jueves, 27 de febrero de 2014
El fracaso matrimonial y los hijos
El alejamiento de Dios y la ausencia de oración en las familias, hace que a éstas les falte el apoyo de la presencia de Dios en los hogares. Una de las consecuencias es que en nuestra sociedad el divorcio se ha vuelto algo normal, e incluso se ve promovido por una serie de gobernantes que hacen unas leyes insensatas destructoras de la familia, como la ley del divorcio exprés, o aunque no las hayan hecho las mantienen, seguramente por temor a enfrentarse con lo políticamente correcto. El resultado es que el daño recae especialmente en los hijos. Una política que vaya en contra de la estabilidad de la familia o mengüe su fortaleza es una política suicida e inmoral porque socava los cimientos de la sociedad como si no existiera otra cosa que el individuo egoísta sin familia y sin obligaciones, con las consiguientes consecuencias desastrosas para los propios individuos, privados de la protección familiar, las familias y la sociedad. Además, las leyes tienden a configurar las mentes y la vida de los ciudadanos. Una legislación así deteriora la idea del matrimonio y de la familia, e induce a acoger la práctica del divorcio exprés, destructora de la estabilidad familiar, como normal y legítima. Es una ley que responde a los planteamientos de la ideología de género, pues la relación sexual que subyace al matrimonio en ella es pura afectividad espontánea y, por tanto, el matrimonio dura lo que dura esa afectividad. Sus efectos ya se han hecho sentir. Se quiera o no, se trata de un verdadero ataque al matrimonio y a la familia y por eso mismo a la felicidad de las personas y al bienestar social y su efecto es más matrimonios rotos y más personas heridas en sus afectos más profundos. Los hijos no sólo necesitan al padre como padre y a la madre como madre, sino también la relación de pareja que tienen y la relación de amor y de unidad que constituyen. Nunca hemos de olvidar que las dos necesidades básicas de cualquier ser humano, y muy en especial de los más débiles, son alimentación y afecto. El fracaso matrimonial de los padres tiene grandísimas repercusiones por los sufrimientos que ocasiona en los hijos, que son los grandes perjudicados, siendo lamentable que esta realidad no suela tener reflejo en las leyes sobre el divorcio o la separación matrimonial. Además, la precariedad y falta de estabilidad de muchas vidas matrimoniales ocasiona la menor propensión a la fecundidad, pues ésta requiere saber mirar a largo plazo, así como serias dificultades en la educación de los hijos, que resultan más propensos al fracaso escolar y a problemas de comportamiento, con los consiguientes inconvenientes para su futuro, incluso en la edad adulta, y el de la propia sociedad.
El divorcio es siempre un mal, porque es la ruina de un matrimonio y de una familia, aunque a veces sea un mal menor, pues también es cierto que los efectos de un hogar insufrible son devastadores para los niños. Éstos padecen el conflicto o divorcio de sus padres y sufren a consecuencia de ello, sintiéndose asustados y confundidos, quedando dañada su capacidad de confiar y amar, pues no han experimentado ni vivido, sino todo lo contrario, el amor mutuo de sus padres, lo que repercute en ellos, sufriendo una seria crisis de inseguridad, sin contar con que los traumas del divorcio les hace más vulnerables a problemas psicológicos, como una gran tristeza que les puede llevar a la depresión, una mayor rebeldía y fracaso escolar, así como a enfermedades, mientras que a largo plazo, al no haber tenido el ejemplo de un éxito conyugal que imitar, en su vida adulta tienen mayores probabilidades de divorciarse o de tener hijos fuera del matrimonio, siendo para ellos más difícil el que su matrimonio resulte. En efecto, cuando el divorcio es una posibilidad siempre presente en el horizonte de la pareja, es obvio que ello tiene un efecto desestabilizador. Por el contrario, la indisolubilidad matrimonial es un seguro fundamento de estabilidad, eficacia pedagógica y función social de la familia.
