miércoles, 27 de mayo de 2015

Catequesis del Papa Francisco sobre el noviazgo

Queridos hermanos y hermanas: La catequesis de hoy está centrada en el noviazgo, llamado a poner las bases de un proyecto de amor común, y que debe ser asumido con plena conciencia. El matrimonio, como vocación de Dios, no es sólo una relación basada en la atracción y el sentimiento, sino que establece una alianza tan sólida y duradera, que hace de dos vidas una sola, un auténtico milagro de la libertad humana y de la gracia de Dios. Una alianza así no se improvisa de un dia para otro. El noviazgo crea las condiciones favorables para que el hombre y la mujer se conozcan a fondo, para que maduren la decisión responsable por algo tan grande, que no se puede comprar ni vender. La cultura consumista del “usar y tirar”, del “todo y enseguida”, imperante en nuestra sociedad muchas veces tiende a convertir el amor en un objeto de consumo, que no puede constituir el fundamento de un compromiso vital. La Iglesia, en su sabiduría, sabe que el amor no se compra. Y por eso ha preservado la distinción entre el noviazgo y el matrimonio, precisamente para proteger la profundidad del sacramento. Los cursos prematrimoniales son una expresión de esta solicitud por la preparación a los esposos. Hoy más que nunca es necesario revalorizar el noviazgo, como una iniciación a la sorpresa de los dones espirituales con los cuales Dios bendice y enriquece a la familia. Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y de América Latina. Invito a todos, especialmente a los esposos cristianos, a acompañar con la oración y el testimonio de amor y fidelidad, a los jóvenes novios que se preparan para el matrimonio. Muchas gracias.

martes, 5 de mayo de 2015

La inteligencia progresiva del Evangelio

Como dice la “Lumen Gentium”, la Iglesia es el Pueblo de Dios en marcha hacia el Reino: “Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (cf. 2 Esd 13,1; Nm 20,4; Dt 23,1 ss), así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cf. Hb 13,14), también es designado como Iglesia de Cristo (cf. Mt 16,18), porque fue El quien la adquirió con su sangre (cf. Hch 20,28), la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social. Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutífera [15]. Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos.Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso” (nº 9). Este caminar requiere sin cesar nuevas adaptaciones, por lo que creemos también que progresa, bajo la acción del Espíritu, la comprensión del mensaje evangélico. La Palabra de Dios es inagotable, demasiado rica para ser comprendida de una sola vez; se precisa toda la sucesión de generaciones de los fieles, no sin la ayuda e intervención de la Iglesia, para ir penetrando cada vez más profundamente en el misterio de la enseñanza de Cristo. En función de esta mayor aproximación de la Palabra de Dios, podemos encontrar nuevas exigencias morales. Comprometerse en nuevas respuestas no supone renegar de las etapas anteriores, sino un pensar que la Palabra de Dios es creadora y se dirige a un mundo y a una Iglesia que viven y progresan. Leída en la Iglesia, la Biblia será un punto de partida que nos permitirá construir, contando también con la ayuda de las ciencias humanas, una Teología Moral científica que nos permita responder a los problemas actuales. Y es que en efecto, la constante maduración moral que exige la evolución de las circunstancias, debe reposar sobre la base sólida y estable de una fe muy pura y siempre en renovación para que pueda acoger los impulsos del Espíritu (Jn 3,8). El cristiano es por tanto un fiel en el sentido profundo de la palabra, pues cree en la intervención de Dios en la historia humana y reconoce a la Revelación un valor normativo sobre sus actos. Cristo nos enseña el camino por el que debemos ir y la falta moral o pecado es rechazar el plan del amor divino, mientras que la virtud moral es la aceptación del plan de Dios sobre el hombre, el mundo y la historia, plan que supone nuestra santificación, es decir nuestra realización personal y colectiva. Bajo el influjo del Espíritu Santo madura el dinamismo cristiano. Una vida cristiana sin crecimiento es una contradicción; el cristianismo es una llamada al desarrollo continuo (Hch 12,24; Col 1,10; Ef 4,15). La gracia está destinada a crecer, aumentando nuestra semejanza espiritual con Dios e incrementando nuestra participación en la vida divina. Nuestra moral es imitación de Cristo, no sólo porque Él es el Dios que nos revela la perfección divina y nos asegura la ayuda indispensable de la gracia, sino también porque, siendo hombre, realizó la perfección en su vida humana. Ser perfectos será para nosotros vivir a la manera de Cristo. Esta imitación no deberá quedar en meras palabras, sino debe llevarnos a transformar nuestra vida cotidiana dando una respuesta concreta a los interrogantes que se nos presentan. Nuestra moral para ser cristiana ha de ser humana, viviendo la fe en Cristo en medio de nuestras tareas temporales, siendo la misión del pueblo de Dios el testimoniar la presencia de Cristo a los hombres de hoy, testimonio que se da a través del amor y en el que consiste la actividad esencial de los discípulos de Jesús, pues según él seremos juzgados. La teología moral debe tener sumo cuidado en no reducir el cristianismo a una moral. Si cayera en esa tentación, se seguirían consecuencias desastrosas, tanto para la moral como para la evangelización y educación en la fe. Al proclamar la Buena Nueva, se nos invita a convertirnos al Reino de Dios. La fe y la evangelización incluyen necesariamente el llamamiento a la justicia, a la paz, a la reconciliación, a la fidelidad y a otros valores morales, pero si queremos ser exactos, tenemos que decir que lo propio de la moral católica no es lo propiamente humano, sino que surge como consecuencia de la fe y de la aceptación amorosa del Reino de Dios. No se trata del amor fraterno en sí mismo, sino de la participación del creyente en el amor que Dios nos tiene y por el que nos une a su propia vida, amor que nos capacita para amar al mundo y salvarlo. Pedro Trevijano, Sacerdote

