martes, 17 de junio de 2014

Nota Pastoral sobre la inhumación e incineración de los cadáveres

La enfermedad y la muerte forman parte de nuestra existencia humana y social. Es la única realidad del mundo de la que nadie puede sustraerse. El hombre y la sociedad de todos los tiempos, para ser libres y responsables, han de asumir su límite humano. No pueden ocultar o ignorar un aspecto de sí mismos. La sepultura de los difuntos y el honor rendido a los muertos se remonta a las primeras épocas de la humanidad. Se conocen vestigios de veneración a los antepasados con más de 100.000 años de antigüedad. En todas las grandes religiones el culto a los muertos ha formado parte de los actos religiosos. Las formas de dar sepultura han sido diversas: se conocía tanto el entierro como la cremación, el abandono de los difuntos sobre los árboles (entregados así a los dioses) y la inmersión en alta mar; algunas de estas formas han sobrevivido hasta la actualidad. Creo en Jesucristo… muerto y sepultado Esta es una verdad de nuestra fe. La confesamos en el Símbolo de los Apóstoles. Creemos que el Señor Jesús, después de morir en la cruz, fue depositado en un sepulcro, permaneciendo allí hasta el momento de su resurrección. Esta era la práctica judía de la época. Seguramente, el hecho de haber sepultado a Jesús marcó con fuerza el criterio de los Apóstoles como así también el de los primeros cristianos, ya que su deseo era seguir los mismos pasos del Maestro. A la costumbre judía de la inhumación de los cadáveres se unió el hecho real de que Jesús fue sepultado. Esta realidad se convirtió en un imperativo y en un signo de identidad para los cristianos frente a otros cultos paganos, especialmente en territorio helénico y romano. La inhumación y su proceso “Inhumar” (del latín humus: tierra) significa “enterrar”. El enterramiento de los difuntos bautizados en Cristo constituyó la forma prioritaria de inhumación para la tradición cristiana, ya que, como acabamos de ver, estaba en consonancia con la costumbre judía e imitaba el rito fúnebre aplicado al mismo Jesús. Además, la inhumación se convirtió en una de las formas de diferenciación con respecto al paganismo. Más tarde, las normas y directivas de la Iglesia prohibirán la incineración de las exequias de los bautizados, aunque no faltaron excepciones, por ejemplo, en casos de peste e infecciones públicas, en las que convenía deshacerse de los cadáveres como prevención a contagios. La incineración en el horizonte de la esperanza de la fe La dignidad de la sepultura es una prioridad, un deber. “Incinerar” significa quemar, hacer cenizas, y se aplica fundamentalmente a la cremación de los cadáveres. La reflexión teológica y el mismo desarrollo histórico produjeron que, en 1963, la Instrucción Piam et constantem suprimiera la expresa prohibición de la cremación para los católicos, como también las sanciones que la acompaña­ban. El Nuevo Código de Derecho Canónico de 1983 señala lo siguiente: “La Iglesia recomien­da vivamente que sea conservada la piadosa costumbre de enterrar los cuerpos de los di­funtos; no obstante, no prohíbe la incineración, a no ser que ésta haya sido escogida por razo­nes contrarias a la doctrina cristiana” (canon 1176, art. 3). Al respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “La Iglesia permite la incineración si esta no manifiesta un poner en duda la fe en la resurrección de los cuerpos” (CEC 2301). El Ritual romano de los sacramentos, en el n° 15 de las “Notas preliminares” de su Ritual de Exe­quias (15 de agosto de 1969), señala la posibi­lidad de efectuar los ritos que se realizan en la capilla del cementerio o junto al sepulcro en el edificio del crematorio (por supuesto que con las condiciones impuestas al respecto, citadas en otros documentos). Todo lo dicho nos confirma que la doctrina ac­tual de la Iglesia no prohíbe la cremación del ca­dáver del difunto bautizado, manteniendo algunas restricciones: -Se autoriza la cremación siempre que no ha­ya sido elegida para negar algún aspecto de fe católica, por ejemplo, la resurrección. -No debe causar el escándalo de los fieles. -No debe realizarse por indiferentismo reli­gioso (Ver CIC, 1176.3; 1184. 2; Praenotanda 15, Ritual de exequias). Respetando esos aspectos, los fie­les pueden elegir -según la libertad que les da la Iglesia- la cremación de su propio cuerpo, sin que esta opción impida la celebración cristiana de las exequias. Nuestra fe sostiene que el poder de Dios puede retornar a la vida esas cenizas en el día del juicio final. (Ritual de exequias del Episcopado Español: “Orientaciones doctrinales y pastorales”). Estabilidad de las cenizas La dispersión de las cenizas no tiene nin­gún sentido cristiano. Tampoco es deseable que la urna permanezca en el domicilio. Ac­tualmente se advierte un vacío legal con res­pecto a este tema. Las autoridades civiles no han legislado sobre el hecho y el destino de la urna de las cenizas, y es evidente la falta de una mejor regulación jurídica sobre el tema. La destinataria natural de las cenizas debería ser la tierra. La Iglesia recomienda un destino digno pa­ra las cenizas que sea estable, evitando por to­dos los medios la movilidad de la urna, y pro­curando su descanso en un lugar definitivo. Aconseja también que en ningún caso se transporte nuevamente la urna a la iglesia, por ejemplo, para conmemorar el aniversario del fallecimiento, etc. En síntesis: La Iglesia permite ambas opciones para los ritos exequiales de un cristiano. Se recomienda la inhumación; se permite la incineración. Lugares para depositar las cenizas en las parroquias Por motivos pastorales se puede disponer en las parroquias de lugares específicos para depositar las cenizas de los difuntos que fueron miembros de la comunidad, o de familiares de integrantes de la parroquia. Esto debe atenerse a las normas que cada Diócesis dicte. Es recomendable que exista un acuerdo firmado que exprese las condiciones en que se reciben las cenizas de los difuntos, respetando las leyes civiles y eclesiásticas. + Rodolfo Wirz Obispo de Maldonado-Punta del Este Presidente de la CEU + Arturo Fajardo Obispo de San José de Mayo Vicepresidente de la CEU + Heriberto Bodeant Obispo de Melo Secretario General de la CEU

