miércoles, 18 de julio de 2012

Para acercarnos a la Biblia: la fe

En las ciencias humanas hay un problema: es más difícil decir en ellas que en las ciencias exactas cuándo una cosa está bien o mal. Trabajamos con seres humanos y con ellos dos más dos no son sencillamente cuatro, y lo que a uno le puede venir bien, a otro le puede venir mal. Esto pasa por ejemplo con la Psicología y Psiquiatría e incluso en la Medicina, y por supuesto con la Filosofía, de la que recuerdo una frase de Ortega sobre Ramón y Cajal. “No hay derecho que porque un hombre haya descubierto unas neuronas, se sienta con derecho para filosofar como un salvaje”. Y es que si queremos saber de algo, necesitamos conocer, es decir estudiar.

Pues esto mismo, pero todavía en mayor escala, pasa con la Religión, la Teología y la Biblia. Muchos hablan de estos temas desde una ignorancia prácticamente total, por ejemplo, hay gente que se pone a opinar sobre la Biblia sin ni siquiera haber oído hablar de los géneros literarios.

Para acercarnos adecuadamente a la Biblia uno necesita tres cosas: fe, oración y estudio. La fe es la experiencia de la que surge la Biblia y a la vez es la luz que nos permite comprenderla. Para un creyente los libros de la Biblia contienen el plan de Dios para salvar a la Humanidad, por lo que también se le llama Escritura o Sagrada Escritura, porque se trata de la Palabra de Dios puesta por escrito.

Pero esta afirmación que la Biblia es Palabra de Dios puesta por escrito hay que matizarla. Es evidente que la Biblia ha sido escrita, como cualquier otro libro, por unos autores humanos, que en bastantes casos incluso sabemos quiénes son. Estos autores humanos no son simples grabadores o copistas que escriben lo que Dios les dicta, al modo como los musulmanes piensan que Mahoma recibió el Corán, sino que son auténticos autores y hombres de su tiempo, con una mentalidad y cultura determinada. Los autores sagrados escriben con palabras humanas y sus propias limitaciones, como pueden ser en ocasiones la pobreza gramatical o su deficiente expresión literaria, o de su época, como algunas expresiones sobre los astros, las plantas y la vida animal o humana, que los progresos de las ciencias han demostrado que son erróneas. Ellos escriben como hombres que son, y a través de su obra Dios nos va dando a conocer progresivamente su Revelación.

Para los creyentes Dios es el autor principal de la Biblia. Decir esto significa creer que los libros bíblicos han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, que es el autor principal. A través de los libros de la Biblia Dios nos dice lo que quiere decirnos, es decir su mensaje y la verdad religiosa. Y como Dios es incapaz de engañarse ni de engañarnos, lo que la Biblia dice es verdad. Pero ¿cómo hemos de entender esto?

La verdad de la Biblia se refiere a lo que Dios quiere transmitirnos, a lo que es su Palabra. Pero esta verdad revelada aparece en los escritos bíblicos vinculada a autores humanos y a formas propias de la época en la que fueron expresadas. En algunos casos no es difícil distinguir lo que pertenece a la Revelación y lo que es sólo una concepción condicionada por el tiempo, estando por supuesto sólo el primer aspecto libre de error.

Por ello no hemos de intentar ninguna concordancia artificial entre Biblia y ciencia. Dios en la Biblia lo que pretende es revelarnos su designio de salvación, no danos enseñanzas científicas. Más que tratar de defender la Biblia de un conflicto con las ciencias, el cristiano ha de entender cuál es el mensaje divino en ella contenido, con la convicción que es imposible una contradicción esencial entre ese mensaje, y en consecuencia la fe religiosa auténtica, y la ciencia, pues se fundamentan en el mismo Dios Creador y Salvador.

Con lo dicho tampoco queremos afirmar que la Biblia carezca en absoluto de valores científicos. Gracias a ella, tenemos un montón de datos sobre el estado de las ciencias en los siglos cercanos a Cristo. Pero no es lo suyo propio, porque lo suyo propio es la verdad religiosa.

Quienes escribieron la Biblia contaron unos sucesos, pero estos sucesos cobraron un sentido porque creían. Y esto vale también para los que la leemos hoy: podemos estudiarla, tanto si creemos como si no creemos; podemos comprender lo que dicen los textos, pero los entenderemos de manera diferente si compartimos la misma fe que sus autores, si entramos con ellos en el proceso de búsqueda de Dios.

