viernes, 21 de diciembre de 2012

Mons. Galimberti: Columna del Mons. Pablo Galimberti “Mamá ¿creés en las brujas? ¡No!” respondió ella a su hija de apenas 6 años, etapa donde fantasías y razonamientos empiezan a diferenciarse. “¿Y en Peter Pan? Sí, claro!” le concedió la madre para no desilusionarla, o quizás para darse un respiro y preparar una mejor respuesta. Pero apenas encontró al papá la niña volvió a la carga: “Papá, creés en las brujas?” “Nooo, pero que las hay, las hay!” Menos mal, Halloween no se suspende, pensó seguramente su hija pequeña. Las creencias populares, mezcladas con supersticiones, abundan y conviven en las sociedades más desarrolladas. Por un lado se asiste a la hazaña tecnológica del robot Curiosity que se posó el pasado 6 /VIII en Marte, después de recorrer 570 millones de kilómetros en 8 meses y medio de vuelo. Por otro lado muchos padecen agobios porque alguien les hizo un “trabajo”. Y en un parque de una ciudad de Estados Unidos o de Europa cualquiera puede tropezar con alguien que tira las cartas. En nuestro país y en Argentina se habla de la “luz mala”. Consiste en la aparición nocturna de una luz brillante que flota a poca altura del suelo. Puede permanecer inmóvil, desplazarse, o en algunos relatos, perseguir a gran velocidad al aterrorizado observador. Comúnmente se identifica a la “luz mala” como un “alma en pena”. También circula la leyenda del lobizón. Se teme a los “gualichos” o embrujos. Muchas personas se convencen que les han hecho alguna brujería. Los libros de Harry Potter han puesto de moda la brujería, con algunas consecuencias ambiguas, ya que el mundo de los humanos es denigrado mientras el de las brujas y hechiceros exaltado, como si el mal fuese bueno, tal es lo que afirma un crítico de prestigio. La Iglesia Católica sostiene que tanto la magia como la hechicería son prácticas condenables, aún cuando sea para procurar, por ejemplo, la salud. Mediante esta práctica se pretende manipular potencias ocultas para ponerlas a propio servicio. Todo lo contrario a una actitud confiada en Dios Padre que no olvida ni siquiera al gorrión más pequeño que se posó esta mañana en mi ventana. El próximo del 31 de octubre, víspera de la fiesta cristiana de todos los santos, según tradiciones célticas, era la noche de Halloween! Tales tradiciones se ha popularizado en Estados Unidos y aterrizó en nuestro país, especialmente entre los niños. Estos, disfrazados de fantasmas y brujas, van de puerta en puerta pidiendo golosinas, diciendo “trick or treat” (truco o regalo); quien se niega a darles lo que piden es objeto de alguna “diablura”. Shakespeare abre la tragedia del general Macbeth, con una representación, equivalente a un sueño, que en lugar de prevenirlo sobre sus fantasías de grandeza, ocasionarán su ruina. Tres brujas le dicen que será rey. La película de R. Polanski (1971) da rostro a estas horrendas figuras femeninas. Erich Fromm tiene un libro sobre el lenguaje olvidado de los sueños al que, lamentablemente, no se presta la debida atención. María L. von Franz, discípula de Jung, señala que una de las formas en que se representan en el hombre sus sentimientos ocultos es a través de figuras de mujer, entre ellas por ejemplo, señala las figuras frías y atrevidas. Añade que esto, culturalmente se ha expresado, muchas veces, por medio de la creencia en las brujas. Transcribe una fábula sobre este lado desconocido que resulta ilustrativa. Un hombre captura un gorila hembra y lo lleva a su campamento. Pronto advierte que al regresar a su casucha todo está en orden. Curioso, un día se esconde y observa. Ve a una bellísima dama que sale de la piel de gorila y ordena el lugar. El hombre toma esa piel, la quema y pide a la joven que se quede con él. Ella acepta con la condición de que el hombre nunca mencione su anterior condición. Pero un día, alterado, le grita “gorila”. La joven vuelve a su aspecto animal y escapa llevándose al niño que habían tenido. El hombre, furioso, incendia la casa. Hay que tratar bien a nuestro lado oculto. Columna publicada en el Diario “Cambio”, del 26 de octubre de 2012

