Se llamaba Flavia y era una joven escultural. Vestía sus dieciocho años con escasez y atrevimiento. Sabía del tirón de su cuerpo e intentaba enjaretarme como un camafeo. Conquistar a un muchacho inexperto era pan comido para aquella chica vivaz. Con mis veintidós años creí que aquella morenaza era el amor de mi vida. Mi cuerpo la retrataba con toda clase de aceleraciones. Enorme era el esfuerzo para no ceder a la gula de devorarla.
Fue mi primer enamoramiento, si así puede llamarse aquella fiebre primera. Veía por sus ojos, la defendía, la valoraba, a pesar de su superficialidad. Su coquetería la hacía acortar sus faldas al ritmo que abría sus escotes. Se mostraba segura, atrevida y dominante. Yo le seguía como un pelele embrujado. Pero me resistía a viajar sus valles y colinas con la premura que los hervores de mi cuerpo solicitaban. Al fin y al cabo yo era un joven de principios y los efluvios íntimos debían quedar para después del matrimonio.
Poco a poco me fui dando cuenta que tenía fiebre, fiebre Flavia. Recordé que la responsabilidad y el respeto son previos a toda expresión corporal. Aunque ella desease ser explorada, yo debía ser responsable, respetuoso, humano, no caer en aquel empuje animal que me arrastraba hacia la hembra fácil. Por fin comprendí que aquello no era amor sino pura atracción física, mera necesidad evacuatoria e irracional animalidad.
Después llegó Alba. Su dulzura azul y su melena rubia me cautivaron desde el primer momento. No sé qué me gustaba más si la suavidad de su voz o su mirada embriagadora. No era jovencísima, ni atrevida, ni escultural, pero embelesaba mis sentidos. Su elegancia, su tono de voz, su melena cuidadosamente peinada, sus tacones, sus selectos adornos y vestidos, hasta su perfume y su cadencia al andar me cautivaban. Sus caricias y arrullos me hacían flotar como una nube.
Con algunos años más y la discreción de Alba era más fácil mantener el instinto varonil en segundo plano. Mi sensibilidad se sentía confortable, nada en ella chirriaba. Hablábamos del tiempo, del trabajo, de la moda o el cine sin concordancias esenciales, sin más profundidad. Pero aquella golosina me hacía sentirme orgulloso y cómodo. Otra vez me sentí perdidamente enamorado. Ésta sí es -me dije- porque me siento volar cuando la miro, la huelo o la sueño. No tiene nada de buscona y su presencia es suave como una pluma. Es lo más parecido a la princesa de mis fantasías infantiles y juveniles.
Un día leí que el enamoramiento sensible es perecedero, que sólo el amor profundo es durable y éste sólo se da cuando hay admiración de las cualidades profundas del otro. Me pregunté qué cualidades eran las que yo admiraba en Alba. Las pude nombrar pero, honradamente, tuve que reconocer que eran cualidades periféricas, nada esencial. Caí en que yo era como un caracol, egocéntricamente instalado en el caparazón sensible que aquella rubia me proporcionaba. En realidad la deglutía, la saboreaba, la disfrutaba desde mi sensibilidad, pero no la admiraba profundamente, es decir, no la amaba. Quizás por eso, subconscientemente, había estado eludiendo hablar de boda.
Como nunca he transigido con la falsedad, el reconocer mi verdad me ayudó a tomar distancia, a darme cuenta que otras muchas mujeres me atraían sensiblemente por el mero hecho de ser femeninas. No quise engañarme y seguí buscando la mujer de mi vida, la que de verdad estuviera creada para mí. Yo aspiraba a un amor sin fecha de caducidad. Eso me ayudó muchísimo a ser paciente y proseguir mi búsqueda por el camino de la soledad. No sin sudor, no sin esfuerzo. Pero crecí en madurez, en reciedumbre, en humanidad.
Cuando menos lo esperaba, vencida ya la treintena y metido en la tensa rutina del tráfico laboral, conocí a Luz Marina. Al principio sólo me llamó la atención su rostro, luminoso como su nombre, sin más adorno que su sonrisa. Vestía correctamente, sin exuberancias ni estridencias; su estatura era normal, su porte discreto y su personalidad sencilla, como si pasase por la vida de puntillas para no molestar a nadie. Las primeras conversaciones me fueron desvelando que tras aquellos ojos claros, de color aceite virgen, se escondía una auténtica mujer y una persona cálida, dialogante, alegre, acogedora y honesta. Nada en ella era mentira, no tenía un atisbo de manipuladora coquetería y su cercanía nunca era provocación. A veces se ocultaba tras una fina gasa de espontanea timidez.