Los creyentes leemos la Biblia para releer nuestra existencia a su luz. Entonces nos damos cuenta que las intervenciones de Dios son para nuestro bien. Comprenderemos también que nuestra realización personal hemos de hacerla en colaboración con Dios Creador y Salvador, no siendo posible si lo intentamos en contra de sus designios, ya que lo que Dios quiere y espera de nosotros es que nos realicemos como personas, pues para eso nos ha creado. Buscar realizar la voluntad de Dios, por tanto, no será una esclavitud, sino todo lo contrario, es ponernos en camino hacia la realización y plenitud personal.
Pedro Trevijano

lunes, 9 de julio de 2012

'Jesús es el milagro más grande: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano'

A las 12 horas de hoy 9 de julio, el papa se asomó al balcón del patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo y recitó el Ángelus junto a los fieles y peregrinos presentes. Ofrecemos las palabras del papa al introducir la oración mariana.

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¡Queridos hermanos y hermanas!

Voy a referirme brevemente a la página evangélica de este domingo, un texto que dio vida a la famosa frase "Nadie es profeta en su patria", es decir, que ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc. 6,4). De hecho, después de que Jesús, cercano a los treinta años, había dejado Nazaret y ya desde hacía un tiempo estaba predicando y obrando y curando por otros lugares, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos "permanecieron sorprendidos" por su sabiduría y, a sabiendas de él como el "hijo de María", el "carpintero", que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de Él. (cf. Mc. 6, 2-3). Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace que sea difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. Jesús mismo aplica como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que en su propia casa habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús de Nazaret no podía realizar en Nazaret "ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos" (Mc. 6,5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino los signos del amor de Dios, que tiene lugar allí donde encuentra la fe del hombre. Orígenes escribe: "Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia los otros, como el imán al hierro, así tal fe ejercita una atracción sobre el poder divino" (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).

Por tanto, parece que Jesús --como se dice- se de a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final de la historia, nos encontramos con una observación que dice todo lo contrario. El evangelista escribe que Jesús "se maravilló de su falta de fe" (Mc. 6,6). Ante el asombro de sus conciudadanos, que se escandalizan, se da el maravillarse de Jesús. ¡También él, en un cierto sentido, se escandaliza! A pesar de saber que ningún profeta es bien recibido en su tierra, sin embargo la cerrazón del corazón de su gente sigue siendo para él oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad? De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en Él Dios permanece plenamente. Y aunque siempre buscamos otros signos, otros milagros, no nos damos cuenta que el Signo real es Él, Dios hecho carne, Él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.

Alguien que ha entendido verdaderamente esta realidad es la Virgen María, feliz porque ha creído (cf. Lc. 1,45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por Él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Aprendemos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.

sábado, 7 de julio de 2012

'IMITAR A DIOS SIGNIFICA SALIR DE SÍ MISMO, DARSE EN EL AMOR'

Palabras del papa en la Audiencia General miércoles 27 junio 2012

El papa siguió con sus catequesis sobre la oración en las Cartas de san Pablo.