El pecado social

El pecado social es una realidad que afecta a la sociedad, encarnándose en sus estructuras e impidiendo que los actos humanos alcancen sus dimensiones de verdad, bondad y comunión con los demás. Es un espíritu de egoísmo radical, de mentira y de falta de amor, que penetra en el tejido social y determina la vida de las personas y de la sociedad. Podemos decir que es la resultante y el fruto del pecado original, de las costumbres corrompidas, de las culturas alienadas, de la irresponsabilidad colectiva y de los pecados personales de cada generación humana. El pecado social “no debe inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de los individuos, sino que quiere ser una llamada a la conciencia de todos para que cada uno tome su responsabilidad... La Iglesia cuando habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios... sabe y proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales. Por lo tanto las verdaderas responsabilidades son de las personas" ( Exhortación Apostólica de San Juan Pablo II Reconciliatio et Paenitentia, 2-XII-1984, nº 16). Este pecado entra en la Historia con la libertad, y una vez entrado se instala, crece y prolifera en las relaciones interpersonales, oponiéndose al proyecto de Dios que quiere salvar a los hombres y, especialmente, tratando de impedir la transformación de la gente en Pueblo de Dios que camina hacia el Reino. Para ello intenta sustituir a Dios con los ídolos del tener, poder y placer, no teniendo en cuenta el valor y la dignidad de la persona humana y oponiéndose al amor de caridad. Y es que el pecado social tiene unas estructuras que "se fundan en el pecado personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas que las introducen y hacen difícil su eliminación". Pero al cristalizar los pecados sociales en "estructuras de pecado" surge algo cualitativamente distinto de la suma de dichos pecados. Las estructuras de pecado se manifiestan como un "poder extraño" que domina sobre nosotros y multiplica el mal en el mundo, por lo que encontramos en él mayor maldad de la que debería resultar sumando las malas voluntades individuales. Está claro que ante esta situación hemos de juzgar y actuar críticamente en la vida social y en las relaciones políticas, económicas e ideológicas, intentando luchar contra las costumbres sociales que supongan injusticia y pecado, es decir tenemos obligación de combatir los pecados estructurales, tanto a nivel personal como de comunidad de creyentes, pues estos pecados, aunque con su fuerza contribuyan a la expansión del mal en el mundo, no son un destino ciego insuperable que impida la realización del Reino de Dios en la Historia, por lo que hemos de aceptar nuestras responsabilidades ante el bien común y evitar las faltas de omisión. Si el pecado es una realidad esencialmente negativa, una laguna o carencia, el pecado de omisión, del que uno con frecuencia no se da cuenta, porque está tan centrado en sí mismo que no se ocupa de los demás, aparece como especialmente importante. Por su parte la Iglesia considera fundamental y urgente la edificación de estructuras menos opresivas y más justas, pero es consciente de que aún las mejores estructuras y sistemas, se convierten pronto en inhumanos si las malas inclinaciones del hombre no son saneadas, si no hay una conversión de corazón y de mente por parte de quienes viven en estas estructuras y sobre todo por quienes las rigen. Pues así como hay una solidaridad en el bien, se es también solidario en el mal. Sin embargo no olvidemos que las raíces profundas de las faltas son individuales, incluso si tienen aspectos colectivos. Cristo nos dice que del amor a Dios y al prójimo "penden la ley entera y los profetas" (Mt 22,40). El Bien está al servicio del Amor en sus dimensiones individual, social y trascendental. El Mal en cambio es lo que dificulta a estas relaciones. Jesús radicaliza este planteamiento y lo adopta en su mensaje sobre el Reino: Dios es sencillamente el Bien, y el que concede al hombre la salvación. Pedro Trevijano, Sacerdote