Empecé a sentirme lleno de admiración ante aquella mujer, más joven que yo, pero con un aplomo y serenidad envidiables. Sabía escuchar con atención e interés todos los problemas del mundo, sobre todo las confidencias personales, pero nunca caía en el juicio o la maledicencia. Su intuición y comprensión me sorprendían. Apenas le contaba algo, ya había captado su trasfondo. Su dulzura y serenidad me calmaban con su sola presencia, siempre próxima, siempre atenta y servicial. Era como un amigo, como un tesoro vivo y femenino. Sin apenas darme cuenta, sin exageradas atracciones físicas ni apasionamientos deslizantes, me encontré un día amando a aquella mujer desde la hondonada de mi ser. Se me había filtrado hasta el fondo, como nieve en un ventisquero. Fue entonces cuando le dije aquel piropo que me nació como un géiser: “Quiero que tú seas tú, aunque no sea conmigo”. Y aquel otro que hurté a Pedro Salinas: “Quisiera sacar de ti tu mejor tú”.
Tuve la sensación de estar enamorado de una forma nueva, más volcado en ella que en mí mismo. Sentí que aquello era más que atracción física o sensibilidad. Descubrí que había una complementariedad, unas diferencias y unas igualdades, que me hacían verla como mi perfecto engranaje. Mis aspiraciones profundas crecían en su presencia y las suyas me entusiasmaban. Un día me sorprendí confesando: “Tú consigues que yo quiera ser mejor y no deje de intentarlo”.
Después descubrí que había reciprocidad, que aquella mujer estaba anudada a mi alma y compartía mis horizontes interiores. Así que terminé casándome con Luz Marina para toda la vida, seguro de que aquello hondo que yo sentía era amor eterno. Tuve la certeza de que los enamoramientos pasados no habían sido amor, sino pura atracción de la piel, puro sarampión de la sensibilidad, tan fugaz como el fuego fatuo.
Al final me di cuenta que el amor verdadero está hecho de admiración profunda y no sólo epidérmica, que tras esa admiración hay entrega total, altruista, sin restos de egoísmo. Cuando el bien del otro te embriaga de tal manera que lo prefieres al tuyo propio, entonces puede decirse que amas de verdad.
Jairo del Agua
martes, 24 de agosto de 2010
lunes, 23 de agosto de 2010
De niño malo de Hollywood a devoto católico en Hollywood
Se suele decir aquello de “arrepentidos los quiere el Señor” y es cierto. Arrepentidos nos quiere Dios a los que somos pecadores, que somos la mayoría de los mortales, incluidos los católicos. Casos ejemplares de fieles que hayan conservado hasta la muerte la inocencia bautismal los ha habido en la historia y algunos los conocemos: Ese fue el caso de San Luis Gonzaga, del cual en el proceso de Canonización se vino a probar -por cuanto se puede probar algo así en un proceso- que nunca había pecado mortalmente, lo cual tiene su mérito por la familia tan poco ejemplar de la que procedía. También se habla de la inocencia bautismal de San Felipe Neri, al cual, a pesar de haber muerto muy anciano, se le representa en los cuadros con el lirio de la pureza. Y de otros santos se cuenta lo mismo.
Pero a la mayoría de los mortales se nos puede aplicar lo que dice la oración colecta de la Misa de la fiesta del citado San Luis Gonzaga, en la que se pide que los que no le hemos imitado en su inocencia por lo menos le imitemos en su penitencia. Por cierto, que penitencia hizo mucha el buen san Luis, empezando por aguantar a los compañeros de noviciado. No en vano, a otro virtuoso novicio jesuita, San Juan Berchmans, se le atribuye la frase de “mi máxima penitencia es la vida en común”…
Dejando a los novicios jesuitas y volviendo al arrepentimiento, no sé si habrá hecho mucha o poca penitencia el actor al que se refiere este artículo, pero lo cierto es que ha cambiado de vida y mucho. Se trata de Mark Wahlberg, actor de moda, que se encuentra en Australia promocionando su última película. Le han preguntado los periodistas sobre su vida cotidiana y ha explicado que, entre otras cosas, cada día va a Misa o por lo menos visita la iglesia para rezar. Precisamente esa pregunta se la hicieron cuando salía de rezar con su mujer en la Catedral de Santa María, en Sydney, y dijo: "Amo ir a la iglesia, lo hago cada día". Lo cual, para un actor de Hollywood no está mal, pero para Mark Walhberg es una cosa admirable.
