domingo, 18 de septiembre de 2022

¿Por qué ir a Misa?

Llevo ya algún tiempo reflexionando sobre la relación entre la «sacramentalidad» de lo cristiano – es decir, la lógica según la cual lo invisible se comunica con nosotros a través de lo visible -, la Teología fundamental, que se ocupa de la revelación, de la fe, y de la credibilidad de ambas, y el culto cristiano. Dar razón de la fe, explicar la responsabilidad social de creer en Cristo, es algo así como justificar con motivos conformes a la razón el porqué de ir a Misa cada domingo. Yo ya estoy muy harto de la expresión «católico no practicante». No sé lo que significa. Como tampoco entiendo muy bien el significado de «padre que ama a sus hijos, pero que siempre está ausente» o «persona muy trabajadora, que no se ocupa de su tarea». En cierto modo somos lo que hacemos. O manifestamos nuestro ser en nuestras acciones. Claro, somos imperfectos. Tanto que hasta podemos caer en la contradicción suprema del pecado. Eso es, lamentablemente, verdad. Pero debemos intentar que el accidente no se convierta en sustancia. ¿Por qué ir a la iglesia, por qué rezar en la iglesia, por qué ir a Misa? Cito un texto de Joseph Ratzinger, de su estudio titulado «La fundamentación sacramental de la existencia cristiana» (en J. Ratzinger, «Obras completas XI. Teología de la liturgia», Madrid 2012, 139-152, 152): «orar en la Iglesia y en la cercanía del sacramento eucarístico es insertar nuestra relación con Dios en el misterio de la Iglesia como lugar concreto en el que Dios nos sale al encuentro. Y es este a fin de cuentas el sentido cabal de ir a la iglesia: la inserción de mi propio ser en la historia de Dios con los hombres, la única en la que yo en cuanto hombre tengo mi verdadera existencia humana, la única que me abre por tanto al verdadero lugar de mi encuentro con el amor eterno de Dios. Efectivamente, este amor […] busca al hombre todo, en el cuerpo de su historicidad, y le regala, en los signos sagrados de los sacramentos, una garantía de la respuesta divina en la que la pregunta abierta de la existencia humana alcanza su meta y su cumplimento». Si se trata de encontrarse con Dios, no hay que jugar a los dados, hay que obrar de modo prudente y razonable, atendiendo a nuestra propia constitución como seres humanos y a la historia de la relación que Dios ha querido establecer con nosotros. La fe no se puede separar de lo fáctico, pero no se reduce a lo fáctico: «La fe es una comprensión, y la comprensión trasciende siempre la pura facticidad», dice también Ratzinger en otro de sus estudios. ¿Por qué ir a Misa? Si le hacemos esta pregunta a Pierangelo Sequeri nos dirá que, si se trata de identificar el punto de apoyo de la fe, habrá que reconocerlo en la capacidad de constituirse, ese lugar, como presencia real del Señor. Ese lugar es la celebración de la Eucaristía: «la celebración de la Eucaristía asume el relieve del lugar sacramental paradigmático de la presencia del Señor. Y, consiguientemente, el valor de