domingo, 1 de junio de 2014

La Escatología Cristiana y el Cuerpo de Cristo

La concepción cristiana de la Historia se apoya mucho más en la concepción de los profetas de Israel que en la existente en el mundo helénico, basada ésta en un orden cíclico preestablecido. Para la primitiva Iglesia en cambio la venida de Cristo y sobre todo su muerte y resurrección es un acontecimiento único que inaugura en la Tierra el Reino de Dios, con un acto que es a la vez el Juicio de Dios sobre los pecados de los hombres y la suprema ocasión que su Misericordia nos ofrece para recibir su perdón e iniciar una nueva vida. Hay sin duda una cierta tensión en el Nuevo Testamento entre las afirmaciones de la próxima venida del Reino de Dios (Mc 1,15), de que este Reino ya ha llegado (Mt 12,28; Lc 11,20) y la segunda venida de Cristo (Mt 24,30 y 39; 25,31). Este problema lo resolvemos actualmente con la frase desde ahora, es decir desde la venida de Cristo el Reino de Dios ya está en el mundo y el tiempo presente es el tiempo oportuno, el kairós, la oportunidad que no debemos desaprovechar. En este sentido podemos decir que el futuro ya ha empezado, pero todavía no ha llegado a su consumación plena, que se dará solamente el día del fin de la Historia en el Juicio Final. La tensión escatológica fue tan viva que incluso Pablo parece pensar seriamente en una próxima venida del Señor, aunque el momento concreto es incierto (1 Tes 5,1-2) y se opone a una espera excesivamente ansiosa. Un rasgo importante de la enseñanza moral de la Iglesia primitiva es el fuerte sentimiento existente de constituir una comunidad orgánica en la que sus miembros son partes de un cuerpo. La vida moral cristiana se desarrolla en el interior de un organismo social que es el Cuerpo de Cristo y cuyo fin es la salvación del mundo entero. Esta idea no es exclusiva del Cristianismo, puesto que también era frecuente en la filosofía antigua, pero en el Cristianismo se pone el acento en el hecho que este cuerpo es el Cuerpo de Cristo, idea desarrollada sobre todo por S. Pablo (1 Cor 12,12-27), pero que existe también en S. Juan bajo la figura de la vid y de los sarmientos (Jn 15,1-8), y en S. Pedro, en donde la figura es de un edificio de piedras vivas (1 P 2,4-5). Es en Cristo donde somos llamados, justificados y glorificados (Rom 8,28-30). Por ello más que buscar lo propio del cristiano en actos concretos, que coinciden muchas veces con los de las morales no cristianas, habrá que encontrarlo en las realidades y motivaciones cristianas de nuestra actuación. Estas realidades son entre otras la persona de Cristo, el Espíritu Santo obrando en nosotros, la comunidad eclesial, los sacramentos etc., que deben estar presentes en nuestro comportamiento, orientándonos hacia los valores divinos, pues de otro modo no existiríamos ni como cristianos ni como hombres de fe p. ej. la motivación cristiana que se nos da para no ir de prostitutas en 1 Cor 6,12-20. El Nuevo Testamento nos exige ante todo y sobre todo una opción fundamental, entendida como un sí total y para siempre a Cristo, con todas las consecuencias que ello implica: "Buscad ante todo el reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios os dará lo demás" (Mt 6,33). El seguimiento de Cristo supone la conversión a fondo del hombre y la creación de nuevas actitudes a los más profundos niveles de la existencia, sin excluir normas concretas en diversos campos de conducta, como la oración, la amistad, la pobreza, el trabajo y la sexualidad. P. Pedro Trevijano, sacerdote