La ausencia de un hogar familiar adecuado destruye el medio natural en que debiera desenvolverse la vida de los hijos y causa a éstos muy graves daños. En efecto, los niños y adolescentes que ven su hogar roto por la separación o divorcio de sus padres sufren una experiencia traumática que les ocasiona muchas dificultades para aceptarse a sí mismos y tener una relación correcta consigo y con los demás, no siéndoles tampoco nada fáciles las relaciones ni con su padrastro o madrastra ni con los hijos de éstos, pues las nuevas convivencias son otro serio problema. Aunque se dan casos de buen entendimiento, con frecuencia surgen graves dificultades y desavenencias entre los hijos del matrimonio anterior y el nuevo cónyuge, o entre los hijos de ambos, o entre los hijos de la nueva pareja con sus hermanastros anteriores, siendo la situación más grave cuando se dan sucesivos divorcios, llegando los hijos no sólo a no vivir, sino incluso a no saber lo que es una familia.
Pedro Trevijano, sacerdote
domingo, 9 de febrero de 2014
Angelus del Domingo 9.2.14
Como cada domingo, el papa Francisco rezó la oración del ángelus desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, ante una multitud que le atendía en la plaza de san Pedro.
Dirigiéndose a los fieles y peregrinos venidos de todo el mundo, que le acogieron con un largo y caluroso aplauso, el Pontífice argentino les dijo:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el Evangelio de este domingo, que viene inmediatamente después de las Bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos: "Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13-14). Esto nos sorprende un poco, si pensamos en los que tenía delante Jesús cuando decía estas palabras. ¿Quiénes eran aquellos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla... Pero Jesús los mira con los ojos de Dios, y su afirmación se entiende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: si seréis pobres de espíritu, si seréis mansos, si seréis puros de corazón, si se seréis misericordiosos... ¡Vosotros seréis la sal de la tierra y la luz del mundo!
Para comprender mejor estas imágenes, tengamos en cuenta que la ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada oferta presentada a Dios, como un signo de alianza. La luz, entonces, para Israel era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo. Los cristianos, el nuevo Israel, reciben, entonces, una misión para con todos los hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda la humanidad. Todos los bautizados somos discípulos misioneros y estamos llamados a convertirnos en un Evangelio vivo en el mundo: con una vida santa daremos "sabor" a los diferentes ambientes y los defenderemos de la corrupción, como hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo a través del testimonio de una caridad genuina. Pero si los cristianos perdemos sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la efectividad.
¡Pero que hermosa es esta misión de dar luz al mundo! Pero es una misión que nosotros tenemos. Es hermosa... También es hermoso conservar la luz que hemos recibido de Jesús. Custodiarla, conservarla. El cristiano tendría que ser una persona luminosa, que lleva luz, siempre da luz, una luz que no es suya, sino que es un regalo de Dios, un regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz adelante. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido. Es un cristiano solo de nombre, que no lleva la luz. Una vida sin sentido. Pero yo quisiera preguntaros ahora: ¿Cómo queréis vivir vosotros? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? Pero no se escucha bien aquí. ¡Lámpara encendida!, ¿eh? Y es precisamente Dios el que nos da esta luz y nosotros se la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Esta es la vocación cristiana.
Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración del ángelus. Y al concluir la plegaria, el Papa prosiguió recordando que el próximo martes la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Enfermo:
Pasado mañana, 11 de febrero, celebraremos la memoria de la Bienaventurada Virgen de Lourdes, y viviremos la Jornada Mundial del Enfermo. Es la ocasión propicia para poner en el centro de la comunidad a las personas enfermas, orar por ellas y con ellas, estar junto a ellas. El mensaje para este jornada está inspirado en una expresión de san Juan: fe y caridad. También nosotros "debemos dar nuestras vidas por los hermanos" (1 Jn 3, 16).
En particular, podemos imitar la actitud de Jesús hacia los enfermos, enfermos de todo tipo. El Señor cuida de todos, comparte su sufrimiento y abre el corazón a la esperanza.