referente simbólico de la cualidad y de la autenticidad de la fe; como confesión de su verdad, como sello de su ordenamiento comunitario, como fundamento del ejercicio de la entrega, como principio de la communio fraterna, como criterio de la idoneidad testimonial» (P. Sequeri, «Il Dio affidabile. Saggio di Teologia fondamentale», Brescia 1996, 751). El sacramento de la Eucaristía y la vida cotidiana están estrechamente unidos. El rito ayuda a dar sentido a la vida cotidiana: «La forma de la palabra, el gesto de la comunión, la postura de la plegaria, la intención de la mirada, el ritmo de las secuencias de aproximación y distancia, las operaciones del lavar y del nutrirse, del iluminar o del resguardar, del acoger y del despedir, del tocar y del no tocar, aluden a las muchas figuras de la existencia cotidiana y de los sentidos que repetidamente entran en juego en ellas. Pero, los evocan de modo sintético, con cadencias no funcionales y con volúmenes rarificados: para que precisamente su sentido último y su fundamento originario vengan simbólicamente a la evidencia. Y en tal evidencia puedan mostrar su ligamen con el sentido último y el fundamento originario de la presencia de Dios en la vida cotidiana» (Ibid., 757). Un tercer teólogo, José Granados, explica que en los sacramentos tenemos la gramática de toda la transmisión del misterio. Los sacramentos establecen la atalaya desde donde estudiar la teología: «Su primera función, por tanto, no es la de ser vistos, sino la de enseñarnos a ver; y también: a escuchar, tocar, gustar, en cuanto el espacio sacramental acoge en sí a toda la persona, con todos sus sentidos. La teología, mientras está unida a los sacramentos, nunca será teología abstracta, sino un saber arraigado en el cuerpo, en el espacio comunitario donde se vive la historia salvífica» (J. Granados García, «Tratado general de los sacramentos», Madrid 2017, 7). Los sacramentos abren el espacio a la mirada o perspectiva sacramental que hace posible determinar la esencia de la fe. La nueva evangelización «requiere recuperar a un Dios que pueda ser tocado y gustado en la carne», dice José Granados. ¿Por qué ir a Misa? Porque la práctica sacramental abre espacios habitables donde Dios se manifiesta. La liturgia «no solo proporciona datos para conocer el dogma, sino que abre el ámbito donde acoger la revelación divina», dice Granados. Donde Dios se hace presente florece la vida. El obrar cristiano es inseparable del rito sacramental. El «haced esto en memoria mía» resuena en el rito y abarca la globalidad de la existencia. Alcanza, incluso, a la creación entera, que está llamada a ser transformada por medio de nosotros en una «nueva ciudad», en el espacio de la inhabitación del Dios viviente. La creación entera encuentra su finalidad en ser configurada por la Eucaristía. Guillermo Juan Morado. P.S.: He desarrollado estas ideas en G. Juan Morado, «La proximidad de Dios. Teología fundamental, sacramentalidad y culto», Compostellanum 67 (2022) 115-148.