Un tiempo para los cristianos a comprometerse con el mundo

ARTÍCULO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI en el Financial Times " "Dad al César lo que es del César ya Dios lo que es de Dios", fue la respuesta de Jesús cuando se le preguntó sobre el pago de impuestos. Sus interrogadores, por supuesto, estaban tendiendo una trampa para él. Ellos querían obligarlo a tomar partido en el debate político altamente cargado sobre la dominación romana en la tierra de Israel. Sin embargo, había algo más en juego: si Jesús era realmente el Mesías esperado, entonces seguramente se opondría a los señores romanos. Así que la pregunta se calculó a exponerlo ya sea como una amenaza para el régimen, o un fraude. La respuesta de Jesús se mueve con destreza el argumento a un plano superior, suavemente advierte contra tanto de la politización de la religión y la deificación del poder temporal, junto con la incesante búsqueda de la riqueza. Su público necesita que se le recuerde que el Mesías no era César, y César no era Dios. El reino que Jesús vino a establecer era de un orden completamente superior. Como le dijo a Poncio Pilato: "Mi reino no es de este mundo". Los cuentos de Navidad en el Nuevo Testamento se pretende transmitir un mensaje similar. Jesús nació en un "censo de todo el mundo" tomada por César Augusto, el emperador famoso por llevar la Pax Romana a todas las tierras bajo dominio romano. Sin embargo, este niño, nacido en un rincón oscuro y extensa del Imperio, era ofrecer al mundo una paz mucho mayor, verdaderamente de alcance universal y trasciende todas las limitaciones de espacio y tiempo. Jesús se nos presenta como heredero del rey David, pero la liberación que trajo a su pueblo, no se trataba de la celebración de ejércitos enemigos a raya, sino que fue el pecado sobre la conquista y la muerte para siempre. El nacimiento de Cristo nos desafía a reconsiderar nuestras prioridades, nuestros valores, nuestra forma de vida. Aunque la Navidad es, sin duda, un momento de gran alegría, es también una ocasión para la reflexión profunda, incluso un examen de conciencia. Al final de un año que ha significado dificultades económicas para muchos, ¿qué podemos aprender de la humildad, la pobreza, la sencillez del pesebre? Navidad puede ser el momento en el que aprendemos a leer el Evangelio, para llegar a conocer a Jesús no sólo como el Niño en el pesebre, sino como aquel en quien reconocemos a Dios hecho Hombre. Es en el Evangelio que los cristianos encontrar la inspiración para su vida cotidiana y su participación en los asuntos del mundo - ya sea en las Casas del Parlamento o de la Bolsa de Valores. Los cristianos no deben rehuir el mundo, sino que debe comprometerse con ella. Sin embargo, su participación en la política y la economía debe trascender toda forma de ideología. Luchar contra la pobreza a los cristianos de un reconocimiento de la suprema dignidad de cada ser humano, creado a imagen de Dios y destinado a vivir eternamente. Cristianos trabajan para una distribución más equitativa de los recursos de la tierra de la creencia de que, como administradores de la creación de Dios, tenemos el deber de cuidar a los más débiles y vulnerables. Cristianos se oponen a la codicia y la explotación de la convicción de que la generosidad y el amor desinteresado, como se enseña y vivido por Jesús de Nazaret, es el camino que conduce a la plenitud de la vida. Creencia cristiana en el destino trascendente de cada ser humano da urgencia a la tarea de promover la paz y la justicia para todos. Debido a que estos objetivos son compartidos por muchos, mucho más fructífera cooperación es posible entre los cristianos y otros. Sin embargo, los cristianos dar al César lo que le pertenece sólo a César, no lo que es de Dios. Los cristianos tienen a veces largo de la historia han podido cumplir con las demandas hechas por César. Desde el culto emperador de la antigua Roma a los regímenes totalitarios del siglo pasado, César ha tratado de tomar el lugar de Dios. Cuando los cristianos se niegan a inclinarse ante los dioses falsos que hoy se propone, no es a causa de una anticuada visión del mundo. Más bien, es porque están libres de las limitaciones de la ideología e inspirada por una visión noble del destino humano que no pueden coludirse con cualquier cosa que la socava. En Italia, muchas escenas del pesebre cuentan con las ruinas de antiguos edificios romanos en el fondo. Esto demuestra que el nacimiento del niño Jesús marca el fin del antiguo orden, el mundo pagano, en el que las reclamaciones de César pasó prácticamente sin oposición. Ahora hay un nuevo rey, que no se basa en la fuerza de las armas, sino en el poder del amor. Él trae esperanza a todos aquellos que, como él, viven en los márgenes de la sociedad. Él trae esperanza a todos los que son vulnerables a las fortunas cambiantes de un mundo precario. Desde el pesebre, Cristo nos llama a vivir como ciudadanos de su reino celestial, un reino que todas las personas de buena voluntad pueden ayudar a construir aquí en la tierra.

