lunes, 8 de junio de 2015

Las dificultades de interpretar la Biblia

Hace unos días recomendé a una persona, siguiendo un consejo del Papa Francisco, que leyese todos los días un trozo de los evangelios, y luego intentase meditar sobre él. Me contestó diciéndome que le resultaba difícil leer la Biblia, y mucho más meditar sobre ella. Mi respuesta fue que los evangelios no eran tan difíciles y que, aunque era muy posible que algunos trozos no le dijeran nada, de otros, los que estaban más a su alcance, era fácil sacar provecho. Es evidente que en la Biblia junto a textos fáciles de encontrar sentido, hay otros difíciles y oscuros. En este artículo utilizo como fuentes dos documentos de la Pontificia Comisión Bíblica: “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” (1993) e “Inspiración y verdad de la Sagrada Escritura” (2014). “El problema de la interpretación de la Biblia no es una invención moderna, como a veces se querría hacer creer. La Biblia misma testimonia que su interpretación ofrece dificultades. Al lado de textos límpidos, tiene también pasajes oscuros. Leyendo algunos oráculos de Jeremías, Daniel se interrogaba largamente sobre su sentido (Dn 9,2), Según los Hechos de los Apóstoles, un etíope del primer siglo se encontraba en la misma situación a propósito de un pasaje del libro de Isaías (Is 53,7-8) y reconocía la necesidad de un intérprete (Hch 8,30-35)”. Actualmente el problema es aún más complicado, porque para encontrarnos con los hechos y palabras de la Biblia, necesitamos volver atrás veinte o treinta siglos, lo que añade dificultades. Muchos de estos textos complicados son de naturaleza moral. Con frecuencia los textos morales bíblicos no se preocupan en distinguir entre los preceptos morales universales de las prescripciones de pureza ritual o de las reglas jurídicas particulares, sino que se encuentra todo junto, sin olvidar que la Biblia refleja una evolución moral considerable, que encuentra su perfeccionamiento en el Nuevo Testamento. Concretamente, uno de los mayores obstáculos para aceptar la Biblia como Palabra inspirada, lo constituye la presencia, sobre todo en el Antiguo Testamento, de manifestaciones repetidas de violencia y crueldad, ordenadas en muchos casos por Dios, en otros muchos objeto de súplicas dirigidas al Señor, y en otros atribuidas directamente a Él por el autor sagrado. Desde sus primeras páginas la Biblia muestra que la violencia surge en la sociedad humana (Gén 4,8.23-24), siendo su matriz el rechazo de Dios que se manifiesta en la idolatría (Rom 1,16-32). Poniendo ante los hombres las terribles consecuencias de las perversiones del corazón (Gén 6,5; Jer 17,1), la Palabra de Dios tiene función profética y así invita a reconocer el mal para evitarlo y combatirlo. Pero la Torá del Señor no indica sólo que cada uno es llamado a seguir como un deber, sino que prescribe también lo que hay que hacer frente al culpable, en orden a extirpar el mal (Dt17,12; 22, 21-24) resarcir a las víctimas y promover la paz. La sanción punitiva es de hecho necesaria, porque abolir completamente el castigo equivaldría a tolerar el mal y a hacerse cómplice del mismo. El sistema penal, regulado por la llamada ‘ley del talión’ es imperfecto, pero se basa en la proporción equitativa entre daño y sanción, entre daño provocado y daño sufrido. En lugar de la venganza arbitraria se fija la medida de una justa reacción al acto malo. Es un deber que el mal no quede impune y que las víctimas y que las víctimas sean socorridas y resarcidas. No olvidemos tampoco la apertura constante al perdón hacia el culpable ( Is 1,18; Gén 4,11), perdón concedido cuando se manifiesta en sentimientos y actos de verdadero arrepentimiento ( Gén 3,10; Ez 18,23). Podemos por tanto decir que el Antiguo Testamento contiene ya los principios y valores que guían un actuar plenamente conforme con la dignidad humana, mientras el Nuevo Testamento ilumina estos principios y valores por la revelación del amor de Dios en Cristo. Nuestro estudio de la Biblia producirá sus mejores frutos, cuando se efectúe en el contexto de la fe viva de la comunidad cristiana, orientada hacia la salvación del mundo entero. Pedro Trevijano, sacerdote