Queridos hermanos y hermanas:
Nuestra oración está formada, como hemos visto el miércoles pasado, de silencio y de palabra, de canto y de gestos que implican a toda la persona: desde la boca hasta la mente, del corazón a todo el cuerpo. Es una característica que encontramos en la oración judía, especialmente en los Salmos. Hoy me gustaría hablar de una de los más antiguos cantos o himnos de la tradición cristiana, que san Pablo nos presenta en lo que es, en cierto sentido, su testamento espiritual: la Carta a los Filipenses. Es, por cierto, una carta que dicta el Apóstol en la cárcel, tal vez en Roma. Él se siente cercano a la muerte, porque dice que su vida la ofrece como una libación (cf. Fil. 2,17).
A pesar de esta situación de grave peligro para su integridad física, san Pablo, en todo el escrito, expresa la alegría de ser discípulo de Cristo, de poder ir a su encuentro, hasta el punto de ver la muerte no como una pérdida sino como una ganancia. En el último capítulo de su Carta hay una fuerte invitación a la alegría, característica fundamental de nuestro ser cristianos y de nuestro orar. San Pablo escribe: "Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres" (Fil. 4,4). Pero ¿cómo se puede regocijar ante una sentencia de muerte inminente? ¿De dónde o mejor dicho, de quién san Pablo obtiene la serenidad, la fuerza, el coraje de ir al encuentro de su martirio, y del derramamiento de su sangre?
La respuesta la encontramos en el centro de la Carta a los Filipenses, en lo que la tradición cristiana llama carmen Christo, el canto para Cristo, o más comúnmente llamado "himno cristológico"; un canto en el cual se centra toda la atención en los "sentimientos" de Cristo, es decir, en su modo de pensar, y en su actitud concreta y vivida. Esta oración comienza con una exhortación: "Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que Cristo" (Fil. 2,5). Estos sentimientos se presentan en los versículos sucesivos: el amor, la generosidad, la humildad, la obediencia a Dios, el don de uno mismo. No se trata solo y únicamente de seguir el ejemplo de Jesús, como algo moral, sino de involucrar toda la existencia en su propia manera de pensar y de actuar. La oración debe conducir a un conocimiento y a una unión en el amor cada vez más profundos con el Señor, para poder pensar, actuar y amar como Él, en Él y por Él. El ejercicio de esto, aprender los sentimientos de Jesús, es el camino de la vida cristiana.
Ahora quisiera referirme brevemente a algunos elementos de este canto, que resume todo el itinerario divino y humano del Hijo de Dios, y abarca toda la historia humana: del estar en la condición de Dios, a la encarnación, a la muerte de cruz y a la exaltación en la gloria del Padre está implícito también el comportamiento de Adán, del hombre desde el inicio. Este himno a Cristo parte de su ser en morphe tou Theou, dice el texto griego, es decir, del estar "en la forma de Dios", o mejor dicho en la condición de Dios. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no vive su "ser como Dios" para triunfar o para imponer su supremacía, no lo considera como una posesión, un privilegio, un tesoro que celar. Más bien, "se despojó", se anonadó a sí mismo, asumiendo, dice el texto griego, la morphe doulos, la "forma de esclavo", la realidad humana marcada por el sufrimiento, la pobreza, la muerte; se ha asemejado plenamente a los hombres, excepto en el pecado, de modo que se comporta como un servidor dedicado al servicio de los demás. En este sentido, Eusebio de Cesarea --siglo IV--, dice: "Él tomó sobre sí la fatiga de los miembros que están sufriendo. Ha hecho suyas nuestras simples enfermedades. Él sufrió y trabajó por amor a nosotros: esto en conformidad con su gran amor por la humanidad" (La dimostrazione evangelica, 10, 1, 22). San Pablo continúa definiendo el marco "histórico" en el que se hizo este abajamiento de Jesús "se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte" (Fil. 2,8). El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, y ha realizado un camino en completa obediencia y fidelidad a la voluntad del Padre, hasta el sacrificio supremo de su vida. Aún más, el Apóstol especifica "hasta la muerte, y muerte de cruz". En la cruz, Cristo Jesús alcanzó el mayor grado de humillación, ya que la crucifixión era el castigo reservado a los esclavos y no a las personas libres: mors turpissima crucis, escribe Cicerón (cf. In Verrem, V, 64, 165).
En la cruz de Cristo, el hombre ha sido redimido y la experiencia de Adán se ha invertido: Adán, creado a imagen y semejanza de Dios, pretende ser como Dios con sus propias fuerzas, ponerse en el lugar de Dios, y así pierde la dignidad original que se le había dado. Jesús, al contrario, estaba "en la condición de Dios", pero se ha abajado, se ha sumergido en la condición humana, en la plena fidelidad al Padre, para redimir al Adán que está en nosotros, y para restituir al hombre la dignidad que había perdido. Los Padres destacan que Él se hizo obediente, restituyendo a la naturaleza humana, a través de su humanidad y obediencia, aquello que se había perdido por la desobediencia de Adán.