Pienso también en todos los operadores sanitarios: ¡Qué trabajo precioso hacen! ¡Muchas gracias por vuestro trabajo precioso! Ellos encuentran cada día en los enfermos no sólo unos cuerpos marcados por la fragilidad, sino también unas personas a las que ofrecer atención y respuestas adecuadas.
La dignidad de la persona no se reduce jamás a sus facultades o capacidades, y no es menor cuando la persona es débil, invalida y necesitada de ayuda. También pienso en las familias, donde es normal que cuiden de aquellos que están enfermos. Pero a veces las situaciones pueden ser más pesadas. Muchos me escriben y hoy me gustaría asegurar una oración para todas estas familias, y les digo: ¡No tengáis miedo de la fragilidad! ¡No tengáis miedo de la fragilidad! Ayudaros los unos a los otros con amor y sentiréis la presencia consoladora de Dios.
El comportamiento generoso y cristiano hacia los enfermos es la sal de la tierra y la luz del mundo. Que la Virgen María nos ayude a practicarlo, y obtenga paz y consuelo por todos los que sufren.
El Pontífice también quiso dedicar unas palabras a los Juegos Olímpicos de Invierno:
En estos días tienen lugar en Sochi, Rusia, los Juegos Olímpicos de Invierno. Quisiera hacer llegar mi saludo a los organizadores y a todos los atletas, con la esperanza de que sea una verdadera fiesta del deporte y la amistad.
A continuación, llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza Francisco:
Saludo a todos los peregrinos presentes hoy, las familias... ¡Todos los peregrinos! ¡Todos! Las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones. En particular, saludo a los maestros y estudiantes venidos de Inglaterra; al grupo de teólogas cristianas de diferentes países europeos, que se encuentran en Roma para un Congreso de estudio; a los fieles de las parroquias de Santa María Inmaculada y San Vicente de Paul, en Roma; a los que han venido de Cavallina y Montecarelli, en Mugello; de Lavello y de Alfi; a la Comunidad 'Sollievo' y a la Escuela de San Luca-Bovalino, en Calabria.
El Santo Padre dedicó un especial recuerdo a las víctimas de los desastres naturales:
Rezo por todos aquellos que están sufriendo los daños y molestias causados por los desastres naturales, en diferentes países. También aquí, en Roma. Estoy con ellos. La naturaleza nos desafía a ser solidarios y estar atentos a la custodia de la creación, también para prevenir, en la medida de lo posible, las consecuencias más graves.
Y antes de despedirme, pienso en aquella pregunta que he hecho: ¿Lámpara encendida o lámpara apagada? ¿Qué queréis? ¿Encendida o apagada? El cristiano lleva la luz. Es una lámpara encendida. ¡Siempre adelante con la luz de Jesús!
Como de costumbre, el papa Francisco concluyó su intervención diciendo:
"A tutti auguro una buona domenica e buon pranzo. Arrivederci!" (Deseo a todos un buen domingo y una buena comida. ¡Hasta pronto!)
sábado, 8 de febrero de 2014
Papa Francisco: Es hermoso ir a Misa el domingo y recibir la Eucaristía que es fuente de la vida
VATICANO, 05 Feb. 14 ACI/EWTN Noticias).- En su catequesis esta mañana en la Plaza de San Pedro a la que asistieron miles de fieles pese al intenso frío y a la lluvia que desde hace varios días cae en Roma, el Papa Francisco explicó la importancia vital de la Eucaristía para todo fiel, que debe ser recibida los domingos en la Misa, porque es el corazón y la fuente de la vida de la Iglesia.
A continuación la catequesis completa del Santo Padre:
Queridos hermanos y hermanas buenos días… Buen día, pero no buena jornada, ¿eh? Está un poco fea.
Hoy les hablaré de la Eucaristía. La Eucaristía se coloca en el corazón de la “iniciación cristiana”, junto al Bautismo y a la Confirmación, y constituye la fuente de la vida misma de la Iglesia. De este Sacramento del amor, de hecho, nace todo auténtico camino de fe, de comunión y de testimonio.
