos en muchas ocasiones un modelo de comportamiento correcto para circunstancias semejantes. La vida de Cristo fue un servicio por amor (Mc 10,45; 2 Cor 8,9; Flp 2,5-8; Ef 5,2). No olvidemos que nos encontramos ante un hombre verdadero y que este aspecto humano de la persona de Cristo en modo alguno fue anulado por su divinidad. Más aún, conviene recalcar este aspecto de Cristo hombre, puesto que se ha insistido en los últimos siglos demasiado poco sobre ello, presentándose así con frecuencia un retrato de Cristo prácticamente monofisita.
El comportamiento de Cristo hacia nosotros se encuentra resumido en un versículo muy conocido del cuarto Evangelio: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3,16). Nuestra imitación de Cristo debe llevarnos a buscar a realizar en nuestras acciones el amor de caridad a fin de lograr la vida eterna.
El seguimiento de Cristo significa algo más que dejarse guiar por un líder o maestro fascinante, lo que se ve claramente en las perícopas que nos hablan del seguimiento (Mt 10,38; 16,24-27; Mc 8 34-38; Lc 9,23-26; 14,16-33). El seguimiento supone por nuestra parte una realización de la fe, una conversión religiosa, una decisión en favor del Reino de Dios, un convencimiento que la transformación a mejor del mundo pasa necesariamente por mi propia conversión y transformación.
Queda claro que el contenido de la Moral cristiana no es otro sino el seguimiento de Cristo. Pero este seguimiento no destruye ni disminuye en nada las posibilidades humanas. Cristo ha sido el verdadero, el auténtico y el máximo realizador de todo lo humano. El hecho de proponerle a Él como norma y fundamento de nuestro vivir obedece precisamente a que en Él todas nuestras virtualidades y posibilidades de bien, de justicia, de libertad, de actuar han sido desarrolladas y actuadas al máximo y que lo que Cristo pretende de nosotros es precisamente nuestra realización personal.
P. Pedro Trevijano, sacerdote
La respuesta a esta pregunta debe ser hacer ver la diferencia que hay entre nuestra sumisión a Dios y la sumisión a cualquier otro. El hombre ha sido creado por el Amor de Dios a imagen y semejanza suya y sólo logrará su plena realización si obedece y se somete al plan de Dios sobre él, siendo lo que Dios quiere de nosotros: "sed perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial"(Mt 5,48), y el camino que nos conduce a este fin es en toda la Escritura la práctica de la caridad y de la justicia. Nadie está excluido de la llamada al Reino y lo que nos exige esta llamada es para todos, como nos recuerda el Concilio Vaticano II: "Por tanto, a todos resulta claro que todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad"(LG 40). Por ello cada uno deberá ver qué es lo que Dios espera de él y eso es para él una exigencia.
Dios, Tú Absoluto y Supremo, tiene derecho a tener sobre nosotros exigencias absolutas por cuanto éstas nos abren hacia los valores transcendentes en cuya realización está nuestra perfección. En cambio el hombre no puede nunca resolver totalmente los problemas de otro hombre, pues somos todos contingentes y limitados. Por ello es ilícita una sumisión plena u obediencia ciega a otro hombre, aunque se trate de la autoridad eclesiástica.
Con esto no se niega que la obediencia sea una virtud, siempre que sea responsable y no suponga una abdicación de mi conciencia personal. El totalitarismo supone en efecto la renuncia a mi responsabilidad a fin de practicar la obediencia, pero es esta renuncia la que es anticristiana.
En cuanto a los consejos evangélicos, no nos olvidemos que Cristo nos llama amigos (Jn 15,15), y la ley fundamental de la amistad es la libertad recíproca en la iniciativa y en los intercambios. Entre amigos, lo más adecuado es el consejo que respeta la libertad, ayuda a la inteligencia y conlleva un apoyo afectuoso. Si es verdad que la Ley nueva nos pone en relación de amistad con Cristo, podemos suponer que los consejos evangélicos ocupan un lugar de primer plano, y es que cada uno debe encontrar su vocación personal, y por ello los consejos, que por supuesto no se reducen a los tres votos del estado religioso, se dirigen a todos los cristianos comprometidos por la fe en el camino de la amistad con Cristo.