domingo, 26 de enero de 2020

¿Podemos prescindir de Dios?

En mis Misas de cada día y ante la situación que estamos viviendo en España, hago en la oración de los fieles esta petición. «Por España, por su recristianización y unidad». Una Sociedad laica se puede entender de dos maneras; en una, el principio de laicidad conlleva el respeto de cualquier confesión religiosa por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades del culto, espirituales, culturales y caritativas de las diversas comunidades de creyentes, laicismo que evidentemente es absolutamente digno de respeto. Pero desgraciadamente también existe otro tipo de laicidad agresiva e intolerante, y así, no hace mucho leí a un destacado dirigente político esta frase: «Si avanza el laicismo, la sociedad avanza». De esta frase no es difícil deducir, como así sucede, un rechazo expreso y explícito de la Iglesia y de Dios, al que simplemente se le expulsa o se le declara «persona no grata» en la vida pública. No es que se declare la autonomía de la vida política, sino su absoluta y total independencia de Dios. Ahora bien, ¿cómo se entiende este tipo de laicismo?: Para el Diccionario de la Real Academia por laicismo se entiende la «doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa». Sobre este laicismo, el «Compendio de Doctrina Social de la Iglesia», en su número 572, nos dice: «Por desgracia todavía permanecen, también en las sociedades democráticas, expresiones de un laicismo intolerante, que obstaculizan todo tipo de relevancia política y cultural de la fe, buscando descalificar el compromiso social y político de los cristianos sólo porque éstos se reconocen en las verdades que la Iglesia enseña y obedecen al deber moral de ser coherentes con la propia conciencia; se llega incluso a la negación más radical de la misma ética natural». Pero es también muy peligroso otro tipo de laicismo no militante, de no querer problemas, de pasar de todo, de no comprometerse. Siempre he pensado en tantísimos alemanes, que no quisieron comprometerse, e intentaron pasar de la Política, pero la Política no pasó de ellos y vieron sus vidas arruinadas por el nazismo. En España nuestra Sociedad está pasando de Dios, y eso no es precisamente bueno. El relativismo, lo correcto políticamente, el marxismo, el comunismo y la ideología de género campan a sus anchas. Jesucristo ya nos advirtió: «Sin mí no podéis hacer nada»(Jn 15,5), y es que sin Dios no vamos a ninguna parte, y estamos empeñados en prescindir de Dios. No nos olvidemos, como nos recordaba el Parlamento europeo el 13 de Septiembre del 2019 con una mayoría de más del ochenta por ciento que nazismo y comunismo son dos ideología criminales y totalitarias, causantes de muchos millones de muertos en el siglo pasado. San Pablo nos recuerda que quien prescinde de Dios, cae en toda clase de aberraciones (cf. Rom 1,18-32). No olvidemos que «la miseria más peligrosa, causa de todas las demás: (es) la lejanía de Dios, la presunción de poder prescindir de Él» (Papa Francisco, 20-12-2014). Pío XI en su Encíclica de 1937 contra los nazis alemanes «Mit brennender Sorgde» dijo estas palabras, entonces proféticas, hoy descripción de una realidad: «34. Sobre la fe en Dios, genuina y pura, se funda la moralidad del género humano. Todos los intentos de separar la doctrina del orden moral de la base granítica de la fe, para reconstruirla sobre la arena movediza de normas humanas, conducen, pronto o tarde, a los individuos y a las naciones a la decadencia moral. El necio que dice en su corazón: No hay Dios, se encamina a la corrupción moral (Sal 13[14],1). Y estos necios, que presumen separar la moral de la religión, constituyen hoy legión. No se percatan, o no quieren percatarse, de que, el desterrar de las escuelas y de la educación la enseñanza confesional, o sea, la noción clara y precisa del cristianismo, impidiéndola contribuir a la formación de la sociedad y de la vida pública, es caminar al empobrecimiento y decadencia moral». Mucho me temo que socialistas y comunistas nos quieren llevar en esa dirección. ¿Cómo salir del atolladero?. Por de pronto creo en el valor de la oración y en la receta que San Juan XXIII y Santa Teresa de Calcuta dieron a dos personas que se les quejaban de lo mal que estaba el mundo: «Tiene Vd. razón, pero vamos a hacer una cosa para mejorar el mundo. Vd. y yo vamos a ser dos buenas personas. Así habrá dos sinvergüenzas menos». Y cuando nos sintamos muy descorazonados recordemos no sólo la Pasión de Cristo, sino que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Pedro Trevijano pbro.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Medjugorje y los médicos abortistas ucranianos