Quién le ha visto y quién le ve (quien le quiera ver cómo era solo tiene que mirar en Google). Nacido en Boston en una familia católica, ha pasado por todo tipo de cosas: Drogadicto y asiduo en las comisarías, con gran disgusto de sus padres, después músico rapero y macarra, para pasar a ser actor erótico, modelo de ropa interior para Calvin Klein y por ello icono para el mundo gay americano, etc. Pero, lo dicho, arrepentidos los quiere el Señor, y a Mark Wahlberg le llegó la hora de cambiar, concretamente el pasar por la cárcel por haber herido a un compañero le ayudó a reflexionar, pero el momento definitivo fue el conocer a la despampanante top-model americana Rhea Durham.
Para que se vea cómo las apariencias engañan, Mark se acercó a ella atraído por su aspecto físico y con más ganas de sexo que otra cosa, como él mismo cuenta. Pero se encontró con una mujer con las ideas claras de los que quería en la vida y, encontrándola él encontró también el sentido común y, años después, la vuelta a la fe de su infancia. No tuvieron sexo a la primera de cambio, sigue contando él, ella supo hacerse valer aunque luego convivieron juntos, pero por lo menos la vida de él iba cambiando. Acabaron casándose por la iglesia cuando ya tenían tres hijos, ahora tienen cuatro. Pero es interesante ver la progresión en el cambio de vida: Desde que empezó a salir con la que ahora es su mujer, Mark se negó a volver a posar en paños menores y ha rechazado todas las películas que le han ofrecido con escenas subidas de tono. Por último, ha sido recientemente cuando ha empezado a frecuentar asiduamente la Iglesia, como decíamos al principio.
Para el actor, ahora la fe es “consuelo, sentido, todo” y por ella reconoce que se ha arrepentido de haber herido a muchas personas en su vida, “a quienes he pedido frecuentemente me perdonen”. Asegura que quiere ayudar a los jóvenes “para que no recorran el camino que recorrí yo durante mi juventud”, a través de su fundación The Mark Wahlberg Youth Foundation.
La fortuna le ha sonreído a Mark Wahlberg, ya ha sido nominado para un oscar y los contratos le han llovido, realmente los niños le han venido con un pan debajo del brazo. Su matrimonio es uno de los más famosos de Hollywood y todos se hacen voces de la felicidad de esta joven pareja, que ojalá les dure. Lo más importante es que el actor, que antaño fue modelo por su apariencia externa, con el paso de los años y la ayuda de su mujer ahora se ha convertido en modelo por su vida familiar y su testimonio de creyente, convencido y serio, nada mojigato, en el mundo de la farándula hollywoodiense. No está mal.
Alberto Royo Mejia
Pero a la mayoría de los mortales se nos puede aplicar lo que dice la oración colecta de la Misa de la fiesta del citado San Luis Gonzaga, en la que se pide que los que no le hemos imitado en su inocencia por lo menos le imitemos en su penitencia. Por cierto, que penitencia hizo mucha el buen san Luis, empezando por aguantar a los compañeros de noviciado. No en vano, a otro virtuoso novicio jesuita, San Juan Berchmans, se le atribuye la frase de “mi máxima penitencia es la vida en común”…
Dejando a los novicios jesuitas y volviendo al arrepentimiento, no sé si habrá hecho mucha o poca penitencia el actor al que se refiere este artículo, pero lo cierto es que ha cambiado de vida y mucho. Se trata de Mark Wahlberg, actor de moda, que se encuentra en Australia promocionando su última película. Le han preguntado los periodistas sobre su vida cotidiana y ha explicado que, entre otras cosas, cada día va a Misa o por lo menos visita la iglesia para rezar. Precisamente esa pregunta se la hicieron cuando salía de rezar con su mujer en la Catedral de Santa María, en Sydney, y dijo: "Amo ir a la iglesia, lo hago cada día". Lo cual, para un actor de Hollywood no está mal, pero para Mark Walhberg es una cosa admirable.
