lunes, 8 de junio de 2015
Las dificultades de interpretar la Biblia
Hace unos días recomendé a una persona, siguiendo un consejo del Papa Francisco, que leyese todos los días un trozo de los evangelios, y luego intentase meditar sobre él. Me contestó diciéndome que le resultaba difícil leer la Biblia, y mucho más meditar sobre ella. Mi respuesta fue que los evangelios no eran tan difíciles y que, aunque era muy posible que algunos trozos no le dijeran nada, de otros, los que estaban más a su alcance, era fácil sacar provecho.
Es evidente que en la Biblia junto a textos fáciles de encontrar sentido, hay otros difíciles y oscuros. En este artículo utilizo como fuentes dos documentos de la Pontificia Comisión Bíblica: “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” (1993) e “Inspiración y verdad de la Sagrada Escritura” (2014).
“El problema de la interpretación de la Biblia no es una invención moderna, como a veces se querría hacer creer. La Biblia misma testimonia que su interpretación ofrece dificultades. Al lado de textos límpidos, tiene también pasajes oscuros. Leyendo algunos oráculos de Jeremías, Daniel se interrogaba largamente sobre su sentido (Dn 9,2), Según los Hechos de los Apóstoles, un etíope del primer siglo se encontraba en la misma situación a propósito de un pasaje del libro de Isaías (Is 53,7-8) y reconocía la necesidad de un intérprete (Hch 8,30-35)”.
Actualmente el problema es aún más complicado, porque para encontrarnos con los hechos y palabras de la Biblia, necesitamos volver atrás veinte o treinta siglos, lo que añade dificultades. Muchos de estos textos complicados son de naturaleza moral. Con frecuencia los textos morales bíblicos no se preocupan en distinguir entre los preceptos morales universales de las prescripciones de pureza ritual o de las reglas jurídicas particulares, sino que se encuentra todo junto, sin olvidar que la Biblia refleja una evolución moral considerable, que encuentra su perfeccionamiento en el Nuevo Testamento.
Concretamente, uno de los mayores obstáculos para aceptar la Biblia como Palabra inspirada, lo constituye la presencia, sobre todo en el Antiguo Testamento, de manifestaciones repetidas de violencia y crueldad, ordenadas en muchos casos por Dios, en otros muchos objeto de súplicas dirigidas al Señor, y en otros atribuidas directamente a Él por el autor sagrado.
Desde sus primeras páginas la Biblia muestra que la violencia surge en la sociedad humana (Gén 4,8.23-24), siendo su matriz el rechazo de Dios que se manifiesta en la idolatría (Rom 1,16-32). Poniendo ante los hombres las terribles consecuencias de las perversiones del corazón (Gén 6,5; Jer 17,1), la Palabra de Dios tiene función profética y así invita a reconocer el mal para evitarlo y combatirlo. Pero la Torá del Señor no indica sólo que cada uno es llamado a seguir como un deber, sino que prescribe también lo que hay que hacer frente al culpable, en orden a extirpar el mal (Dt17,12; 22, 21-24) resarcir a las víctimas y promover la paz.
La sanción punitiva es de hecho necesaria, porque abolir completamente el castigo equivaldría a tolerar el mal y a hacerse cómplice del mismo. El sistema penal, regulado por la llamada ‘ley del talión’ es imperfecto, pero se basa en la proporción equitativa entre daño y sanción, entre daño provocado y daño sufrido. En lugar de la venganza arbitraria se fija la medida de una justa reacción al acto malo. Es un deber que el mal no quede impune y que las víctimas y que las víctimas sean socorridas y resarcidas. No olvidemos tampoco la apertura constante al perdón hacia el culpable ( Is 1,18; Gén 4,11), perdón concedido cuando se manifiesta en sentimientos y actos de verdadero arrepentimiento ( Gén 3,10; Ez 18,23).
Podemos por tanto decir que el Antiguo Testamento contiene ya los principios y valores que guían un actuar plenamente conforme con la dignidad humana, mientras el Nuevo Testamento ilumina estos principios y valores por la revelación del amor de Dios en Cristo. Nuestro estudio de la Biblia producirá sus mejores frutos, cuando se efectúe en el contexto de la fe viva de la comunidad cristiana, orientada hacia la salvación del mundo entero.