Cuando voy a Medjugorje me hospedo en el castillo de Patrick y Nancy, un matrimonio que desde hace ya bastantes años ha dedicado y consagrado su vida a la Virgen. Patrick es muy conocido allí por el testimonio de su conversión del que él culpa, en el mejor sentido de la palabra, a su madre, que rezaba todos días el rosario durante treinta y seis años por la conversión de su hijo. La tarea de la Iglesia de ayudar a gente con problemas es inmensa. Pero me asombró saber que hay una institución ucraniana, llamada Cáliz de Misericordia, cuya tarea es ayudar a los médicos abortistas de ese país, a fin que abandonen las prácticas abortistas. Ya el año pasado me impactó bastante el saber que la que había sido mi cama iba ser ocupada esa misma noche por un médico o médica abortista. Esta tarea se realiza en una doble dimensión: de prevención y de rescate. En mi estancia en Medjugorje coincidí con un grupo de chicos y chicas que se estaban preparando para ser médicos internistas. A éstos y a los adultos, unos días más tarde, con experiencia de abortos, se les invita a pasar unos días gratis con un día en la playa en la ida y otro en la vuelta. En medio reciben tres días de charlas sobre su profesión, insistiendo en el valor del amor y de la vida, pues la formación que reciben en su país es puramente abortista, materialista y atea. Uno se pregunta cómo es posible que un cursillo tan corto pueda tener algún éxito. Pero la respuesta a esto está en manos de Dios y de la Virgen. Ya el año pasado me contaron que en el primer grupo que vino la jefa del grupo dijo a sus colegas: «Hoy, subiendo al monte del Vía Crucis, el más alto de los dos junto a Medjugorje, he tenido la impresión que cada vez que pisaba una piedra estábamos pisando el cráneo o los huesos de los niños que hemos matado. Me contaron también otro caso reciente: una pareja de médicos abortistas con un hijo enfermo. Ambos pararon de hacer abortos y el niño empezó a mejorar. Este año esperaban un grupo de cuarenta y cinco personas. Algunos eran médicos ya convertidos, que vienen naturalmente a echar una mano. Se les recomienda que venga cada uno con su pareja, porque, al parecer, es más fácil la conversión de ambos que la de una persona aislada. Alguien me dijo que por cada médico que se convierte, son por lo menos mil abortos menos. Es indudable que es una intención que he tenido y sigo teniendo muy presente en mis oraciones. Pero desgraciadamente todo esto no deja de ser una gota de agua en el inmenso genocidio del aborto. Como sacerdote, y me parece lógico dado el elevado número de abortos, es un drama que cada vez me llega con más frecuencia. Es ante todo una solución desastrosa, con gravísimos traumas psíquicos y morales, que van haciéndose mayores con el paso de los años, y que por supuesto no cura ninguna enfermedad, sino más bien las origina o agrava, al ser un acto contra el instinto natural de ser madre. Nuestros actos son a menudo irreversibles y sus consecuencias están con frecuencia fuera de nuestro alcance. Las mujeres deben ser informadas de las secuelas y repercusiones del aborto, porque les hiere en lo más profundo del ser, destroza literalmente sus vidas, ya que matar a un hijo o a un ser humano inocente, no sólo significa la muerte de éste, sino que conlleva un sentimiento de culpa, por lo que sufren graves depresiones, autorreproches, remordimientos, insomnio, pesadillas y trastornos de conducta como la promiscuidad o el alcoholismo, quedando con frecuencia marcadas con un síndrome postaborto, que se presenta antes o después a lo largo de la vida, independientemente de ideologías o creencias, y se expresa con problemas graves de personalidad, inestabilidad emocional, agresividad contra el médico que les ha inducido y a quien no quieren volver a ver, o contra el marido o compañero con un número muy elevado de separaciones y divorcios, pues se quejan, en la inmensa mayoría de los casos con razón, de no haber recibido información veraz y completa acerca de las consecuencias físicas, y sobre todo psicológicas, que ese aborto tendría para ellas el resto de sus vidas, y es que es más fácil sacar al niño del seno de su madre que de su pensamiento. Es obvio que casi toda mujer que aborta queda profundamente afectada por ello, aunque no quiera o no pueda reconocerlo. Desde el punto de vista de la mujer, el aborto es un acto que va totalmente en contra de sus instintos más profundos, y es que el problema no es ser madre o no serlo, sino ser madre de un hijo vivo o de un hijo muerto. Tener un bebé nunca, nunca, será tan duro a la larga como tomar la decisión de no tenerlo, no curando el tiempo el problema, sino por el contrario, agravándolo, pues a medida que pasan los años, el aborto se hace cada vez más presente. Por todo ello, es muy importante no sólo el perdón sacramental, sino perdonarse a sí misma, pedir perdón al hijo o hijos que han matado y perdonar también, como nos enseña el Padre Nuestro, a las personas que le han inducido a él. Pedro Trevijano Etcheverria