Lo que vemos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, la Misa, nos hace ya intuir qué cosa estamos por vivir. En el centro del espacio destinado a la celebración se encuentra el altar, que es una mesa cubierta por un mantel y esto nos hace pensar en un banquete.
Sobre la mesa hay una cruz, que indica que sobre aquel altar se ofrece el sacrificio de Cristo: es Él el alimento espiritual que allí se recibe, bajo el signo del pan y del vino. Junto a la mesa está el ambón, es decir, el lugar desde el cual se proclama la Palabra de Dios: y esto indica que allí nos reunimos para escuchar al Señor que habla mediante las Sagradas Escrituras y, por lo tanto, el alimento que se recibe es también su Palabra.
Palabra y Pan en la Misa se hacen una misma cosa, como en la última Cena, cuando todas las palabras de Jesús, todos los signos que había hecho, se condensaron en el gesto de partir el pan y ofrecer el cáliz, anticipación del sacrificio de la cruz, y en aquellas palabras: “Tomen, coman, este es mi cuerpo…tomen, beban, esta es mi sangre”.
El gesto de Jesús cumplido en la Última Cena es el extremo agradecimiento al Padre por su amor, por su misericordia. “Agradecimiento” en griego se dice “eucaristía”. Y por esto el sacramento se llama Eucaristía: es el supremo agradecimiento al Padre que nos ha amado tanto hasta darnos a su Hijo por amor. He aquí por qué el término Eucaristía resume todo aquel gesto, que es gesto de Dios y del hombre juntos, gesto de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Por lo tanto, la celebración eucarística es mucho más de un simple banquete: es propiamente el memorial de la Pascua de Jesús, el misterio central de la salvación. “Memorial” no significa sólo un recuerdo, un simple recuerdo, sino que quiere decir que cada vez que celebramos este Sacramento participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
La Eucaristía constituye el vértice de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido para nosotros, vierte, en efecto, sobre nosotros toda su misericordia y su amor, tanto que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos.
Es por esto que normalmente, cuando nos acercamos a este Sacramento, se dice que se “recibe la Comunión”, que se “hace la Comunión”: esto significa que en la potencia del Espíritu Santo, la participación en la mesa eucarística nos conforma en modo único y profundo a Cristo, haciéndonos pregustar ahora ya la plena comunión con el Padre que caracterizará el banquete celeste, donde, con todos los Santos, tendremos la gloria de contemplar a Dios cara a cara.
Queridos amigos, ¡no agradeceremos nunca suficientemente al Señor por el don que nos ha hecho con la Eucaristía! Es un don muy grande. Y por esto es tan importante ir a misa el domingo, ir a misa no sólo para rezar, sino para recibir la comunión, este Pan que es el Cuerpo de Jesucristo y que nos salva, nos perdona, nos une al Padre. ¡Es hermoso hacer esto! Y todos los domingos vamos a misa porque es el día de la resurrección del Señor, por eso el domingo es tan importante para nosotros.
Y con la Eucaristía sentimos esta pertenencia a la Iglesia, al Pueblo de Dios, al Cuerpo de Dios, a Jesucristo. Y no terminaremos nunca de captar todo el valor y la riqueza. Pidámosle, entonces, que este Sacramento pueda continuar a mantener viva en la Iglesia su presencia y a plasmar nuestras comunidades en la caridad y en la comunión, según el corazón del Padre.
Y esto se hace durante toda la vida. Y se empieza a hacer el día de la primera comunión. Es importante, que los niños se preparen bien a la primera comunión y que ningún niño deje de hacerla porque es el primer paso de esta pertenencia a Jesucristo, fuerte, fuerte después del Bautismo y de la Confirmación. Gracias.
Francisco pide no excluir a los divorciados de la acción de la Iglesia
LOS FIELES CATÓLICOS Y EL DIVORCIO
Los pastores de la Iglesia deben «interrogarse sobre cómo asistir» a los divorciados o separados, «para que no se sientan excluidos de la misericordia de Dios, del amor fraterno de otros cristianos y de la preocupación de la Iglesia por su salvación». Lo dijo Papa Francisco a los obispos polacos, recibidos en «visita al Limina».