Puesto que la Iglesia forma un todo con Cristo, al igual que un cuerpo con su cabeza, los miembros de Cristo deben encontrar en Él un modelo objetivo de conducta moral: "os dejó un ejemplo para que sigáis sus huellas"(1 P 2,21); "sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo"(1 Cor 11,1); "porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho"(Jn 13,15).
A primera vista parece sencillo: observando como se ha comportado Cristo, tenemos en muchas ocasiones un modelo de comportamiento correcto para circunstancias semejantes. La vida de Cristo fue un servicio por amor (Mc 10,45; 2 Cor 8,9; Flp 2,5-8; Ef 5,2). No olvidemos que nos encontramos ante un hombre verdadero y que este aspecto humano de la persona de Cristo en modo alguno fue anulado por su divinidad. Más aún, conviene recalcar este aspecto de Cristo hombre, puesto que se ha insistido en los últimos siglos demasiado poco sobre ello, presentándose así con frecuencia un retrato de Cristo prácticamente monofisita.
El comportamiento de Cristo hacia nosotros se encuentra resumido en un versículo muy conocido del cuarto Evangelio: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3,16). Nuestra imitación de Cristo debe llevarnos a buscar a realizar en nuestras acciones el amor de caridad a fin de lograr la vida eterna.
El seguimiento de Cristo significa algo más que dejarse guiar por un líder o maestro fascinante, lo que se ve claramente en las perícopas que nos hablan del seguimiento (Mt 10,38; 16,24-27; Mc 8 34-38; Lc 9,23-26; 14,16-33). El seguimiento supone por nuestra parte una realización de la fe, una conversión religiosa, una decisión en favor del Reino de Dios, un convencimiento que la transformación a mejor del mundo pasa necesariamente por mi propia conversión y transformación.
Queda claro que el contenido de la Moral cristiana no es otro sino el seguimiento de Cristo. Pero este seguimiento no destruye ni disminuye en nada las posibilidades humanas. Cristo ha sido el verdadero, el auténtico y el máximo realizador de todo lo humano. El hecho de proponerle a Él como norma y fundamento de nuestro vivir obedece precisamente a que en Él todas nuestras virtualidades y posibilidades de bien, de justicia, de libertad, de actuar han sido desarrolladas y actuadas al máximo y que lo que Cristo pretende de nosotros es precisamente nuestra realización personal.
P. Pedro Trevijano, sacerdote
Oración por Ana Etelvina
Como sabemos Ana Etelvina está muy delicada en un CTI de Montevideo, los invito a rezar, eso que es el pilar de la vida de Ana E. y lo debería ser de cada cristiano, nos unimos en el Santo Rosario y en la tarde en la Santa Misa de las 19.30 hs.