martes, 6 de agosto de 2019

Cuando prescindimos de Dios

Cuando prescindimos de Dios Recuerdo que mi padre nos decía muchas veces: «por los hijos hay que sacrificarse». Pero me temo que muchos padres de eso no se han enterado, y luego lamentan las consecuencias. El pasado 29 de Julio, ABC publicaba en su portada la siguiente noticia: «La muerte de cuatro jóvenes en un accidente en el que el conductor consumió alcohol y drogas pone en cuestión el modelo de ocio nocturno: el 53 % de los fallecimientos tienen lugar entre las seis y las nueve de la mañana». Cuando uno lee una noticia de este tipo, uno no puede por menos de pensar: algo no funciona en la educación que estamos dando a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Pero ¿el qué? Desgraciadamente hay muchos de ellos que no logran tener una evolución adecuada y se convierten en personas inmaduras. Suelen ser signos de esto el desfase entre la edad cronológica y la edad mental, la falta de madurez intelectual, la inestabilidad emocional y afectiva, la escasa responsabilidad con falta de fuerza de voluntad y ausencia de claros criterios éticos, la mala percepción de la realidad, el rehuir el enfrentarse consigo mismo y la ausencia de un proyecto de vida que les hace vivir tan solo el momento presente sin visión del medio y largo plazo. Todo esto les lleva a ser volubles, ligeros, inconstantes, superficiales y carentes de espíritu crítico. Además, a veces encontramos en la adolescencia perturbaciones muy graves, como cuando en la escuela una minoría de sujetos indisciplinados rechazan la educación en sí misma e intentan imponer la violencia con sus actitudes agresivas que impiden la convivencia y la buena marcha de la clase. Un conocido juez, don Emilio Calatayud, nos da esta fórmula para formar delincuentes: «Comience dando a su hijo todo lo que le pida, no le dé educación espiritual, ríase cuando diga palabrotas, no le regañe nunca y póngase de su parte en los conflictos con sus profesores». Esto se da con más frecuencia en hijos de familias desestructuradas, especialmente si son de casi imposible reinserción social o totalmente marginadas, pues los hijos necesitan no sólo que les quieran, sino también que los padres se quieran entre sí. La despreocupación de los padres por la educación de los hijos, el concebir la libertad como ausencia de limitaciones y prohibiciones, una educación errónea que da todo a los hijos con lo que pierden el sentido del esfuerzo y del trabajo, la ruptura de la vida familiar, el mismo cuestionamiento de la institución familiar, pero sobre todo la carencia de afecto y el vacío religioso y moral en que viven no pocos alumnos, son elementos que originan estas conductas y dificultan la acción escolar, sin olvidar las culpas propias de la escuela y de los planes de enseñanza. Estos chavales desmotivados, sin una conveniente educación, son también los más propicios a buscar sensaciones fuertes como el transgredir normas y consumir drogas. Pero a mí lo que me aterra no es sólo que nuestros chavales muchas veces sean así, sino el cómo se ha llegado a esto y lo nada que se hace para corregir esta situación, mientras en realidad lo que se intenta es agravarla. Muchos se han olvidado que el fin de la educación es enseñar a amar, mientras que lo que realmente se intenta es simplemente disfrutar de nuestros instintos, destruir la familia y las referencias educativas que ayuden a madurar a las personas. Para empezar, nuestra Sociedad se siente muy orgullosa de prescindir de Dios. Incluso en las fiestas de Navidad, nuestra Sociedad procura que sean unas grandes fiestas, pero se desea que Jesucristo esté totalmente ausente, y si en la vida pública haces mención de Cristo o de los valores cristianos, te cae rápidamente el apodo de facha, y ante eso hay muchísima gente que, en vez de no arrugarse y confesarse abiertamente como cristianos, se deja intimidar y renuncia a sus valores, porque lo que verdaderamente le importa es no meterse en líos y poder pedir otra de gambas. Y así vemos como nuestros políticos, de los que a veces me pregunto si tienen hijos, votan por unanimidad con gran frecuencia la diabólica ideología de género con sus consecuencias de promiscuidad y hedonismo en grado sumo, lo que indudablemente no ayuda a tener fuerza de voluntad. Pero para qué voy yo, padre de familia, a ir a la Iglesia el domingo o rezar en casa, con lo aburrido que es el sacrificarse por los hijos. Para reaccionar ante esto es necesario un renacimiento de la disciplina moral y espiritual y un esfuerzo resuelto y diligente por parte de los cristianos por comprender y defender la cultura cristiana. Recuerdo que mi padre nos decía muchas veces: «por los hijos hay que sacrificarse». Pero me temo que muchos padres de eso no se han enterado, y luego lamentan las consecuencias. Pedro Trevijano. sacerdote