Durante su discurso el Papa habló sobre el tema de la familia, «célula fundamental de la sociedad», reflexionando sobre las cuestiones de las que se ocupará el próximo Sínodo de los Obispos sobre la pastoral familiar. El Papa, citando su «Evangelii gaudium», recordó antes que nada que la familia es el «lugar en donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros y en donde los padres transmiten la fe a los hijos». «En cambio, hoy, el matrimonio a menudo es considerado como una forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier forma y modificarse según la sensibilidad de cada quién», prosiguió.
«Desgraciadamente -según Papa Francisco- esta visión influye también en la mentalidad de los cristianos», provocando el fácil recurso al divorcio «o a la separación de facto». «Los pastores -recomendó- deben interrogarse sobre cómo asistir a todos aquellos que viven en esta situación, para que no se sientan excluidos de la misericordia de Dios, del amor fraterno de otros cristianos y de la preocupación de la Iglesia por su salvación; sobre cómo ayudarles a no abandonar la fe y hacer crecer a sus hijos en la plenitud de la experiencia cristiana».
Además, subrayó Francisco, «hay que preguntarse cómo mejorar la preparación de los jóvenes al matrimonio, para que puedan descubrir cada vez más la belleza de esta unión que, bien fundada sobre el amor y sobre la responsabilidad, es capaz de superar las pruebas, las dificultades, los egoísmos con el perdón recíproco, reparando lo que corre el riesgo de arruinarse y sin caer en la trampa de la mentalidad del deshecho». Así pues, continuó Bergoglio, hay que preguntarse «cómo ayudar a las familias a vivir y apreciar tanto los momentos de alegría como los de dolor y debilidad».
27.2.2014 Vatican Insider
La diferencia está en ser creyente o no serlo
Cuando estudié Teología Moral una de las primeras cosas que me enseñaron fue que la Iglesia es Madre y tiene sentido común. Cuando uno lee el Evangelio se da cuenta que varias polémicas de Jesús con los fariseos giran en torno al sentido común, porque Jesús hace muchas de sus curaciones en sábado, como la curación del paralítico de la piscina de Betesda (Jn 5,1-18), o la curación también en sábado en la sinagoga de un hombre con parálisis en un brazo, con el argumento: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿curar a un hombre o dejarlo morir?» (Mc 3,4). Jesús, en su polémica con los fariseos, se nos presenta como el defensor del sentido común. Es indudable que la contestación a estas preguntas aparentemente es obvia y que no es necesario hacer un gran esfuerzo para contestarlas debidamente.
¿Por qué digo aparentemente? Porque si estudiamos estas cuestiones un poco a fondo vemos como la solución no es tan sencilla. Por de pronto hay una primera pregunta que se nos plantea: ¿Qué es hacer el bien y evitar el mal? El bien de la persona humana es el que determina lo que debe hacerse u omitirse. Es bueno, y debe por tanto llevarse a cabo, lo que responde y sirve al bien personal del hombre, lo que desarrolla su ser y le permite ser más y mejor hombre. Y a la inversa, es moralmente negativo y no debe por tanto hacerse, sino omitirse, todo cuanto resulta nocivo para el bien de la persona, lo que obstaculiza, retrasa o impide su desarrollo. Hubo un momento en la Historia, al acabar la Segunda Guerra Mundial, en la que la gravedad de los crímenes nazis hizo posible una redacción de los Derechos Humanos, y en consecuencia de sus deberes, aceptados por la inmensa mayoría. Fue la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU del 10 de Diciembre de 1948. Pero en lo que no hubo acuerdo fue sobre su fundamento, porque mientras los creyentes los basaban en Dios, los no creyentes no podían aceptar esto.