Hoy tendría que terminar el mundo.

Scott Brodeur, teólogo jesuita de la Universidad Gregoriana, explica el éxito mediático de la “profecía” de los mayas Aunque la mayor parte de las personas no cree en ello, hay cada vez más gente en la televisión que habla del «fin del mundo», previsto para este 21 de diciembre. Incluso Benedicto XVI, con la erudición que le caracteriza y con su tono siempre humano y espiritual, reflexionó sobre el argumento durante el Ángelus del domingo pasado, invitando a los cristianos a no creer en el temido fin del mundo. En lugar de ello, los cristianos deberían concentrarse en la recta vía para «entrar en la vida eterna». Mientras el día funesto se acercaba y crecía el frenesí mediático sobre el inminente fin del mundo, Vatican Insider entrevistaba al teólogo estadounidense, Scott Brodeur, expeto de San Pablo en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. ¿Por qué tantas personas atienden estas “predicciones”, a pesar de que sean tan inverosímiles? Esto se debe a la obsesión que la sociedad tiene por lo efímero, por las cosas pasajeras y, sobre todo, con el sensacionalismo. Si ciertas películas de Hollywood no hubieran exagerado las consecuencias apocalípticas que se extrapolan del final del ciclo del calendario de los mayas, nadie hablaría del fin del mundo ahora. Sin duda, es mucho más fácil dejarse llevar por las exageraciones mediáticas y creer en las “pseudociencias” y en las verdades a medias en vez de afrontar las cuestiones verdaderamente urgentes, como la paz en el Medio Oriente, el terrorismo internacional, el hambre en el mundo, las reglas para la posesión de armas y la violencia en muchas escuelas de los Estados Unidos (por citar solo algunos desafíos de la humanidad). Pero un día el mundo se va a acabar de cualquier manera… Claro, los científicos recuerdan que el universo llegará a un final frío y oscuro dentro de miles de millones de años. Mientras tanto, debemos poner manos a la obra y tomar en serio nuestras responsabilidades cotidianas. Como sacerdote y profesor universitario, tendré que leer y corregir las tesis de mis alumnos durante las próximas semanas. ¡Y pretendo ver a cada uno de ellos después de las vacaciones de Navidad! El hombre no puede vivir sin cuestionarse sobre el fin del mundo y sobre una realidad más duradera de la que vivimos todos los días. ¿Por qué? Los que se cuestionan sobre el sentido de la vida y reflexionan sobre el fin del mundo pueden dirigirse a los textos filosóficos y teológicos que se ocupan de estas cuestiones desde el inicio de la historia. Los judíos y los cristianos comparten muchos pasajes bíblicos que tratan temas fundamentalmente existenciales sonbre los que se puede meditar y reflexionar. Dios creó el cosmos y todo lo que contiene con amor. Los primeros versículos del Génesis lo demuestran de manera muy clara y bella. Fuimos creados, efectivamente, para el cielo y Dios desea verdaderamente nuestra felicidad, nuestro bienestar y nuestra salvación final. En la época de San Pablo, la gente creía que el fin del mundo estaba muy cerca… Para él y para sus comunidades, el fin del mundo había comenzado gracias al evento de Cristo. Además, creían que la realización final del plan divino habría llegado muy pronto, dentro del arco de sus vidas. Nosotros, naturalmente, no sentimos la misma urgencia, y el paso del tiempo (dos milenios) ha enseñado a la Iglesia que el tiempo de la Evangelización debe continuar. Las personas y muchos movimientos cristianos “herejes” han previsto el fin del mundo en muchas ocasiones. ¿Cuál es la opinión de la Iglesia católica sobre estas previsiones? Ha habido periodos en la historia en los que las personas tenían un ansia particular y un terror apocalíptico, especialmente hacia el año 100, pero también en el año 2000, cuando se desencadenó la histeria por el fin del milenio. Falsos profetas predicaban y anunciaban el inminente final. La Iglesia, naturalmente, solo puede repetir las palabras de Jesús mismo: estar en guardia, pues no sabemos cuándo será el momento. Alrededor de 20 años después de la muerte y Resurrección de Jesús, San Pablo exhortó a la sobriedad y a la cautela. Hoy en día la Iglesia sigue haciendo lo mismo. Sin embargo no logramos no pensar en el fin del mundo y en las “últimas cosas”, a pesar de saber que la “profecía” de los mayas y de otros son supercherías... Reflexionar sobre las “últimas cosas” es fundamental en nuestras vidas de cristianos… Nos recuerda que somos criaturas, que somos mortales y que formamos parte de un plan divino mucho más grande. Los cristianos deben creer en la bondad del plan de Dios y confiar en ese plan, tratando, mientras tanto, de hacer el bien y de amar al prójimo como a sí mismos. Amor que se expresa a través del servicio. Amor que exige sacrificios. Amor que se hace concreto solo si estamos dispuestos a poner manos a la obra y hacer nuestra parte. ALESSANDRO SPECIALE ROMA

sábado, 1 de diciembre de 2012

"COMO EN EDIFICIOS DE CEMENTO SIN VENTANAS..."