lunes, 3 de junio de 2019

Medicina, Depresiones y Posesión Diabólica

La relación entre psiquiatras y exorcistas debe hacer ante todo que cada uno permanezca en su campo. Los poseídos, generalmente van primero al médico, luego tal vez al mago, y sólo después, descubren que deben consultar su caso con el exorcista. Ante todo hemos de decir que ante cualquier problema, hemos de buscar ante todo la explicación natural. Si ésta existe, no hay que darle más vueltas. Recuerdo que hará unos cuarenta años le pregunté a un Vicario Episcopal de Madrid: «¿qué hacéis ante un endemoniado?» Su respuesta fue: «Muy sencillo, lo mandamos al psiquiatra». Hoy, ante la descristianización no sólo en nuestro país, sino en toda Europa, estoy seguro que no recibiría esta respuesta, pues todas las grandes diócesis tienen no sólo uno, aparte del Obispo, sino varios exorcistas. Pero es indiscutible que nuestra Sociedad se está descristianizando, porque falta fe y falta vida cristiana, lo que supone que, como el ser humano necesita creer en algo, la disminución de la fe va acompañada del aumento de la superstición, lo que a su vez, supone dejar el camino expedito a Satanás. Y que éste existe, recordemos como en los evangelios se nos dice que una de las actividades principales de Cristo fue echar demonios. La Iglesia condena la superstición como «desviación del culto que debemos al verdadero Dios, loa cual conduce a la idolatría y a distintas formas de adivinación y de magia» (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2138). Brujos, magos, echadores de cartas, espiritistas y en general el ocultismo son prácticas de las que el demonio con frecuencia se sirve. Podemos decir que éste es el pronunciamiento oficial de la Iglesia sobre estas cuestiones. Deuteronomio 18,10-14 condena enérgicamente y califica de abominaciones a estas prácticas, mientras Jeremías 29,8 califica de mentirosos a los profetas y adivinos no enviados por Dios. Y es que en estas cuestiones es muy fácil que nos encontremos con intervenciones diabólicas o, seguramente todavía con mucha más frecuencia, con fraudes. Por ello, a pesar de que las posesiones diabólicas realmente existen, no hay por qué creer fácilmente en ellas. Ante todo cuando se manifiestan señales que nos hacen pensar que estamos ante una posesión diabólica, hay que ir al psiquiatra, porque sólo raras veces el mal o la enfermedad son de origen diabólico. El recurso al exorcista debe suceder sólo en segunda instancia. Por supuesto que la relación entre psiquiatras y sacerdotes no debe reducirse a los presuntos o reales casos de posesión. Aunque creo que nunca me he enfrentado directamente con un caso de posesión diabólica, aunque sí las he presenciado, más de una vez he recomendado al penitente la visita al psicólogo o psiquiatra, convencido que eran más bien casos de la incumbencia de éstos, pero también he recibido personas a los que estos profesionales han llegado a la conclusión que se trataba de un problema de índole espiritual y por tanto el sacerdote podía hacer más que ellos. La relación entre psiquiatras y exorcistas debe hacer ante todo que cada uno permanezca en su campo. Los poseídos, generalmente van primero al médico, luego tal vez al mago, y sólo después, descubren que deben consultar su caso con el exorcista. Éste, normalmente, sólo haciendo el exorcismo se da cuenta sobre si es un caso o no de verdadera posesión. Con frecuencia es la conducta del poseído, como reacciones muy violentas ante cualquier oración, u otros fenómenos, como la posesión de una fuerza extraordinaria, las que permiten darse cuenta de la realidad de la posesión. Pero no hay que olvidar que hoy en día hay muchas enfermedades de tipo espiritual que son simplemente eso, enfermedades. En muchos casos puede tratarse de enfermedades que la ciencia médica no está en condiciones de diagnosticar y curar, pero ello no significa que provengan del maligno. En otros, en cambio, puede tratarse de posesiones que permanecen ocultas. Así una de las enfermedades psíquicas hoy más corrientes, las depresiones, son en la inmensa mayoría de los casos, males naturales, lo que no significa que la oración no pueda ser un método muy eficaz de lucha contra ella y de hecho muchos psiquiatras reconocen que es más fácil curar a un creyente que a un ateo. Y es que, a menudo, su causa proviene de la falta de fe en Dios o de la carencia de ideales o de encontrar sentido a la vida, por lo que aunque no podemos afirmar que la causa sea directamente el demonio, sí puede haber influjo suyo. En este tipo de enfermedades, es indudable que el ser creyente, puede ser y es una gran ayuda en el tratamiento. Pedro Trevijano, sacerdote