Pedro Trevijano, sacerdote
Creo en la oración
Acabo de pasarme tres semanas en Buenos Aires, donde se me han hecho muchas preguntas, pero dos de modo especial y frecuente. Una ha sido, como os podéis suponer, que qué pensamos los españoles del Papa Francisco. Aquí mi respuesta ha sido clara y contundente. Ya hace muchos años, era todavía seminarista, alguien me dijo: «El buen superior, es el que es amadísimo por la mayoría de sus súbditos y odiadísimo por una minoría». En cuanto al aspecto nacionalista, creo que a muy pocos españoles les puede molestar que sea argentino y en cambio a la gran mayoría nos agrada tener un Papa cuya lengua nativa es el español.
La otra ha sido sobre la Iglesia española.
En cuanto a la situación de la Iglesia española es indudable que estamos asistiendo a una descristianización galopante desde hace bastante tiempo. En mis primeros tiempos de profesor de Religión y Moral en Institutos públicos de mi ciudad, allá por los años setenta y ochenta, alrededor de la tercera parte de mis alumnos iban a Misa los domingos y ése era el resultado normal. Hoy no lo sé, porque hace doce años que estoy jubilado, pero supongo que es fácil no llegue ni al cinco por ciento. Muchísimos padres no se preocupan en absoluto de la educación cristiana de sus hijos, ni les dan ejemplo, acompañándoles en la Misa, por lo que los hijos dejan muy pronto de ir. Y no hablemos de la oración en familia. Todavía recuerdo con horror un curso de Religión que muchos no se sabían ni el Padre Nuestro. Claro que resultó que en sólo una casa se rezaba y cuando la chica dijo: «En mi casa sí se reza», los demás la miraron como a una marciana. Desde luego que hay motivos de pesimismo, y aunque pienso que nuestro episcopado es ciertamente católico y en él no hay desviaciones doctrinales, no es lo mismo en algunos sacerdotes y comunidades de base, como por ejemplo la Asociación de Teólogos Juan XXIII, cuyo comunicado de fin de Congreso no fue precisamente católico.
Pero esto no es una novedad en la Iglesia. Ya en los evangelios (Mt 8,23-27; Mc 4,35-41; Lc 8,22-25), nos encontramos con el episodio de la tormenta que amenaza con hundir la barca. Desde siempre por tanto no faltan motivos para el pesimismo. Pero si nos preguntamos cuál es la actitud propia del cristiano y mucho más la del católico, aun siendo o precisamente por ser realistas, hemos de estar abiertos a la alegría y a la esperanza.
Si queremos cambiar el mundo lo primero que hemos de hacer es cambiar nosotros mismos. San Juan XXIII y la Beata Teresa de Calcuta responden a personas que les hablan de lo mal que está el mundo, ya en su época, no negando el hecho, sino diciéndoles: «Vd. y yo vamos a ser dos personas decentes. Así habrá dos sinvergüenzas menos», o el propio Juan XXIII, que en ocasión de un problema complicado, se dice a sí mismo: «El verdadero jefe de la Iglesia no eres tú, sino el Espíritu Santo». En esta línea me impactó profundamente una frase que leí en mis estudios: «lo específico del cristiano es la esperanza».. Y el tener esperanza lleva a creer en la vida y a la alegría. Y en este sentido es impresionante el inicio de la Exhortación Apostólica «Evangelii gaudium» del Papa Francisco: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (EG nº 1), aunque también es cierto «que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma , y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza de ser infinitamente amado» (EG nº 6). En cierta ocasión me decía una persona. «cuando tengo un problema, acudo al mejor psiquiatra y psicólogo del mundo, que además me sale gratis y se llama Jesucristo».
Pero si esto es a nivel individual, también a nivel colectivo veo, utilizando una expresión política, una serie de brotes verdes, expresión que a mis amigos argentinos, les gustaba mucho. No sólo cada vez hay más grupos de oración, sino que se están multiplicando las horas santas, las adoraciones ante el Santísimo e incluso las adoraciones perpetuas, que como veo por el artículo de Jorge González Guadalix «El precio de tener una capilla de adoración perpetua en la parroquia», son iniciativas, que da la impresión, no son muy del agrado del Maligno. Pero como del adversario sigue el consejo, pero al revés, espero que estas iniciativas, ya en franco crecimiento, se multipliquen rápidamente. Y es que la oración es la gran arma para derrotar al demonio.
