miércoles, 22 de septiembre de 2010

El diálogo con los anglicanos tiene ahora dos caminos

Mons. Koch: “El diálogo con los anglicanos tiene ahora dos caminos: uno es el de Anglicanorum coetibus”


Ofrecemos nuestra traducción de una entrevista al Arzobispo Koch, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, publicada hoy en L’Osservatore Romano, en la que hace un balance del viaje papal al Reino Unido, habla sobre la aplicación de la Constitución Apostólica Anglicanorum Coetibus, y menciona la sesión plenaria del diálogo teológico con los ortodoxos, que ha comenzado ayer en la ciudad de Viena y que estudia el tema del primado del Obispo de Roma en el primer milenio.
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Antes de partir para Gran Bretaña, usted había deseado que los aspectos más auténticos de la visita del Papa no fueran oscurecidos por polémicas y prejuicios. ¿Cómo ha ido finalmente?


Pienso que muy bien. Los otros miembros del séquito y yo hemos tenido la impresión de que los pueblos del Reino Unido han percibido realmente cómo es en verdad el Pontífice, en su sencillez, en su profundidad. La sensación es que ha sido recibido con afecto por todos y que finalmente este viaje se ha revelado como un gran éxito. Desde todo punto de vista.
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¿Cómo ha afrontado esta experiencia, para usted inédita?


En realidad, ya había vivido en primera persona un viaje internacional del Papa cuando, el 13 de mayo de dos años atrás, recibí a Benedicto XVI en el Caritas Baby Hospital de Belén, como obispo de Basilea y presidente de la Conferencia episcopal suiza, que está entre los mayores sostenedores del hospital pediátrico. En aquella ocasión, me impresionó el hecho de que el Papa no viviera aquellos momentos con la mirada puesta en el reloj. Recuerdo que se entretuvo largo rato con los niños enfermos, sobre todo con los prematuros. Aquella fue una experiencia maravillosa. Pero esta vez mi alegría es todavía mayor: participé en cada evento en Edimburgo, Glasgow, Londres y Birmingham; y en todas partes tuve la impresión de que el Papa logró siempre mostrarse tal como es y que la gente lo recibió con afecto.
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¿Cuál ha sido, en su opinión, el momento más significativo desde el punto de vista ecuménico?


Todo el viaje ha tenido una dimensión ecuménica porque en cada uno de los dieciocho discursos pronunciados, el Papa hizo referencia al rol de la comunidad de los creyentes en las sociedades europeas, hablando continuamente de las raíces cristianas del continente. Pero para responder a su pregunta, es evidente que la tarde del viernes 17 ha representado, desde nuestro punto de vista, la jornada más importante.
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¿Está hablando de la primera visita de un Papa a la residencia londinense del arzobispo de Canterbury o de la sucesiva celebración, también una primera vez histórica, en la abadía de Westminster?


Ambos eventos han tenido una relevancia sin precedentes. En el Lambeth Palace, los dos encuentros con el arzobispo Rowan Williams – el público y el otro más reservado – han sido muy amables y fraternos. El comunicado difundido conjuntamente al final del cordial diálogo ha subrayado cómo Benedicto XVI y el primado de la Comunión anglicana han reafirmado, entre otras cosas, la importancia de incrementar las relaciones ecuménicas y de profundizar el diálogo teológico, en particular sobre el tema de la Iglesia como comunión.
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Y luego han estado las Vísperas ecuménicas en la Abadía de Westminster. ¿Qué es lo que más le ha impresionado en este rito tan sugestivo?


Sobre todo, la oración común frente a la tumba de Eduardo el Confesor, el rey inglés venerado como santo en ambas tradiciones. Pero quisiera detenerme también en algunos gestos: el abrazo y el beso entre el Papa y el arzobispo Williams, que han sellado el intercambio de la paz, en sencillez y amistad; y también, al final de la celebración, la bendición impartida conjuntamente. Han sido momentos muy emotivos y en los diversos discursos tuve la sensación de que los dos se encuentran en sintonía en muchos puntos, proponiendo un mensaje compartido: es decir, que en una sociedad secularizada es absolutamente necesario un testimonio común. Jesucristo ha estado en el centro de todas las intervenciones. Estos encuentros han ofrecido un verdadero testimonio para la fe cristiana en la sociedad de Inglaterra y Escocia, los dos países visitados por el Papa en su viaje.
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Analizados los progresos, tal vez es el momento de hablar también de los problemas. ¿O se han borrado de golpe?


Existen, por supuesto, pero con la conciencia viva de que es absolutamente necesario trabajar en el futuro y continuar el diálogo, que ya ha dado frutos. En más de una circunstancia, algunos obispos anglicanos me han saludado diciéndome que están contentos por cómo este diálogo continúa y se busca realmente la unidad entre las dos comunidades.
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Aunque, en los últimos tiempos, la Constitución Apostólica “Anglicanorum coetibus” parece haber creado algunas dificultades.


Debe ser aclarado, en primer lugar, que la oferta pastoral del ordinariato para anglicanos que quieran entrar en plena comunión con la Iglesia católica ha sido una respuesta del Papa a explícitos pedidos en este sentido. Lo repito: ha habido peticiones de anglicanos de reencontrar a la Iglesia católica y el Pontífice no podía decir no. La diferencia con otros tiempos es que siempre ha habido conversiones individuales, y el ejemplo del cardenal Newman es iluminador; pero ahora se trata de grupos que quieren entrar en la Iglesia católica con sus pastores y tal vez con los obispos. Es un gran gesto por parte de Benedicto XVI, que abre las puertas a quien llama. Pero esto no cambia nada en el diálogo, que debe continuar. Quisiera además precisar que todo lo que respecta al diálogo entra en la responsabilidad del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. Mientras que la aplicación de la Anglicanorum coetibus se ubica en la esfera de competencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y esto es un bien, porque tenemos dos caminos para continuar la búsqueda de la comunión con los anglicanos.
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En el discurso a los obispos de Inglaterra, Gales y Escocia, el Papa les ha pedido nuevamente que sean generosos en la aplicación de la Constitución apostólica. ¿Es signo de que todavía hay problemas?