miércoles, 17 de abril de 2019

¿Se puede ser buena persona sin ir a Misa?

¿Se puede ser buena persona sin ir a Misa? Como todas las medias verdades se trata de una afirmación peligrosa por lo fácil que es que induzca a error. Pedro Trevijano Etcheverria – 20/02/19 12:59 PM A lo largo de mi vida me he quedado un poco, o más bien, un mucho harto de oír frases como: «se puede ser buena persona sin ir a Misa y muchos de los que van a Misa no son precisamente buenas personas ni dan precisamente un buen ejemplo». Como todas las medias verdades se trata de una afirmación peligrosa por lo fácil que es que induzca a error. Ante todo hemos de afirmar que se puede ser buena persona y no ser cristiano. Todos conocemos a personas honradas e íntegras que no son cristianos, aparte que no debemos ni podemos juzgar a los demás. Pero tampoco los creyentes debemos andar con complejos de inferioridad. Cuando se compara creyentes con ateos debemos distinguir dos campos distintos: el campo de las ideas y el campo de la práctica. Y creo que en ambos la superioridad de los creyentes roza la evidencia. Ninguna doctrina religiosa ni política alcanza la perfección de la doctrina cristiana, que, al fin y al cabo, ha sido fundada por Cristo, que es Dios hecho hombre. Para la doctrina cristiana el motor que ha de mover la Sociedad es el amor. Cuando le preguntan a Jesús que cuál es el mandamiento principal respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Ester mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,38-39). No nos olvidemos que Dios es Amor (cf. 1 Ju 4,8 y 16) y que es el amor el que da sentido a nuestra existencia amenazada por el mal. El amor es por tanto el motor que debe mover la vida cristiana. Como nos dice San Juan de la Cruz: «al final de tu vida te examinarán del amor». Y para hacer el Bien, que es la consecuencia del amor, contamos con la ayuda inestimable de la gracia de Dios y de los sacramentos, lugares privilegiados de nuestro encuentro con Dios, en especial los de la Penitencia, que nos ayuda a corregirnos de nuestras desviaciones, y el de la Eucaristía, que es por excelencia el sacramento del amor. En cambio, en las ideologías no creyentes lo que prima es la no aceptación de Dios, sea por un rechazo abierto, sea por prescindir de Él. Esta no aceptación hace que no sea el amor lo que motiva la acción social, sino que por el contrario sus motores son las luchas fratricidas y el odio. Así la lucha de clases en el marxismo, la racial en el nazismo, la de sexos en la ideología de género, y en el relativismo la no distinción entre Bien y Mal, entre Verdad y Mentira, pues lo que hoy puede ser un crimen, mañana puede ser un derecho, como ya ha sucedido con el aborto y la eutanasia, y es que el amor siempre es superior al odio. Además al no aceptar el pecado original y la inclinación al mal existente en el hombre, tratan de edificar la Sociedad sobre un ser humano que no existe, lo que hace que esa construcción se realice sobre pilares falsos abocados a la