Pedro Trevijano, sacerdote
miércoles, 27 de mayo de 2015
Catequesis del Papa Francisco sobre el noviazgo
Queridos hermanos y hermanas:
La catequesis de hoy está centrada en el noviazgo, llamado a poner las bases de un proyecto de amor común, y que debe ser asumido con plena conciencia.
El matrimonio, como vocación de Dios, no es sólo una relación basada en la atracción y el sentimiento, sino que establece una alianza tan sólida y duradera, que hace de dos vidas una sola, un auténtico milagro de la libertad humana y de la gracia de Dios. Una alianza así no se improvisa de un dia para otro. El noviazgo crea las condiciones favorables para que el hombre y la mujer se conozcan a fondo, para que maduren la decisión responsable por algo tan grande, que no se puede comprar ni vender.
La cultura consumista del “usar y tirar”, del “todo y enseguida”, imperante en nuestra sociedad muchas veces tiende a convertir el amor en un objeto de consumo, que no puede constituir el fundamento de un compromiso vital.
La Iglesia, en su sabiduría, sabe que el amor no se compra. Y por eso ha preservado la distinción entre el noviazgo y el matrimonio, precisamente para proteger la profundidad del sacramento. Los cursos prematrimoniales son una expresión de esta solicitud por la preparación a los esposos. Hoy más que nunca es necesario revalorizar el noviazgo, como una iniciación a la sorpresa de los dones espirituales con los cuales Dios bendice y enriquece a la familia.
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y de América Latina. Invito a todos, especialmente a los esposos cristianos, a acompañar con la oración y el testimonio de amor y fidelidad, a los jóvenes novios que se preparan para el matrimonio. Muchas gracias.
martes, 5 de mayo de 2015
La inteligencia progresiva del Evangelio
Como dice la “Lumen Gentium”, la Iglesia es el Pueblo de Dios en marcha hacia el Reino: “Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (cf. 2 Esd 13,1; Nm 20,4; Dt 23,1 ss), así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cf. Hb 13,14), también es designado como Iglesia de Cristo (cf. Mt 16,18), porque fue El quien la adquirió con su sangre (cf. Hch 20,28), la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social. Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutífera [15]. Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos.Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso” (nº 9).
Este caminar requiere sin cesar nuevas adaptaciones, por lo que creemos también que progresa, bajo la acción del Espíritu, la comprensión del mensaje evangélico. La Palabra de Dios es inagotable, demasiado rica para ser comprendida de una sola vez; se precisa toda la sucesión de generaciones de los fieles, no sin la ayuda e intervención de la Iglesia, para ir penetrando cada vez más profundamente en el misterio de la enseñanza de Cristo.
En función de esta mayor aproximación de la Palabra de Dios, podemos encontrar nuevas exigencias morales.
Comprometerse en nuevas respuestas no supone renegar de las etapas anteriores, sino un pensar que la Palabra de Dios es creadora y se dirige a un mundo y a una Iglesia que viven y progresan. Leída en la Iglesia, la Biblia será un punto de partida que nos permitirá construir, contando también con la ayuda de las ciencias humanas, una Teología Moral científica que nos permita responder a los problemas actuales. Y es que en efecto, la constante maduración moral que exige la evolución de las circunstancias, debe reposar sobre la base sólida y estable de una fe muy pura y siempre en renovación para que pueda acoger los impulsos del Espíritu (Jn 3,8).
El cristiano es por tanto un fiel en el sentido profundo de la palabra, pues cree en la intervención de Dios en la historia humana y reconoce a la Revelación un valor normativo sobre sus actos. Cristo nos enseña el camino por el que debemos ir y la falta moral o pecado es rechazar el plan del amor divino, mientras que la virtud moral es la aceptación del plan de Dios sobre el hombre, el mundo y la historia, plan que supone nuestra santificación, es decir nuestra realización personal y colectiva.
Bajo el influjo del Espíritu Santo madura el dinamismo cristiano. Una vida cristiana sin crecimiento es una contradicción; el cristianismo es una llamada al desarrollo continuo (Hch 12,24; Col 1,10; Ef 4,15). La gracia está destinada a crecer, aumentando nuestra semejanza espiritual con Dios e incrementando nuestra participación en la vida divina.