Quién le ha visto y quién le ve (quien le quiera ver cómo era solo tiene que mirar en Google). Nacido en Boston en una familia católica, ha pasado por todo tipo de cosas: Drogadicto y asiduo en las comisarías, con gran disgusto de sus padres, después músico rapero y macarra, para pasar a ser actor erótico, modelo de ropa interior para Calvin Klein y por ello icono para el mundo gay americano, etc. Pero, lo dicho, arrepentidos los quiere el Señor, y a Mark Wahlberg le llegó la hora de cambiar, concretamente el pasar por la cárcel por haber herido a un compañero le ayudó a reflexionar, pero el momento definitivo fue el conocer a la despampanante top-model americana Rhea Durham.
Para que se vea cómo las apariencias engañan, Mark se acercó a ella atraído por su aspecto físico y con más ganas de sexo que otra cosa, como él mismo cuenta. Pero se encontró con una mujer con las ideas claras de los que quería en la vida y, encontrándola él encontró también el sentido común y, años después, la vuelta a la fe de su infancia. No tuvieron sexo a la primera de cambio, sigue contando él, ella supo hacerse valer aunque luego convivieron juntos, pero por lo menos la vida de él iba cambiando. Acabaron casándose por la iglesia cuando ya tenían tres hijos, ahora tienen cuatro. Pero es interesante ver la progresión en el cambio de vida: Desde que empezó a salir con la que ahora es su mujer, Mark se negó a volver a posar en paños menores y ha rechazado todas las películas que le han ofrecido con escenas subidas de tono. Por último, ha sido recientemente cuando ha empezado a frecuentar asiduamente la Iglesia, como decíamos al principio.
Para el actor, ahora la fe es “consuelo, sentido, todo” y por ella reconoce que se ha arrepentido de haber herido a muchas personas en su vida, “a quienes he pedido frecuentemente me perdonen”. Asegura que quiere ayudar a los jóvenes “para que no recorran el camino que recorrí yo durante mi juventud”, a través de su fundación The Mark Wahlberg Youth Foundation.
La fortuna le ha sonreído a Mark Wahlberg, ya ha sido nominado para un oscar y los contratos le han llovido, realmente los niños le han venido con un pan debajo del brazo. Su matrimonio es uno de los más famosos de Hollywood y todos se hacen voces de la felicidad de esta joven pareja, que ojalá les dure. Lo más importante es que el actor, que antaño fue modelo por su apariencia externa, con el paso de los años y la ayuda de su mujer ahora se ha convertido en modelo por su vida familiar y su testimonio de creyente, convencido y serio, nada mojigato, en el mundo de la farándula hollywoodiense. No está mal.
Alberto Royo Mejia
sábado, 14 de agosto de 2010
El Vaticano denuncia 700.000 muertes anuales por medicinas falsas.
Fármacos contra la malaria y la tuberculosis
La Congregación para la Evangelización de los Pueblos del Vaticano denunció que unas 700.000 personas mueren cada año a causa de medicamentos falsificados contra la malaria y la tuberculosis.
Mediante una nota de su agencia oficial, Fides, la Congregación reveló que la mayoría de los fallecidos son africanos y que, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), hasta 30 por ciento de las medicinas puestas en el mercado en los países africanos son falsas.
"En 2003 la Interpol realizó un sondeo sobre la calidad de los medicamentos disponibles en Lagos (Nigeria), la ciudad más poblada del África subsahariana, y descubrió que 80 por ciento de los medicamentos disponibles eran falsos", indicó.
"En 2008 -agregó-, más de 80 niños murieron en Nigeria después de haber tomado una medicina para combatir el dolor de la dentición, adulterada con un líquido anticongelante".
Según el reporte los medicamentos pirata puede estar privados del principio activo clave, estar compuestos de sustancias peligrosas, o también tener una cantidad insuficiente o excesiva del principio activo.
Apuntó que cuando el principio activo no está en una cantidad adecuada, el medicamento mata sólo una parte de los agentes patógenos mientras los que no son eliminados desarrollan resistencia.
De esta manera si el paciente tuviera que recibir el medicamento en la justa dosis, el agente patógeno estaría en grado de resistir su acción y continuar infectando el organismo, ponderó.
"El desarrollo de los gérmenes resistentes a los antibióticos y a otros tratamientos es un problema que concierne a toda la humanidad, no sólo a los africanos. Es por tanto interés de todos combatir el contrabando de medicamentos falsificados", puntualizó.
La Congregación para la Evangelización de los Pueblos del Vaticano denunció que unas 700.000 personas mueren cada año a causa de medicamentos falsificados contra la malaria y la tuberculosis.