En la oración, en la relación con Dios, abrimos la mente, el corazón, la voluntad a la acción del Espíritu Santo para entrar en esa misma dinámica de vida, como afirma san Cirilo de Alejandría, cuya fiesta celebramos hoy: "La acción del Espíritu nos quiere transformar por la gracia, en una copia perfecta de su humillación" (Lettera Festale 10, 4). La lógica humana, sin embargo, busca a menudo la realización de sí mismo en el poder, en el dominio, en los medios poderosos. El hombre todavía quiere construir con sus propias fuerzas la torre de Babel para llegar a la altura de Dios mismo, para ser como Dios. La Encarnación y la Cruz nos recuerdan que la plena realización está en el conformar la propia voluntad humana a la del Padre, en el vaciarse del propio egoísmo, para llenarse del amor, de la caridad de Dios y así llegar a ser verdaderamente capaces de amar a los demás. El hombre no se encuentra a sí mismo permaneciendo encerrado en sí, afirmándose en sí mismo. El hombre se encuentra solo saliendo de sí mismo, solo si salimos de nosotros mismos nos encontramos. Y si Adán quería imitar a Dios, esto en sí mismo no es malo, pero se equivocó en la idea de Dios. Dios no es uno que solo quiere la grandeza. Dios es amor que se entrega desde ya en la Trinidad, y luego en la creación. E imitar a Dios significa salir de sí mismo, darse en el amor.
En la segunda parte de este "himno cristológico" de la Carta a los Filipenses, el sujeto cambia; ya no es Cristo, sino es Dios Padre. San Pablo insiste en que precisamente, por la obediencia a la voluntad del Padre, "Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre" (Fil. 2,9). Aquel que se ha abajado profundamente, tomando la condición de esclavo, ha sido exaltado, elevado por encima de todas las cosas por el Padre, que le dio el nombre de Kyrios, "Señor," la suprema dignidad y el señorío. Frente a este nuevo nombre, por cierto, que es el mismo nombre de Dios en el Antiguo Testamento, "toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: que ‘Cristo Jesús es Señor’, para gloria de Dios Padre" (vv. 10-11). El Jesús que se exalta es el de la Última Cena, que se quita las vestiduras, se ciñe la cintura con una toalla, se inclina a lavar los pies a los apóstoles y les pregunta: "¿Comprenden lo que he hecho por ustedes? Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros" (Jn. 13,12-14). Es importante recordar esto siempre en nuestra oración y en nuestra vida: "el ascenso hasta Dios está en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y por lo tanto la fuerza verdaderamente purificadora, que hace al hombre capaz de percibir y de ver a Dios"(Gesù di Nazaret, Milano 2007, p. 120).
El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece dos claves importantes para nuestra oración. La primera es la invocación: "Señor", dirigida a Jesucristo, sentado a la diestra del Padre: Él es el único Señor de nuestra vida, en medio de tantos "dominadores" que la quieren dirigir y orientar. Por ello, se debe tener una escala de valores en los que la primacía le pertenece a Dios, para decir con san Pablo: "Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" (Fil. 3,8). El encuentro con el Señor resucitado nos ha hecho comprender que él es el único tesoro por el que vale la pena consumir la propia existencia.
La segunda indicación es la postración, el "ponerse de rodillas" en la tierra y en el cielo, recordando las palabras del profeta Isaías, con la que indica la adoración que todas las criaturas deben a Dios (cf. 45,23). La genuflexión ante el Santísimo Sacramento o el arrodillarse en la oración, expresan una actitud de adoración ante Dios, aún con el cuerpo. De ahí la importancia de hacer este gesto no por la costumbre y con prisa, sino con una conciencia profunda. Cuando nos arrodillamos ante el Señor, confesamos nuestra fe en Él, conscientes de que Él es el único Señor de nuestra vida.
Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración fijamos nuestra mirada en el crucifijo, nos detenemos en adoración ante la Eucaristía con frecuencia, para hacer entrar nuestra vida en el amor de Dios, que se humilló a sí mismo con humildad para elevarse hasta Él. Al inicio de la catequesis nos preguntábamos cómo san Pablo podría alegrarse ante el riesgo inminente de su martirio y de su derramamiento de sangre. Esto sólo es posible debido a que el apóstol nunca ha quitado la mirada de Cristo, hasta imitarlo conforme a la muerte "tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Fil. 3,11). Al igual que san Francisco ante el crucifijo, decimos también nosotros: Altísimo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame una fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y discernimiento para hacer tu verdadera y santa voluntad. Amén (cf. Oración ante el Crucifijo: FF [276]).