Nuestra moral es imitación de Cristo, no sólo porque Él es el Dios que nos revela la perfección divina y nos asegura la ayuda indispensable de la gracia, sino también porque, siendo hombre, realizó la perfección en su vida humana. Ser perfectos será para nosotros vivir a la manera de Cristo.
Esta imitación no deberá quedar en meras palabras, sino debe llevarnos a transformar nuestra vida cotidiana dando una respuesta concreta a los interrogantes que se nos presentan. Nuestra moral para ser cristiana ha de ser humana, viviendo la fe en Cristo en medio de nuestras tareas temporales, siendo la misión del pueblo de Dios el testimoniar la presencia de Cristo a los hombres de hoy, testimonio que se da a través del amor y en el que consiste la actividad esencial de los discípulos de Jesús, pues según él seremos juzgados.
La teología moral debe tener sumo cuidado en no reducir el cristianismo a una moral. Si cayera en esa tentación, se seguirían consecuencias desastrosas, tanto para la moral como para la evangelización y educación en la fe. Al proclamar la Buena Nueva, se nos invita a convertirnos al Reino de Dios. La fe y la evangelización incluyen necesariamente el llamamiento a la justicia, a la paz, a la reconciliación, a la fidelidad y a otros valores morales, pero si queremos ser exactos, tenemos que decir que lo propio de la moral católica no es lo propiamente humano, sino que surge como consecuencia de la fe y de la aceptación amorosa del Reino de Dios. No se trata del amor fraterno en sí mismo, sino de la participación del creyente en el amor que Dios nos tiene y por el que nos une a su propia vida, amor que nos capacita para amar al mundo y salvarlo.
Pedro Trevijano, Sacerdote
El pecado social
El pecado social es una realidad que afecta a la sociedad, encarnándose en sus estructuras e impidiendo que los actos humanos alcancen sus dimensiones de verdad, bondad y comunión con los demás. Es un espíritu de egoísmo radical, de mentira y de falta de amor, que penetra en el tejido social y determina la vida de las personas y de la sociedad. Podemos decir que es la resultante y el fruto del pecado original, de las costumbres corrompidas, de las culturas alienadas, de la irresponsabilidad colectiva y de los pecados personales de cada generación humana. El pecado social “no debe inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de los individuos, sino que quiere ser una llamada a la conciencia de todos para que cada uno tome su responsabilidad... La Iglesia cuando habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios... sabe y proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales. Por lo tanto las verdaderas responsabilidades son de las personas" ( Exhortación Apostólica de San Juan Pablo II Reconciliatio et Paenitentia, 2-XII-1984, nº 16).
Este pecado entra en la Historia con la libertad, y una vez entrado se instala, crece y prolifera en las relaciones interpersonales, oponiéndose al proyecto de Dios que quiere salvar a los hombres y, especialmente, tratando de impedir la transformación de la gente en Pueblo de Dios que camina hacia el Reino. Para ello intenta sustituir a Dios con los ídolos del tener, poder y placer, no teniendo en cuenta el valor y la dignidad de la persona humana y oponiéndose al amor de caridad.
Y es que el pecado social tiene unas estructuras que "se fundan en el pecado personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas que las introducen y hacen difícil su eliminación". Pero al cristalizar los pecados sociales en "estructuras de pecado" surge algo cualitativamente distinto de la suma de dichos pecados. Las estructuras de pecado se manifiestan como un "poder extraño" que domina sobre nosotros y multiplica el mal en el mundo, por lo que encontramos en él mayor maldad de la que debería resultar sumando las malas voluntades individuales.
Está claro que ante esta situación hemos de juzgar y actuar críticamente en la vida social y en las relaciones políticas, económicas e ideológicas, intentando luchar contra las costumbres sociales que supongan injusticia y pecado, es decir tenemos obligación de combatir los pecados estructurales, tanto a nivel personal como de comunidad de creyentes, pues estos pecados, aunque con su fuerza contribuyan a la expansión del mal en el mundo, no son un destino ciego insuperable que impida la realización del Reino de Dios en la Historia, por lo que hemos de aceptar nuestras responsabilidades ante el bien común y evitar las faltas de omisión.
Si el pecado es una realidad esencialmente negativa, una laguna o carencia, el pecado de omisión, del que uno con frecuencia no se da cuenta, porque está tan centrado en sí mismo que no se ocupa de los demás, aparece como especialmente importante.