Mediante una nota de su agencia oficial, Fides, la Congregación reveló que la mayoría de los fallecidos son africanos y que, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), hasta 30 por ciento de las medicinas puestas en el mercado en los países africanos son falsas.
"En 2003 la Interpol realizó un sondeo sobre la calidad de los medicamentos disponibles en Lagos (Nigeria), la ciudad más poblada del África subsahariana, y descubrió que 80 por ciento de los medicamentos disponibles eran falsos", indicó.
"En 2008 -agregó-, más de 80 niños murieron en Nigeria después de haber tomado una medicina para combatir el dolor de la dentición, adulterada con un líquido anticongelante".
Según el reporte los medicamentos pirata puede estar privados del principio activo clave, estar compuestos de sustancias peligrosas, o también tener una cantidad insuficiente o excesiva del principio activo.
Apuntó que cuando el principio activo no está en una cantidad adecuada, el medicamento mata sólo una parte de los agentes patógenos mientras los que no son eliminados desarrollan resistencia.
De esta manera si el paciente tuviera que recibir el medicamento en la justa dosis, el agente patógeno estaría en grado de resistir su acción y continuar infectando el organismo, ponderó.
"El desarrollo de los gérmenes resistentes a los antibióticos y a otros tratamientos es un problema que concierne a toda la humanidad, no sólo a los africanos. Es por tanto interés de todos combatir el contrabando de medicamentos falsificados", puntualizó.
jueves, 12 de agosto de 2010
La educación en la fe
Se está diciendo, creo que con acierto, que la crisis económica que estamos padeciendo es fundamentalmente una crisis en valores. Pero en muchas familias se ha dejado de educar cristianamente a los hijos. ¿Tiene ello alguna importancia?
Hay que empezar por decir que cuando la pareja contrajo matrimonio religioso se comprometieron los dos a educar a los hijos en la fe. Evangelizar y educar están íntimamente relacionados, pues la educación integral comprende también la dimensión religiosa. Son los padres, ayudados con frecuencia por los abuelos, quienes al enseñar a rezar, transmiten las primeras nociones de la fe e inician la formación religiosa. La fe se transmite fundamentalmente en los hogares y se fortalece a través de la oración y de la práctica cristiana. Unos padres creyentes que estimen, vivan y practiquen su fe deben intentar, por puro sentido común, que también sus hijos vivan y participen de lo que para ellos es un gran valor: su fe. El inicio de la vivencia cristiana es un encuentro de fe con la persona de Jesús (cf. Jn 1,35-39).
La mejor riqueza que unos padres verdaderamente creyentes desean transmitir a sus hijos es la experiencia de Dios, el que sus hijos se sepan y sientan profundamente amados por Dios. El gran tesoro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y la testimonia. Educar es educar en el amor, y un creyente no puede olvidar que “Dios es Amor” (1 Jn 4,8), y por tanto su creador e inventor, pero es a través de la educación en la fe y del amor que recibe de sus padres, el modo como el niño puede llegar a entender el amor de Dios hacia él.
Esta educación en la fe y en el amor forma parte de la función docente de la Iglesia. Se inicia con el bautismo, se realiza por las vivencias de fe de padres y familiares, la predicación, la enseñanza y la catequesis, y su objetivo es formar cristianos y santos. Todos estamos llamados a la santidad, que podemos alcanzar con la ayuda del Espíritu y que consiste en vivir en gracia.
La fe puede y debe transmitirse, pues su transmisión es el acto educativo por excelencia, siendo la idea de que la fe es un asunto estrictamente individual en el que nadie debe inmiscuirse una concepción totalmente equivocada que hace que el niño que no ha recibido educación religiosa se vea desprotegido e indefenso ante las influencias de signo contrario. Para los padres, educar en la fe no es sólo un deber, como lo es el procurar darles una instrucción adecuada, sino sobre todo expresión de su propia identidad de esposos y padres cristianos. La educación ha de ser explícitamente religiosa y tiene que comenzar en la más tierna infancia, al igual que lo hacemos con la educación humana e intelectual.
La frase de Jesús: “dejad que los niños vengan a Mí” (Mt 19,13-15; Mc 10,13-16; Lc 18,15-17) nos señala que no debemos dejar para tiempos posteriores el inicio de la educación religiosa, tanto más cuanto que el niño no puede conocer a Dios por sí solo, sin ayuda. La familia es el ámbito principal y primero del despertar religioso. Incluso si no entienden las palabras y conceptos, los niños sí captan actitudes y sentimientos. Un niño se hace religioso cuando vive en un clima religioso y, en concreto, en un ambiente de fe. Por ello es tan importante la oración y ejemplo de vida cristiana de sus padres.