lunes, 2 de julio de 2012

Novena a la Virgen del Carmen

EN FAMILIA NOS PREPARAMOS A LA FIESTA PATRONAL

Realizaremos la Novena en la celebración de la Santa Misa 19.30 hs.
Rezaremos el Sto. Rosario a las 19 hs.
Cada día rezamos por una intención

Día 7- Por los SACERDOTES y las VOCACIONES SACERDOTALES
“Jesús dijo: hay mucho que cosechar, pero los obreros son pocos; por eso rueguen al dueño de la cosecha que mande obreros. . .”

Día 8 - Por la PATRIA, la CIUDAD y los GOBERNANTES
“. . . el que quiera ser el mas importante entre ustedes, que se haga servidor de todos.” Mc 10, 42 - 45

Día 9 - Por los AGENTES DE ORDEN Y LA SEGURIDAD
“El capitán al ver que expiro dijo: realmente este es el Hijo de Dios.” Mc 15,38-39
“Dios había dado autoridad a Jesús de Nazareth entre todos ustedes.” He 2,22

Día 10 - Por los ENFERMOS Y PROFESIONALES de la SALUD
“Partieron los doce. . . predicando la Buena Noticia y haciendo curaciones.”

Día 11 - Por los DIFUNTOS de la Parroquia
“Yo soy la resurrección y la vida. . .” Jn 11, 25

Día 12 - Por los M C S (Medios de comunicación social)
“Grita con fuerza y sin miedo, levanta tu voz como trompeta.” Is 58, 1

Día 13 - Por el DESARROLLO de los PUEBLOS (agropecuaria, comercio e industria)
“Los que trabajan por la paz, siembran pacíficamente y su fruto es la justicia.” St. 3, 18

“Todo el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.” Mc 3, 35

Día 14 - Por los EDUCADORES
“Jesús enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.”

Día 15 - Por la FAMILIA y LOS JÓVENES,

Día 16 - Fiesta patronal.
Misa 19.30 hs. presidida por el Sr. Obispo, imposición de escapularios. Rezamos por los que participan en el sostenimiento de la obra evangelizadora de la parroquia (agentes pastorales, bienhechores y colaboradores).


Oración a la Virgen del Carmen

Súplica para tiempos difíciles

"Tengo mil dificultades: ayúdame.
De los enemigos del alma: sálvame.
En mis desaciertos: ilumíname.
En mis dudas y penas: confórtame.
En mis enfermedades: fortaléceme.
Cuando me desprecien: anímame.
En las tentaciones: defiéndeme.
En horas difíciles: consuélame.
Con tu corazón maternal: ámame.
Con tu inmenso poder: protégeme.
Y en tus brazos al expirar: recíbeme.
Virgen del Carmen, ruega por nosotros.
Amén."

El Papa habla de médicos y enfermeras como «reservas de amor que ayudan a llevar la cruz» de otros

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo, el evangelista Marcos nos presenta la historia de dos curaciones milagrosas que Jesús realiza en favor de dos mujeres: la hija de uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y una mujer que sufría de hemorragia (cf. Mc. 5,21-43). Son dos episodios en los que hay dos niveles de lectura; aquel puramente físico: Jesús se acerca hasta el sufrimiento humano y cura el cuerpo; y aquel espiritual: Jesús vino a sanar el corazón del hombre, para dar la salvación y pide fe en Él.

En el primer episodio, ante la noticia de que la hija de Jairo ha muerto, Jesús le dice al jefe de la sinagoga: "No temas; solamente ten fe" (v. 36), lo lleva con él donde estaba la niña y exclama: "Muchacha, a ti te digo, levántate" (v. 41). Y esta se levantó y se puso a caminar. San Jerónimo decía estas palabras, haciendo hincapié en el poder salvífico de Jesús: "Niña, levántate hacia mí: no por tu mérito, sino por mi gracia. Álzate por mi: el hecho de ser curada no depende de tu virtud" (Omelie sul Vangelo di Marco, 3).

El segundo episodio, el de la mujer con hemorragia, volverá a poner en evidencia cómo Jesús vino a liberar al ser humano en su totalidad. En efecto, el milagro se lleva a cabo en dos fases: en la primera se da la curación física, que está estrechamente relacionada con la curación más profunda, aquella que da la gracia de Dios a quien se abre a Él con fe. Jesús le dice a la mujer: "Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad" (Mc. 5,34). Estas dos historias de curación son una invitación para nosotros, a fin de superar una visión puramente horizontal y materialista de la vida. A Dios le pedimos tantas curaciones de problemas, de necesidades concretas, y es justo, pero lo que debemos pedir con insistencia es una fe más segura, para que el Señor renueve nuestra vida, y una firme confianza en su amor, en su providencia que no nos abandona.

Jesús, que está atento al sufrimiento humano, nos hace pensar a todos aquellos que ayudan a los enfermos a llevar su cruz, en particular los médicos, los operadores sanitarios y cuantos aseguran la asistencia religiosa en las casas o asilos. Se trata de "reservas de amor", que llevan serenidad y esperanza a los que sufren. En la encíclica Deus caritas est, he observado que, en este valioso servicio, en primer lugar se necesita la competencia profesional --que es la primera necesidad--, pero esta por sí sola no es suficiente. Se trata, de hecho, de seres humanos, que tienen necesidad de humanidad y de la atención del corazón. "Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una «formación del corazón»: se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro" (n. 31).