Por su parte la Iglesia considera fundamental y urgente la edificación de estructuras menos opresivas y más justas, pero es consciente de que aún las mejores estructuras y sistemas, se convierten pronto en inhumanos si las malas inclinaciones del hombre no son saneadas, si no hay una conversión de corazón y de mente por parte de quienes viven en estas estructuras y sobre todo por quienes las rigen. Pues así como hay una solidaridad en el bien, se es también solidario en el mal. Sin embargo no olvidemos que las raíces profundas de las faltas son individuales, incluso si tienen aspectos colectivos.
Cristo nos dice que del amor a Dios y al prójimo "penden la ley entera y los profetas" (Mt 22,40). El Bien está al servicio del Amor en sus dimensiones individual, social y trascendental. El Mal en cambio es lo que dificulta a estas relaciones. Jesús radicaliza este planteamiento y lo adopta en su mensaje sobre el Reino: Dios es sencillamente el Bien, y el que concede al hombre la salvación.
Pedro Trevijano, Sacerdote
sábado, 11 de abril de 2015
Jubileo de la Misericordia
La Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia titulada "vultus Misericordiae" se compone de 25 números. El Papa Francisco describe los rasgos más sobresalientes de la misericordia situando el tema, ante todo, bajo la luz del rostro de Cristo. La misericordia no es una palabra abstracta, sino un rostro para reconocer, contemplar y servir. La Bula se desarrolla en clave trinitaria (números 6-9.) y se extiende en la descripción de la Iglesia como un signo creíble de la misericordia: "La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia" (n. 10).
Francisco indica las etapas principales del Jubileo. La apertura coincide con el quincuagéismo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II:'' La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo''.(n. 4). La conclusión tendrá lugar "en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que difunda su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro. "(n. 5) .
Una peculiaridad de este Año Santo es que se celebra no sólo en Roma, sino también en todas las demás diócesis del mundo. La Puerta Santa será abierta por el Papa en San Pedro el 8 de diciembre y el domingo siguiente en todas las iglesias del mundo. Otra de las novedades es que el Papa da la posibilidad de abrir la Puerta Santa también en los santuarios, meta de muchos peregrinos.
El Papa Francisco, recupera la enseñanza de San Juan XXIII, que hablaba de la "medicina de la Misericordia" y de Pablo VI que identificó la espiritualidad del Vaticano II con la del samaritano. La Bula también explica algunos aspectos sobresalientes del Jubileo: primero el lema "Misericordiosos como el Padre", a continuación el sentido de la peregrinación y sobre todo la necesidad del perdón. El tema particular que interesa al Papa se encuentra en el n. 15: las obras de misericordia espirituales y corporales deben redescubrirse "para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina.". Otra indicación atañe a la Cuaresma con el envío de los "Misioneros de la Misericordia" (n. 18). Nueva y original iniciativa con la que el Papa quiere resaltar de forma aún más concreta su cuidado pastoral. El Papa trata en los nn. 20-21 el tema de la relación entre la justicia y la misericordia, demostrando que no se detiene en una visión legalista, sino que apunta a un camino que desemboca en el amor misericordioso.
El n. 19 es un firme llamamiento contra la violencia organizada y contra las personas ''promotoras o cómplices'' de la corrupción. Son palabras muy fuertes con las que el Papa denuncia esta "llaga putrefacta" e insiste para que en este Año Santo haya una verdadera conversión: "¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Delante a tantos crímenes cometidos, escuchad el llanto de todas las personas depredadas por vosotros de la vida, de la familia, de los afectos y de la dignidad. Seguir como estáis es sólo fuente de arrogancia, de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto de lo que ahora pensáis. El Papa os tiende la mano. Está dispuesto a escucharos. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia."(n. 19).
La referencia a la Indulgencia como tema tradicional del Jubileo se expresa en el n. 22. Un último aspecto original es el de la misericordia como tema común a Judios y Musulmanes: "Este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; nos haga más abiertos al diálogo para conocerlas y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación. "(n. 23).
El deseo del Papa es que este Año, vivido también en la compartición de la misericordia de Dios, pueda convertirse en una oportunidad para "vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros. En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida.. [...] En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: « Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos ».
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