Pienso que se trata, sobre todo, de problemas prácticos. Por ejemplo: ¿cómo se debe proceder en el caso de que una entera comunidad anglicana quiera entrar en la Iglesia católica con su obispo? ¿Cómo integrar a estos grupos y a los obispos a través de la institución de un ordinariato personal? Hasta hoy, no tenemos experiencias en este sentido. Pienso que siempre es un poco así cuando se introducen novedades, pero con sentido común se pueden superar también tales temores.
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¿Es en este espíritu que se prepara para afrontar también la cita de Viena?


Diría que sí. La duodécima sesión plenaria de la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto se reúne durante una semana entera, hasta el 27 de septiembre, y espero que se den pasos adelante en la profundización del tema en agenda: el primado del Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, en el primer milenio. Se trata de un nudo crucial en las cuestiones históricas y doctrinales entre Oriente y Occidente. Dado que hay diferencias de interpretación sobre los testimonios y los fundamentos escriturísticos y teológicos, es muy interesante que las dos partes se esfuercen en leer los textos de otro modo, a través de un análisis común y una hermenéutica compartida. Sólo de este modo se puede cambiar la visión de las cosas y retomar un viaje fructífero hacia el futuro.
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Fuente: L’Osservatore Romano


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

miércoles, 15 de septiembre de 2010

miércoles, 1 de septiembre de 2010

¿Qué significa creer?

La fe es la respuesta del hombre a la revelación divina (cf Dei Verbum 5). Dios ha querido comunicarse a sí mismo, darse a conocer, para invitar a los hombres a participar de la vida divina. La revelación, que tiene su punto de partida en la misma creación y que se ha ido desplegando en la historia de la salvación, encuentra su centro y plenitud en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. A través de la mediación de la Iglesia, la revelación divina llega a nosotros.

Creer a Dios significa escuchar y obedecer. Escuchar a Dios, oír su palabra. La escucha es posible porque la predicación de la Iglesia hace resonar de modo vivo, hoy, en el mundo, la palabra de Dios. San Pablo recuerda que “la fe viene de la predicación, y la predicación, a través de la palabra de Cristo” (Rm 10,17). Pero, en la fe, la escucha se convierte en obediencia, en sumisión libre a la palabra escuchada y en abandono a Dios que se revela.

En el creer se entrecruzan el asentimiento, la confianza, la obediencia y la entrega. Estas actitudes las vemos reflejadas en los grandes modelos de creyentes que nos presenta la Sagrada Escritura. Por ejemplo, en Abraham, que no se limitó a escuchar lo que Dios le comunicaba, sino que, inmediatamente, lo puso en práctica: “Por la fe, Abrahám obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba” (Hb 11,8).

En la Virgen María se unen, igualmente, la escucha y la obediencia. A las palabras del ángel, que le transmiten lo que Dios espera de ella, contesta con un asentimiento obediente: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Por eso, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “la Virgen realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe”.

Solamente Dios, que es nuestro Creador y nuestro Señor, puede pedir una entrega tan plena y absoluta, un acto de expropiación de uno mismo motivado por el reconocimiento hacia Él, por la adoración a Él. En realidad, en el sentido teológico del término, el creer está dirigido únicamente a Dios. No sería sensato depositar una fe semejante en una criatura.

Le creemos a Él. La fe se apoya, se fundamenta, en la autoridad de Dios revelante; es decir, en la autoridad de la Verdad. Dios ni se engaña – porque es infalible – ni nos engaña, porque es veraz. Se da, pues, en el creer una entrega sostenida por la confianza. La “autoridad de Dios” no es una magnitud abstracta, sino que se hace concreta y toma forma visible en la figura de Cristo. No tiene sentido desconfiar de Cristo, que merece infinitamente toda nuestra confianza. Como los apóstoles, los creyentes de todos los tiempos pueden decir: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).
Creemos a Dios y creemos en Dios, porque Él constituye el centro y el contenido de la fe. La revelación divina nos da a conocer, ante todo, el Misterio de Dios - el Misterio que es Dios - , en el cual el hombre encuentra la salvación. Cristo hace presente este Misterio en medio de nosotros, haciéndonos saber, por la fe, que Dios es la comunión trinitaria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Las formulaciones de la fe – como las fórmulas de los diversos artículos del Credo – son mediaciones lingüísticas necesarias para expresar el misterio divino, pero el acto del creyente no se finaliza en la fórmula, sino en la realidad expresada en ella.
Creer supone un dinamismo que tiende hacia Dios, hacia la plena comunión con Él en el cielo. Creer en Dios es caminar hacia Él, en un compromiso creciente, en un vivo anhelo que no se sacia más que con Dios mismo. La fe se une, de este modo, a la esperanza y a la caridad, porque, como decía San Agustín, “quien cree en Cristo, espera en Cristo y ama a Cristo”.
La escucha y la obediencia a Dios inauguran en el hombre una existencia nueva que tendrá su culminación en la gloria del Cielo.

Guillermo Juan Morado.