sábado, 7 de abril de 2012
La confesión de los pecados mortales
La confesión de los pecados mortales En mi artículo “Dimensión eclesial del sacramento de la penitencia” he recibido la siguiente pregunta u observación: Comentario de JM: “No discuto que la Iglesia pueda regular la administración de este Sacramento, pero, por problemas serios de conciencia, hasta que la práctica de la celebración comunitaria del sacramento del perdón, con absolución general y sin confesión individual, no sea habitual o esté a mi alcance, seguiré pidiendo perdón a Dios en la Santa Misa. Tengo necesidad de encontrar a un sacerdote que me comprenda en este punto, pero para mí, confesarme es una fuente interminable de escrúpulos que me llevan a actitudes neuróticas. Cristo no puede querer eso. Un sacerdote, ante el que me reconozca pecador, arrepentido y con propósito de enmienda, estimo que, a ejemplo de Jesús, debería de absolverme. Estos días buscaré parroquias en que esto sea posible, si algunos las conoce en Barcelona, le agradecería mucho que me las indicase”Evidentemente nos referimos al perdón de los pecados mortales, porque los veniales, según el Catecismo Astete se perdonan por múltiples causas, como oír Misa, comulgar, rezar el Padre Nuestro, oír sermón etc.Para Trento, el sacramento se celebra de este modo: a) Acusación detallada, obligatoria y específica de todos los pecados mortales, recomen¬dándose la de los veniales; acusación hecha con verdadero arrepentimiento ante el sacerdote, ministro ordinario de este sacramento (Denzinger 899-900. Cito D); b) Absolu¬ción por el sacerdote, que reconcilia al penitente con Dios y consigo mismo D. 902); c) Satisfacción. Al penitente le permanece la obligación, tras la confesión, de hacer obras de penitencia para obtener la remisión de la pena temporal y perfeccionar su conversión (D 904-905).Por su parte el Código de Derecho Canónico afirma: "988 & 1. El fiel está obligado a confesar según su especie y número todos los pecados graves cometidos después del bautismo y aún no perdonados directamente por la potestad de las llaves de la Iglesia ni acusados en confesión individual, de los cuales tenga conciencia después de un examen diligente".El fundamento escritu¬rístico de la confesión íntegra de los pecados está en Sant 5,16; 1 Jn 1,9; Lc 17,14. Jesús confió a los sacerdotes (Mt 16,19; 18,18; Jn 20,23) el poder de perdonar los pecados, requiriendo el ejercicio de este poder el conocimiento de la causa, es decir del estado del pecador, para así guardar la equidad en la imposición de las penas, y porque además la medicina no cura lo que ignora, lo que no podría hacer si los fieles declararan sus pecados en general y no uno por uno ( D 899).La intención de Trento fue declarar que la postura protestante de rechazo de la confesión completa y detallada, está en contra de una tradición venerable de la Iglesia y de la voluntad de Cristo.El cardenal Ratzinger, en su intervención ante el Sínodo de Obispos del 6-X-1983, tras recordar que el Concilio de Trento definió que es necesario iure divino confesar todos los pecados mortales para obtener su perdón ( D 907), afirma que el elemento de la confesión personal es intrínsecamente necesario, pues así lo expresa Trento. Por su parte los Obispos suizos en sus Anotaciones al Ritual de la Penitencia nos dicen por qué hay que confesar los pecados mortales, incluso ya perdonados, pero confesados: "La obligación, incluso tras la recepción de la absolución general sacramental, de confesar los pecados graves en confesión individual, tiene un sentido muy profundo. Como se trata de la nueva reconciliación de un penitente, que por su comportamiento se ha separado de la Iglesia, se le exige, según la práctica apostólica y la costumbre hasta ahora ininte¬rrumpida de la Iglesia, una confesión ante el sacerdote. Al presentarse el pecador ante el representante autorizado de la Iglesia, da a su deseo de conversión, una expresión especialmente manifiesta y clara. Por otra parte, este paso le ayuda a distanciarse con decisión de la culpa y a profundizar su deseo de penitencia".El problema que presenta JM lo responde expresamente Trento en el número 900 del Denzinger. Como manera de facilitarle la solución a su problema le digo que haga lo que hacen conmigo mis penitentes sordomudos. Me vienen con sus pecados escritos, los leo, les doy algún consejo, en este caso por escrito, y les devuelvo el papel para que lo destruyan.Un cordial saludo Pedro Trevijano.
En mi artículo “Dimensión eclesial del sacramento de la penitencia” he recibido la siguiente pregunta u observación: Comentario de JM:
“No discuto que la Iglesia pueda regular la administración de este Sacramento, pero, por problemas serios de conciencia, hasta que la práctica de la celebración comunitaria del sacramento del perdón, con absolución general y sin confesión individual, no sea habitual o esté a mi alcance, seguiré pidiendo perdón a Dios en la Santa Misa. Tengo necesidad de encontrar a un sacerdote que me comprenda en este punto, pero para mí, confesarme es una fuente interminable de escrúpulos que me llevan a actitudes neuróticas. Cristo no puede querer eso. Un sacerdote, ante el que me reconozca pecador, arrepentido y con propósito de enmienda, estimo que, a ejemplo de Jesús, debería de absolverme. Estos días buscaré parroquias en que esto sea posible, si algunos las conoce en Barcelona, le agradecería mucho que me las indicase”
Evidentemente nos referimos al perdón de los pecados mortales, porque los veniales, según el Catecismo Astete se perdonan por múltiples causas, como oír Misa, comulgar, rezar el Padre Nuestro, oír sermón etc.