Creo en la oración

Acabo de pasarme tres semanas en Buenos Aires, donde se me han hecho muchas preguntas, pero dos de modo especial y frecuente. Una ha sido, como os podéis suponer, que qué pensamos los españoles del Papa Francisco. Aquí mi respuesta ha sido clara y contundente. Ya hace muchos años, era todavía seminarista, alguien me dijo: «El buen superior, es el que es amadísimo por la mayoría de sus súbditos y odiadísimo por una minoría». En cuanto al aspecto nacionalista, creo que a muy pocos españoles les puede molestar que sea argentino y en cambio a la gran mayoría nos agrada tener un Papa cuya lengua nativa es el español. La otra ha sido sobre la Iglesia española. En cuanto a la situación de la Iglesia española es indudable que estamos asistiendo a una descristianización galopante desde hace bastante tiempo. En mis primeros tiempos de profesor de Religión y Moral en Institutos públicos de mi ciudad, allá por los años setenta y ochenta, alrededor de la tercera parte de mis alumnos iban a Misa los domingos y ése era el resultado normal. Hoy no lo sé, porque hace doce años que estoy jubilado, pero supongo que es fácil no llegue ni al cinco por ciento. Muchísimos padres no se preocupan en absoluto de la educación cristiana de sus hijos, ni les dan ejemplo, acompañándoles en la Misa, por lo que los hijos dejan muy pronto de ir. Y no hablemos de la oración en familia. Todavía recuerdo con horror un curso de Religión que muchos no se sabían ni el Padre Nuestro. Claro que resultó que en sólo una casa se rezaba y cuando la chica dijo: «En mi casa sí se reza», los demás la miraron como a una marciana. Desde luego que hay motivos de pesimismo, y aunque pienso que nuestro episcopado es ciertamente católico y en él no hay desviaciones doctrinales, no es lo mismo en algunos sacerdotes y comunidades de base, como por ejemplo la Asociación de Teólogos Juan XXIII, cuyo comunicado de fin de Congreso no fue precisamente católico. Pero esto no es una novedad en la Iglesia. Ya en los evangelios (Mt 8,23-27; Mc 4,35-41; Lc 8,22-25), nos encontramos con el episodio de la tormenta que amenaza con hundir la barca. Desde siempre por tanto no faltan motivos para el pesimismo. Pero si nos preguntamos cuál es la actitud propia del cristiano y mucho más la del católico, aun siendo o precisamente por ser realistas, hemos de estar abiertos a la alegría y a la esperanza. Si queremos cambiar el mundo lo primero que hemos de hacer es cambiar nosotros mismos. San Juan XXIII y la Beata Teresa de Calcuta responden a personas que les hablan de lo mal que está el mundo, ya en su época, no negando el hecho, sino diciéndoles: «Vd. y yo vamos a ser dos personas decentes. Así habrá dos sinvergüenzas menos», o el propio Juan XXIII, que en ocasión de un problema complicado, se dice a sí mismo: «El verdadero jefe de la Iglesia no eres tú, sino el Espíritu Santo». En esta línea me impactó profundamente una frase que leí en mis estudios: «lo específico del cristiano es la esperanza».. Y el tener esperanza lleva a creer en la vida y a la alegría. Y en este sentido es impresionante el inicio de la Exhortación Apostólica «Evangelii gaudium» del Papa Francisco: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (EG nº 1), aunque también es cierto «que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma , y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza de ser infinitamente amado» (EG nº 6). En cierta ocasión me decía una persona. «cuando tengo un problema, acudo al mejor psiquiatra y psicólogo del mundo, que además me sale gratis y se llama Jesucristo». Pero si esto es a nivel individual, también a nivel colectivo veo, utilizando una expresión política, una serie de brotes verdes, expresión que a mis amigos argentinos, les gustaba mucho. No sólo cada vez hay más grupos de oración, sino que se están multiplicando las horas santas, las adoraciones ante el Santísimo e incluso las adoraciones perpetuas, que como veo por el artículo de Jorge González Guadalix «El precio de tener una capilla de adoración perpetua en la parroquia», son iniciativas, que da la impresión, no son muy del agrado del Maligno. Pero como del adversario sigue el consejo, pero al revés, espero que estas iniciativas, ya en franco crecimiento, se multipliquen rápidamente. Y es que la oración es la gran arma para derrotar al demonio. Pedro Trevijano, sacerdote