Para los creyentes la afirmación fundamental es que el bien y el mal morales son realidades objetivas, no creando ni decidiendo el ser humano lo que es verdaderamente bueno o malo en el orden moral objetivo. El derecho positivo no otorga y da, sino que reconoce derechos preexistentes. El derecho natural es el fundamento último del derecho positivo y por tanto la base de los derechos del individuo y de los grupos frente al poder político. En cambio para los no creyentes la base de los derechos es el positivismo y relativismo jurídico, que defiende que todo el orden no sólo jurídico, sino incluso ético, es sólo una emanación del derecho positivo o de los usos y costumbres del pueblo. Es decir el derecho natural no existe, es simplemente una reliquia del pasado y lo que hoy es bueno mañana puede ser malo y viceversa.
Con el paso del tiempo la diferencia entre los dos grupos no sólo no ha disminuido, sino que se ha ido ahondando. El derecho fundamental a la vida (art. 3 de la Declaración), se ve discutido por los que piensan que el aborto es un derecho de la mujer, aunque cada día la Ciencia Médica e incluso las modestas ecografías nos enseñan que los embriones y fetos son seres humanos vivos, cuya foto muchos llevan desde muy pronto en su móvil, siendo el darles muerte para los creyentes y los que creen en su humanidad un crimen horrible. En cuanto a la eutanasia, no hay ningún derecho al suicidio, e incluso es abrir la puerta de par en par al crimen, como muestra el ejemplo de Holanda, donde muchos ancianos llevan una tarjeta que dice: «Si caigo enfermo, no me lleven a un hospital». E incluso en algo que debiera estar tan claro como el terrorismo, para alguno, como Zapatero, los terroristas son hombres de paz y para ellos es el futuro, mientras que las víctimas son el pasado.
Otro punto de fricción es la ideología de género. Cuando me la explicaron, creí que me estaban tomando el pelo, cosa que me ha sucedido siempre que he intentado explicarlo a otra persona. Aparentemente se trata de la igualdad entre hombres y mujeres, pero lo que esconde en realidad es que el sexo puede cambiarse a voluntad, que en sexualidad todo vale menos el matrimonio, que supone en esa mentalidad la esclavitud de la mujer por el hombre y que en sexualidad la promiscuidad, incluso entre niños, no es nada malo, sino algo recomendable.
En lo económico, aparte que el marxismo se hundió por su incompetencia económica, la famosa frase «a nosotros no nos interesa la caridad, porque lo que nos interesa es la justicia», no tiene en cuenta que la justicia sin amor, está simplemente desnortada, lo que vale también para la educación. Mientras que el único consejo que me atrevo a dar en Educación es querer al educando, recuerdo todavía mi asombro ante un chico joven que me defendió que los padres no debían educar a los hijos, porque no sabían, y que eran ellos, es decir el Estado, el que debía hacerlo, porque ellos sí sabían. Me cogió de sorpresa, pero al próximo que me lo diga, le llamaré por su nombre: imbécil canalla totalitario.
Y termino con unas palabras de la encíclica «Mit brennender Sorge», de Pío XI contra los nazis: «Todos los intentos de separar la doctrina del orden moral de la base granítica de la fe, para reconstruirla sobre la arena movediza de normas humanas, conducen, pronto o tarde, a los individuos y a las naciones a la decadencia moral. ‘El necio que dice en su corazón: No hay Dios, se encamina a la corrupción moral’ (Sal 14,1). Y estos necios, que presumen separar la moral de la religión, constituyen hoy legión» (nº 27). Pero hay que insistir que la diferencia está mucho más que en ser de derechas o de izquierdas, en ser creyente o no creyente. Así podemos entender que el Presidente socialista, pero católico, de Ecuador, diga con toda claridad que el aborto es un crimen y que defender el aborto y la ideología de género supone defender barbaridades, y en cambio los muy democráticos socialistas franceses pretendan multar a quien intente evitar abortos.