Para Trento, el sacramento se celebra de este modo: a) Acusación detallada, obligatoria y específica de todos los pecados mortales, recomen¬dándose la de los veniales; acusación hecha con verdadero arrepentimiento ante el sacerdote, ministro ordinario de este sacramento (Denzinger 899-900. Cito D); b) Absolu¬ción por el sacerdote, que reconcilia al penitente con Dios y consigo mismo D. 902); c) Satisfacción. Al penitente le permanece la obligación, tras la confesión, de hacer obras de penitencia para obtener la remisión de la pena temporal y perfeccionar su conversión (D 904-905).
Por su parte el Código de Derecho Canónico afirma:
"988 & 1. El fiel está obligado a confesar según su especie y número todos los pecados graves cometidos después del bautismo y aún no perdonados directamente por la potestad de las llaves de la Iglesia ni acusados en confesión individual, de los cuales tenga conciencia después de un examen diligente".
El fundamento escriturístico de la confesión íntegra de los pecados está en Sant 5,16; 1 Jn 1,9; Lc 17,14. Jesús confió a los sacerdotes (Mt 16,19; 18,18; Jn 20,23) el poder de perdonar los pecados, requiriendo el ejercicio de este poder el conocimiento de la causa, es decir del estado del pecador, para así guardar la equidad en la imposición de las penas, y porque además la medicina no cura lo que ignora, lo que no podría hacer si los fieles declararan sus pecados en general y no uno por uno ( D 899).
La intención de Trento fue declarar que la postura protestante de rechazo de la confesión completa y detallada, está en contra de una tradición venerable de la Iglesia y de la voluntad de Cristo.
El cardenal Ratzinger, en su intervención ante el Sínodo de Obispos del 6-X-1983, tras recordar que el Concilio de Trento definió que es necesario iure divino confesar todos los pecados mortales para obtener su perdón ( D 907), afirma que el elemento de la confesión personal es intrínsecamente necesario, pues así lo expresa Trento. Por su parte los Obispos suizos en sus Anotaciones al Ritual de la Penitencia nos dicen por qué hay que confesar los pecados mortales, incluso ya perdonados, pero confesados:
"La obligación, incluso tras la recepción de la absolución general sacramental, de confesar los pecados graves en confesión individual, tiene un sentido muy profundo. Como se trata de la nueva reconciliación de un penitente, que por su comportamiento se ha separado de la Iglesia, se le exige, según la práctica apostólica y la costumbre hasta ahora ininterrumpida de la Iglesia, una confesión ante el sacerdote. Al presentarse el pecador ante el representante autorizado de la Iglesia, da a su deseo de conversión, una expresión especialmente manifiesta y clara. Por otra parte, este paso le ayuda a distanciarse con decisión de la culpa y a profundizar su deseo de penitencia".
El problema que presenta JM lo responde expresamente Trento en el número 900 del Denzinger. Como manera de facilitarle la solución a su problema le digo que haga lo que hacen conmigo mis penitentes sordomudos. Me vienen con sus pecados escritos, los leo, les doy algún consejo, en este caso por escrito, y les devuelvo el papel para que lo destruyan.