ruina, como lo prueban los millones y millones de personas asesinadas o con las vidas destrozadas como consecuencia de estas ideologías. Y si nos vamos al campo de la acción práctica, la superioridad de los creyentes es clara. La inmensa mayoría de las obras sociales son de instituciones religiosas o de creyentes, y es que la entrega de una persona que actúa por amor a Dios es muy superior a la de la que actúa por motivos simplemente humanistas. Esto se ve claro en momentos de persecución; mientras la gran mayoría de las ONG desparecen, se quedan allí sólo los misioneros y misioneras. E incluso en nuestros países la gran mayoría de instituciones sociales son de la Iglesia. Recuerdo que en cierta ocasión en una charla, alguien preguntó: «¿Qué hace la Iglesia por los pobres?» Recuerdo le respondí con otra pregunta para él y todo el público: «Cítenme alguien que haga más por los pobres que la Iglesia Católica». Un silencio clamoroso fue la respuesta. Pero incluso a la hora de hacer el mal creo lo hacemos mucho menos. Supongo se me recordará la Inquisición, las Cruzadas y la pedofilia. Sobre ésta, no hace mucho oí el siguiente dato: de más de cuarenta y cinco mil casos de abuso sexual que hasta Octubre hubo en España, sólo treinta y tres afectaban a sacerdotes, aunque estoy de acuerdo que uno solo ya es mucho. Por el contrario los no creyentes tienen las manos mucho más manchadas de sangre que nosotros y a la hora de robar, véase lo sucedido en Andalucía, son unos campeones. La sabiduría popular lo expresa en este refrán: «delante de la casa del creyente no dejes trigo, delante de la del no creyente ni el trigo ni la cebada». Pedro Trevijano

Paseando por el Cielo

Después de 2000 años Jesús sigue vivo y muy activo entre nosotros. ¿Quién lo cree hoy? ¿Qué cabeza pensante del siglo XXI es capaz de asumirlo? ¡Está vivo en un pequeño trozo de pan consagrado! Es el mismo que andaba por Galilea… ¡No hay diferencia! Suena a locura, ¿verdad? El hombre contemporáneo desea probarlo todo, y si no halla respuesta en el laboratorio, echa por tierra la fe de un plumazo. Entonces llama ingenuo medieval al creyente. A través de las páginas de este libro, María Vallejo-Nágera nos sorprende con relatos reales y extraordinarios que tienen como eje la adoración eucarística, donde los protagonistas –entre los que se encuentra la propia autora– son buscados y sorprendidos por Jesús-Eucaristía. Todas estas experiencias son avaladas por el ejemplo de los santos a lo largo de los tiempos cuya vida estuvo centrada en este misterio del que se alimentaron. En Paseando por el Cielo descubriremos cómo los creyentes tenemos en la custodia un anticipo del Cielo donde podemos encontrar consuelo y buscar respuesta a nuestros interrogantes. Con un estilo ágil, ameno y divertido, a través de testimonios personales compartidos con ella, la autora –como ya hizo en De María a María –, vuelve cautivarnos acercándonos el Cielo a la tierra, iluminándonos con una luz que proviene del sagrario. MARÍA VALLEJO-NÁGERA