Queridos amigos, Con viva gratitud y con afecto saludo a todos los participantes en el "Atrio de los gentiles", que se inaugura en Portugal el 16 y 17 de noviembre de 2012 y que reúne a creyentes y no creyentes alrededor de la inspiración común de afirmar el valor de la vida humana en vista de la creciente oleada de la cultura de la muerte. En realidad, la conciencia de la sacralidad de la vida que nos ha sido confiada, no como algo de lo cual se puede disponer libremente, sino como un don que hay que custodiar fielmente, pertenece a la herencia moral de la humanidad. "Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término" (Encíclica "Evangelium vitae", n. 2). No somos un producto casual de la evolución, sino que cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios: somos amados por Él. Pero si la razón puede captar este valor de la vida, ¿por qué hay que llamar en causa a Dios? Respondo citando una experiencia humana. La muerte de la persona amada es, para quien la ama, el hecho más absurdo que se pueda imaginar: ella es incondicionalmente digna de vivir, es bueno y bello que exista (el ser, el bien, lo bello, como diría un metafísico, se equivalen trascendentalmente). Del mismo modo, la muerte de esta misma persona parece, a los ojos de quien no la ama, como un hecho natural, lógico (no absurdo). ¿Quién tiene razón? ¿El que ama ("la muerte de esta persona es absurda") o el que no ama ("la muerte de esta persona es lógica")? La primera posición es defendible sólo si toda persona es amada por un Poder infinito; y éste es el motivo por el cual ha sido necesario recurrir a Dios. De hecho, quien ama no quiere que la persona amada muera; y si pudiera, lo impediría siempre. Si pudiera... El amor finito es impotente; el Amor infinito es omnipotente. Ahora bien, ésta es la certeza que la Iglesia anuncia: " Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). ¡Sí! Dios ama a toda persona que, por esto, es incondicionalmente digna de vivir. "La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del amor del Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué inestimable es el valor de su vida". (Enciclica "Evangelium vitae", n. 25). En la época moderna el hombre ha querido, sin embargo, sustraerse a la mirada creadora y redentora del Padre (cfr. Jn 4, 14), apoyándose en sí mismo y no en el Poder divino. Algo así como sucede con los edificios de cemento armado sin ventanas, donde es el hombre quien provee la aireación y la luz; e incluso en un mundo así auto-construido se recurre también a los "recursos" de Dios, que son transformados en nuestros productos. ¿Qué podemos decir entonces? Es necesario volver a abrir las ventanas, ver de nuevo la vastedad del mundo, el cielo y la tierra y aprender a usar todo esto de manera justa. De hecho, el valor de la vida se convierte en evidente sólo si Dios existe. Por esto, sería bello si los no creyentes quisieran vivir "como si Dios existiera". Aunque no tengan la fuerza para creer, deberían vivir en base a esta hipótesis: en caso contrario, el mundo no funciona. Hay tantos problemas que deben ser resueltos, pero que no lo serán nunca del todo si no se pone a Dios en el centro, si Dios no se convierte, de nuevo, en visible en el mundo y determinante en nuestra vida. Aquel que se abre a Dios no se aleja del mundo y de los hombres, sino que encuentra hermanos: en Dios caen nuestros muros de separación, somos todos hermanos, formamos parte los unos de los otros. Amigos míos, desearía concluir con estas palabras del concilio Vaticano II a los pensadores y científicos: "Felices los que, poseyendo la verdad, la buscan más todavía a fin de renovarla, profundizar en ella y ofrecerla a los demás" (Mensaje, 8 de diciembre de 1965). Estos son el espíritu y la razón de ser del "Atrio de los gentiles". A vosotros, comprometidos de distintas formas en esta significativa iniciativa, os expreso mi apoyo y dirijo mi más sentido estímulo. Que mi afecto y bendición os acompañen hoy y en el futuro. BENEDICTUS PP XVI Desde el Vaticano, 13 de noviembre de 2012 __________