El niño aprende de modo espontáneo y natural el sentido cristiano de la vida mediante el conocimiento de las verdades de fe y el trato habitual con Dios en la oración. Su formación ha de ser más vivencial y afectiva que programada e intelectual. Tan pronto como el niño sea capaz, hay que hablarle de Dios Padre, de la amistad con el Niño Jesús, de la necesidad de vivir y crecer en edad, sabiduría y gracia (Lc 1,40 y 52), teniendo la educación religiosa la tarea de iluminar con los valores evangélicos el desarrollo de la personalidad de los educandos, dándoles razones para vivir y motivos para la esperanza.
En esta tarea contamos con la ayuda de Dios, porque la fe es un don gratuito suyo, pero como Dios quiere actuar en el mundo a través nuestro, hemos de emplear para ello los medios a nuestro alcance. Entre estos medios destacan, por la ayuda que pueden prestar, las escuelas de padres, en las que se transmite una visión cristiana del matrimonio y de la familia que ilumina de forma concreta el modo de ejercer la paternidad, dado que el paso de ser cónyuges a padres tiene sus dificultades y hay que saber ser ambas cosas a la vez. Tampoco hay que olvidar la importancia de los buenos libros y los medios audiovisuales, pero también nos vemos ayudados por el sentido religioso del niño, a quien le gustan mucho las historias y la historia de Jesús, siendo las escenas del evangelio para él un motivo de interés.
Pedro Trevijano, sacerdote
Hay que empezar por decir que cuando la pareja contrajo matrimonio religioso se comprometieron los dos a educar a los hijos en la fe. Evangelizar y educar están íntimamente relacionados, pues la educación integral comprende también la dimensión religiosa. Son los padres, ayudados con frecuencia por los abuelos, quienes al enseñar a rezar, transmiten las primeras nociones de la fe e inician la formación religiosa. La fe se transmite fundamentalmente en los hogares y se fortalece a través de la oración y de la práctica cristiana. Unos padres creyentes que estimen, vivan y practiquen su fe deben intentar, por puro sentido común, que también sus hijos vivan y participen de lo que para ellos es un gran valor: su fe. El inicio de la vivencia cristiana es un encuentro de fe con la persona de Jesús (cf. Jn 1,35-39).
La mejor riqueza que unos padres verdaderamente creyentes desean transmitir a sus hijos es la experiencia de Dios, el que sus hijos se sepan y sientan profundamente amados por Dios. El gran tesoro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y la testimonia. Educar es educar en el amor, y un creyente no puede olvidar que “Dios es Amor” (1 Jn 4,8), y por tanto su creador e inventor, pero es a través de la educación en la fe y del amor que recibe de sus padres, el modo como el niño puede llegar a entender el amor de Dios hacia él.
Esta educación en la fe y en el amor forma parte de la función docente de la Iglesia. Se inicia con el bautismo, se realiza por las vivencias de fe de padres y familiares, la predicación, la enseñanza y la catequesis, y su objetivo es formar cristianos y santos. Todos estamos llamados a la santidad, que podemos alcanzar con la ayuda del Espíritu y que consiste en vivir en gracia.
La fe puede y debe transmitirse, pues su transmisión es el acto educativo por excelencia, siendo la idea de que la fe es un asunto estrictamente individual en el que nadie debe inmiscuirse una concepción totalmente equivocada que hace que el niño que no ha recibido educación religiosa se vea desprotegido e indefenso ante las influencias de signo contrario. Para los padres, educar en la fe no es sólo un deber, como lo es el procurar darles una instrucción adecuada, sino sobre todo expresión de su propia identidad de esposos y padres cristianos. La educación ha de ser explícitamente religiosa y tiene que comenzar en la más tierna infancia, al igual que lo hacemos con la educación humana e intelectual.
La frase de Jesús: “dejad que los niños vengan a Mí” (Mt 19,13-15; Mc 10,13-16; Lc 18,15-17) nos señala que no debemos dejar para tiempos posteriores el inicio de la educación religiosa, tanto más cuanto que el niño no puede conocer a Dios por sí solo, sin ayuda. La familia es el ámbito principal y primero del despertar religioso. Incluso si no entienden las palabras y conceptos, los niños sí captan actitudes y sentimientos. Un niño se hace religioso cuando vive en un clima religioso y, en concreto, en un ambiente de fe. Por ello es tan importante la oración y ejemplo de vida cristiana de sus padres.