P. Pedro Trevijano, sacerdote
Sobre Dios y nosotros
He tenido que predicar en una Hora Santa y uno de los textos que he escogido ha sido Efesios 4,2-6. Es un trozo en el que está el conocidísimo versículo 5 que dice: «Un Señor, una fe, un bautismo». Pero me he detenido especialmente a reflexionar sobre el versículo siguiente: «Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos», porque creo que es uno de los versículos que mejor expresa la relación entre Dios y nosotros.
Dios, Padre de todos: Jesucristo, en el Padre Nuestro, nos enseña a llamar a Dios, Padre nuestro (cf. Mt 6,9), porque como nos dice Romanos 8,15-16 somos hijos de Dios por adopción, y, en consecuencia, también herederos de Dios y coherederos con Cristo. Somos hijos de único Padre Dios y, por tanto, hermanos entre nosotros, lo que supone la fraternidad universal.
Está sobre todos: Hoy mismo he estado hablando con una persona que me expresaba su preocupación por el mundo que vamos a dejar a los que vienen detrás nuestro. En concreto, me decía, yo por edad no voy a vivir muchos años, pero ¿qué mundo vamos a dejar a nuestros nietos con todas las cosas malas que estamos oyendo constantemente? De entrada, me acordé de una anécdota que he oído atribuida tanto a Juan XXIII como a Teresa de Calcuta, ante personas que se lamentaban de lo mal que está el mundo: «Mire Vd., contestaron, tiene Vd. razón, pero vamos a hacer una cosa: Vd. y yo vamos a ser dos buenas personas. Así habrá dos sinvergüenzas menos». Es indudable que el primer paso para mejorar el mundo pasa por mi propia conversión. También es indudable que el mal es más ruidoso que el bien. Es noticia, por ejemplo, que una chica sea violada en un ascensor por un chico, pero que millones de chicas monten en un ascensor con millones de chicos todos los días y no pase nada, no es noticia. Y que hay muchas cosas buenas en el mundo, también es verdad. Como me decían en una institución de ayuda a los pobres, desde que hay crisis, la gente es mucho más solidaria y nos ayuda más. Además, hay un argumento decisivo para indicar que el ser humano vale la pena: nos ha creado Dios, y tras la creación del hombre «vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Gen 1,31).
Actúa por medio de todos: Personalmente, es una de las cosas más difíciles de entender para mí, que Dios se quiera servir de nosotros para actuar en el mundo, pues me sucede como a San Pedro, que tras el milagro de la pesca milagrosa, se dirigió a Jesús, diciéndole: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). Pero Jesús, normalmente, quiere contar con nuestra colaboración, con nuestra ayuda, como se ve clarísimo en el milagro de los panes y de los peces, que Jesús realiza sobre la base de los cinco panes y los dos peces (Jn 6,4-15). Santa Teresita del Niño Jesús quería ser en el Cuerpo de Cristo el corazón, para así poder amar mejor. Cada uno de nosotros tiene que ver qué es lo que Dios espera de nosotros, siendo lo primero hacer las cosas bien, porque Dios se sirve generalmente de los medios humanos. Seguir a la propia conciencia supone intentar hacer lo que Dios espera de mí, no lo que a mí me da la gana. Recuerdo lo que se nos decía en el Seminario: «aunque la conversión es cosa de la gracia, Dios se sirve de nosotros, y si tu sermón aburre a los elefantes, tu sermón no convertirá a nadie». Cada uno de nosotros tiene que intentar hacer lo que Dios espera de nosotros.
Está en todos: La gracia es la comunicación de sí mismo que Dios hace a los hombres. Podemos decir con verdad que cuando una persona vive en gracia, Dios está presente en ella y habita en su corazón. Esta presencia de Dios en nosotros se realiza de modo especial cuando recibimos y aceptamos las diversas gracias que se nos dan en los sacramentos y muy especialmente en la Eucaristía. Pero Dios está también presente en los demás, especialmente en el pobre y necesitado y así podemos entender mejor las palabras del evangelio de San Mateo en el Juicio Final: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).
P. Pedro Trevijano, sacerdote
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