Un cordial saludo
P. Pedro Trevijano, sacerdote
En mi artículo “Dimensión eclesial del sacramento de la penitencia” he recibido la siguiente pregunta u observación: Comentario de JM:
“No discuto que la Iglesia pueda regular la administración de este Sacramento, pero, por problemas serios de conciencia, hasta que la práctica de la celebración comunitaria del sacramento del perdón, con absolución general y sin confesión individual, no sea habitual o esté a mi alcance, seguiré pidiendo perdón a Dios en la Santa Misa. Tengo necesidad de encontrar a un sacerdote que me comprenda en este punto, pero para mí, confesarme es una fuente interminable de escrúpulos que me llevan a actitudes neuróticas. Cristo no puede querer eso. Un sacerdote, ante el que me reconozca pecador, arrepentido y con propósito de enmienda, estimo que, a ejemplo de Jesús, debería de absolverme. Estos días buscaré parroquias en que esto sea posible, si algunos las conoce en Barcelona, le agradecería mucho que me las indicase”
Evidentemente nos referimos al perdón de los pecados mortales, porque los veniales, según el Catecismo Astete se perdonan por múltiples causas, como oír Misa, comulgar, rezar el Padre Nuestro, oír sermón etc.
Para Trento, el sacramento se celebra de este modo: a) Acusación detallada, obligatoria y específica de todos los pecados mortales, recomen¬dándose la de los veniales; acusación hecha con verdadero arrepentimiento ante el sacerdote, ministro ordinario de este sacramento (Denzinger 899-900. Cito D); b) Absolu¬ción por el sacerdote, que reconcilia al penitente con Dios y consigo mismo D. 902); c) Satisfacción. Al penitente le permanece la obligación, tras la confesión, de hacer obras de penitencia para obtener la remisión de la pena temporal y perfeccionar su conversión (D 904-905).
Por su parte el Código de Derecho Canónico afirma:
"988 & 1. El fiel está obligado a confesar según su especie y número todos los pecados graves cometidos después del bautismo y aún no perdonados directamente por la potestad de las llaves de la Iglesia ni acusados en confesión individual, de los cuales tenga conciencia después de un examen diligente".
El fundamento escriturístico de la confesión íntegra de los pecados está en Sant 5,16; 1 Jn 1,9; Lc 17,14. Jesús confió a los sacerdotes (Mt 16,19; 18,18; Jn 20,23) el poder de perdonar los pecados, requiriendo el ejercicio de este poder el conocimiento de la causa, es decir del estado del pecador, para así guardar la equidad en la imposición de las penas, y porque además la medicina no cura lo que ignora, lo que no podría hacer si los fieles declararan sus pecados en general y no uno por uno ( D 899).
La intención de Trento fue declarar que la postura protestante de rechazo de la confesión completa y detallada, está en contra de una tradición venerable de la Iglesia y de la voluntad de Cristo.
El cardenal Ratzinger, en su intervención ante el Sínodo de Obispos del 6-X-1983, tras recordar que el Concilio de Trento definió que es necesario iure divino confesar todos los pecados mortales para obtener su perdón ( D 907), afirma que el elemento de la confesión personal es intrínsecamente necesario, pues así lo expresa Trento. Por su parte los Obispos suizos en sus Anotaciones al Ritual de la Penitencia nos dicen por qué hay que confesar los pecados mortales, incluso ya perdonados, pero confesados:
"La obligación, incluso tras la recepción de la absolución general sacramental, de confesar los pecados graves en confesión individual, tiene un sentido muy profundo. Como se trata de la nueva reconciliación de un penitente, que por su comportamiento se ha separado de la Iglesia, se le exige, según la práctica apostólica y la costumbre hasta ahora ininterrumpida de la Iglesia, una confesión ante el sacerdote. Al presentarse el pecador ante el representante autorizado de la Iglesia, da a su deseo de conversión, una expresión especialmente manifiesta y clara. Por otra parte, este paso le ayuda a distanciarse con decisión de la culpa y a profundizar su deseo de penitencia".
El problema que presenta JM lo responde expresamente Trento en el número 900 del Denzinger. Como manera de facilitarle la solución a su problema le digo que haga lo que hacen conmigo mis penitentes sordomudos. Me vienen con sus pecados escritos, los leo, les doy algún consejo, en este caso por escrito, y les devuelvo el papel para que lo destruyan.
Un cordial saludo
P. Pedro Trevijano, sacerdote
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)