El niño aprende de modo espontáneo y natural el sentido cristiano de la vida mediante el conocimiento de las verdades de fe y el trato habitual con Dios en la oración. Su formación ha de ser más vivencial y afectiva que programada e intelectual. Tan pronto como el niño sea capaz, hay que hablarle de Dios Padre, de la amistad con el Niño Jesús, de la necesidad de vivir y crecer en edad, sabiduría y gracia (Lc 1,40 y 52), teniendo la educación religiosa la tarea de iluminar con los valores evangélicos el desarrollo de la personalidad de los educandos, dándoles razones para vivir y motivos para la esperanza.
En esta tarea contamos con la ayuda de Dios, porque la fe es un don gratuito suyo, pero como Dios quiere actuar en el mundo a través nuestro, hemos de emplear para ello los medios a nuestro alcance. Entre estos medios destacan, por la ayuda que pueden prestar, las escuelas de padres, en las que se transmite una visión cristiana del matrimonio y de la familia que ilumina de forma concreta el modo de ejercer la paternidad, dado que el paso de ser cónyuges a padres tiene sus dificultades y hay que saber ser ambas cosas a la vez. Tampoco hay que olvidar la importancia de los buenos libros y los medios audiovisuales, pero también nos vemos ayudados por el sentido religioso del niño, a quien le gustan mucho las historias y la historia de Jesús, siendo las escenas del evangelio para él un motivo de interés.
Pedro Trevijano, sacerdote
miércoles, 11 de agosto de 2010
La Misión en San Pablo
Del 23 al 27 de Agosto con el Pbro. Marco Antonio Jorquera, a las
15.30 hs. en Pquia. San José O. y a las 20 hs. en la Pquia. del Carmen
Traer Biblia.
15.30 hs. en Pquia. San José O. y a las 20 hs. en la Pquia. del Carmen
Traer Biblia.
martes, 10 de agosto de 2010
Peligros de los siete mares
Todo sacerdote joven me parece un buque que parte por primera vez hacia alta mar.
Todo sacerdote viejo me parece un buque que va llegando al puerto.
Me he cruzado en el mar, en uno de los siete mares del mundo, con dos buques, uno viejo y otro nuevo.
No sé por qué razones siempre que veo un buque viejo me pongo a imaginar las aventuras, los peligros, las tormentas que ha pasado; y delante de uno nuevo, todo lo que le aguarda.
Me he cruzado con dos, el uno viejo y el otro nuevo.
El viejo iba llegando al puerto, con su casco despintado, sus velas en jirones, sus masteleros en astillas, pero con su proa tajante y su timón obediente y firme, de modo que se mantenía en la buena ruta.
El otro recién botado al agua, navegaba hacia alta mar, relumbrante, con su arboladura nueva, sus cuerdas blancas, sus velas sonoras y al viento, que le daba en el costado. El agua hervía en espuma, bajo su quilla que abría un profundo surco en las olas.
Todo le sonreía, el sol, el cielo, la brisa, que cantaba en sus obenques, las ligeras nubes que le daban sombra, los delfines que danzaban a su alrededor y las gaviotas que se posaban en sus jarcias. Y él avanzaba libre y ufano, hacia los misterios del primero de los siete mares, seguro de sus lonas, de sus maderas y de sus forros de cobre y de su timón nuevo.
Y yo rogué por él, que antes de llegar al puerto tenía que humillar la soberbia en el Atlántico, cerrar los ojos y oídos a los espejismos y a los cantos de las sirenas en el Mediterráneo; dominar la ira en el Rojo; sobreponerse a la gula en el Índico; desafiar los tifones de la envidia en el Mar de la China; despreciar las mordeduras de la avaricia en el Pacífico; luchar contra el frío del alma en el Ártico; y vencer la pereza en el Mar de Sargazos, que más que un mar es la plaga de todos los mares.
Cuando veo un sacerdote viejo, deslucido en su traje y en su palabra, distraído como quien tiene el corazón en otra parte, sordo a los rumores de la tierra y atento a las voces que le hablan en sueños como a Samuel, pienso que invita a cantar un Te Deum, porque es un navío que ha pasado ya las tormentas de los siete mares.