Pidámosle a la Virgen María que acompañe nuestro camino de fe y nuestro compromiso de amor concreto, especialmente a los más necesitados, mientras invocamos su maternal intercesión por nuestros hermanos que viven el sufrimiento en el cuerpo o en el espíritu.

El papel del Papado en nuestra fe

En estos días hemos celebrado la fiesta de San Pedro, el primer Papa, mi patrono. Al ponerme bajo su patrocinio, la Iglesia me pone un ejemplo de caridad y me confía especialmente bajo su protección. El propio Jesucristo confió una misión especial a Pedro, que es mi deber dejarle llevar a cabo en mí: «confirma a tus hermanos en la fe» (Lc 22,32) y como cristiano y sacerdote que soy tengo a mi vez la responsabilidad de hacerlo con los demás. .
Por ello no puedo por menos de preguntarme sobre el papel del Papado en nuestra fe. Ante todo lo esencial de mi fe es creer que la segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, se ha hecho Hombre en Jesucristo, por lo que es verdadero Dios y verdadero Hombre, con el objetivo de, a través de su Pasión, Muerte y Resurrección, injertarnos en la Vida Trinitaria y llevarnos así a la felicidad eterna.
Pero actualmente nos encontramos con que muchos aceptan a Jesucristo, pero no a la Iglesia, por lo que lo primero que tenemos que plantearnos es si hay alguna relación entre Cristo y la Iglesia Católica. En pocas palabras, ¿tiene algo que ver la Iglesia Católica con Jesucristo? Una contestación muy clara la encontramos en Mt 16,18: «Ahora te digo yo: -Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré miIglesia».
Ahora bien si hay una Iglesia de Jesucristo, a la que Él llama mi Iglesia, es indudable que esa Iglesia debe tener unas señas de identidad que nos permitan reconocerla sin demasiadas dificultades. Cristo confió el gobierno de su Iglesia a san Pedro y a los demás Apóstoles, que por ley de vida han encontrado sus sucesores en los Papas y en el Colegio Episcopal, es decir en la sucesión apostólica. Este tema de la sucesión apostólica es el gran argumento para saber que estamos en la verdadera Iglesia de Cristo, Como dice el Catecismo: «Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de lo sucesores de san Pedro y los Apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen» (CEC 863). El mismo Jesús nos confirma su permanencia en la Iglesia y la fidelidad de Ésta a Él, cuando en la frase final del evangelio de san Mateo nos dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días,hasta el final de los tiempos»(Mt 28,20). Recuerdo que de esta frase me serví cuando hablando con un mormón, pero creo que valdría también para todos los grupos que se han separado de la Iglesia Católica, le dije: «Vosotros pensáis que la Iglesia la fundó Jesucristo, pero se corrompió inmediatamente, hasta que en el siglo XIX, Joseph Smith la devolvió a su plenitud. Personalmente, y más teniendo en cuenta Mt 28,20, no creo que ni Jesucristo, ni el Espíritu Santo se tomasen unas vacaciones de diecinueve siglos». Creo que la Iglesia siempre ha mantenido las verdades de la fe, aunque en la práctica, es indudable que todos somos pecadores y, por tanto, en muchas ocasiones, dejamos bastante que desear.
Actualmente muchos critican a la Iglesia y la rechazan, aunque sigan considerándose católicos, e incluso buenos católicos. Pero basta que la Iglesia diga A, para que ellos opinen lo contrario. El relativismo, lo políticamente correcto, el anticlericalismo, están haciendo estragos. Especialmente el rechazo es claro en el campo moral. Y sin embargo lo primero que me enseñaron en Teología Moral es que la Iglesia es Madre y tiene sentido común. De hecho cuando veo algunas de las cosas que defienden nuestros adversarios, no puedo por menos de recordar aquello de: «Pobre la sociedad en la que hay que defender lo evidente». Y en cuanto al anticlericalismo de mucha gente les respondo: «Seguramente os habréis encontrado con algún cura idiota. Pero si en vuestra vida os encontráis con algún médico idiota, seguro que os vais a otro médico y no se os ocurre pensar que todos los médicos son idiotas. Pues aquí haced lo mismo».

Pedro Trevijano, sacerdote
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