Cuando veo uno joven, que emprende su periplo, impaciente de surcar los océanos, con demasiada confianza en la altura de sus mástiles y en lo pulido de sus cascos y en la gallardía de sus lonas; que mira poco el cielo para orientar su rumbo y mucho las máquinas que fabrican los hombres, tengo miedo por él.
Y más si es artista; y mucho más si es elocuente; y muchísimo más si es ingenuo y ama el ruido, y cree que le falta tiempo y puede dejar hoy esta rúbrica, mañana este rezo, después esta meditación, ser impuntual en la hora de su Misa; ser distraído en su breviario.
¡Ay! ¡Cuántos mares y cuántos escollos delante de su proa y qué lejos el puerto!
Llegará, sin duda, si deja de mirar la brújula de los hombres y levanta el corazón hasta la Estrella de la Mañana.
Llamamos así a la Virgen, pero es también una de las más preciosas advocaciones de Jesús, que dice de Sí Mismo en el último capítulo del Apocalipsis: “Yo Soy Jesús, la espléndida y luminosa Estrella de la Mañana”.
Tomado de "Navega hacia alta mar", de Hugo Wast.
Todo sacerdote viejo me parece un buque que va llegando al puerto.
Me he cruzado en el mar, en uno de los siete mares del mundo, con dos buques, uno viejo y otro nuevo.
No sé por qué razones siempre que veo un buque viejo me pongo a imaginar las aventuras, los peligros, las tormentas que ha pasado; y delante de uno nuevo, todo lo que le aguarda.
Me he cruzado con dos, el uno viejo y el otro nuevo.
El viejo iba llegando al puerto, con su casco despintado, sus velas en jirones, sus masteleros en astillas, pero con su proa tajante y su timón obediente y firme, de modo que se mantenía en la buena ruta.
El otro recién botado al agua, navegaba hacia alta mar, relumbrante, con su arboladura nueva, sus cuerdas blancas, sus velas sonoras y al viento, que le daba en el costado. El agua hervía en espuma, bajo su quilla que abría un profundo surco en las olas.
Todo le sonreía, el sol, el cielo, la brisa, que cantaba en sus obenques, las ligeras nubes que le daban sombra, los delfines que danzaban a su alrededor y las gaviotas que se posaban en sus jarcias. Y él avanzaba libre y ufano, hacia los misterios del primero de los siete mares, seguro de sus lonas, de sus maderas y de sus forros de cobre y de su timón nuevo.
Y yo rogué por él, que antes de llegar al puerto tenía que humillar la soberbia en el Atlántico, cerrar los ojos y oídos a los espejismos y a los cantos de las sirenas en el Mediterráneo; dominar la ira en el Rojo; sobreponerse a la gula en el Índico; desafiar los tifones de la envidia en el Mar de la China; despreciar las mordeduras de la avaricia en el Pacífico; luchar contra el frío del alma en el Ártico; y vencer la pereza en el Mar de Sargazos, que más que un mar es la plaga de todos los mares.
Cuando veo un sacerdote viejo, deslucido en su traje y en su palabra, distraído como quien tiene el corazón en otra parte, sordo a los rumores de la tierra y atento a las voces que le hablan en sueños como a Samuel, pienso que invita a cantar un Te Deum, porque es un navío que ha pasado ya las tormentas de los siete mares.
Cuando veo uno joven, que emprende su periplo, impaciente de surcar los océanos, con demasiada confianza en la altura de sus mástiles y en lo pulido de sus cascos y en la gallardía de sus lonas; que mira poco el cielo para orientar su rumbo y mucho las máquinas que fabrican los hombres, tengo miedo por él.
Y más si es artista; y mucho más si es elocuente; y muchísimo más si es ingenuo y ama el ruido, y cree que le falta tiempo y puede dejar hoy esta rúbrica, mañana este rezo, después esta meditación, ser impuntual en la hora de su Misa; ser distraído en su breviario.
¡Ay! ¡Cuántos mares y cuántos escollos delante de su proa y qué lejos el puerto!
Llegará, sin duda, si deja de mirar la brújula de los hombres y levanta el corazón hasta la Estrella de la Mañana.
Llamamos así a la Virgen, pero es también una de las más preciosas advocaciones de Jesús, que dice de Sí Mismo en el último capítulo del Apocalipsis: “Yo Soy Jesús, la espléndida y luminosa Estrella de la Mañana”.
Tomado de "Navega hacia alta mar", de Hugo Wast.
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