de Camillo Ruini
El evento "Jesús nuestro contemporáneo", que tiene lugar en Roma del 9 al 11 de febrero, se realiza a distancia de poco más de dos años del otro: "Dios hoy: con él o sin él cambia todo".
Los temas de las dos iniciativas, promovidas por el comité para el proyecto cultural de la conferencia episcopal italiana, están estrechamente vinculados porque el Dios en el cual creemos o no creemos, del cual discutimos en Italia, en Occidente y en gran parte del mundo (por ejemplo, en Rusia o América Latina) es el Dios que nos propone Jesucristo. Recíprocamente, Jesús de Nazaret es importante para tantos hombres y mujeres porque están convencidos que tiene una relación única con Dios.
Sobre él, desde hace dos siglos y medio, se está llevando a cabo una gigantesca investigación histórico-crítica, desarrollándose un debate histórico, filosófico y teológico-cultural en el sentido fuerte del término y que, en sustancia, gira alrededor de la cuestión de si él tiene o no está relación única con Dios.
Las cuestiones de Dios y Jesucristo son, de hecho, inseparables. Nos encontramos, por lo tanto, ahora como hace dos años, en el corazón de la relación entre fe y cultura hoy y, por consiguiente, del deber del proyecto cultural y, más ampliamente, de la misión de la Iglesia.
¿Por qué motivo, para hablar de Jesús, se ha elegido este titulo? No sólo para subrayar la actualidad del argumento y reivindicarla frente a quien considera que Jesús está ya confinado en el pasado, sino por una razón más sustancial.
Hablamos, de hecho, de Jesús nuestro contemporáneo – y, podríamos añadir, contemporáneo de cada hombre y mujer del futuro como del pasado – entendiendo que es contemporáneo justamente el Jesús que vivió hace dos mil años en Palestina: lo es en su vicisitud humana única e irrepetible, y no simplemente porque lo hace actual nuestro recuerdo o nuestro tentativo de serle fiel, inspirándonos en él en nuestra forma de vivir.
Así entendido, este titulo no debe darse por descontado. Contiene una fuerte provocación que apela tanto a la fe como a la historia. De hecho, ya en 1777 el gran ilustrado alemán Gotthold Ephraim Lessing había afirmado que las verdades históricas no pueden convertirse en prueba de verdades eternas, y que la distancia histórica que continuamente se agranda entre Jesús y nosotros comporta una inevitable disminución de su relevancia para nosotros.
Desde entonces, la tendencia a relegar a Jesús al pasado se ha difundido hasta convertirse, para gran parte de la cultura de hoy, en casi una evidencia, también cuando se reconoce el valor y la actualidad de su ejemplo de vida y de algunas de sus enseñanzas.
Para quien cree en Cristo y se dirige a él como al Señor que está vivo y presente, que nos escucha y nos sostiene – más bien, como dice san Pablo a los Gálatas (2, 20), que vive en nosotros –, relegar a Jesús al pasado es imposible y equivaldría a cortar el vínculo que une nuestra existencia a la suya. Kierkegaard ya dio a Lessing una respuesta seca, la del salto de fe que supera el tiempo y nos hace contemporáneos de Jesús.
Pero este no es el tipo de respuesta alrededor del cual se ha construido el evento o, por lo menos, no es el todo de la respuesta que nos quiere proponer.
Las cuatro medias jornadas de relaciones, testimonios, debates, proyecciones, exposiciones cinematográficas giran, de hecho, alrededor de la idea que es posible tener unidas la fe en Jesús viviente y nuestro contemporáneo con su precisa ubicación en la historia, en lo que sucedió en Palestina hace dos mil años.
De la iniciativa tendría que emerger, por lo tanto, ese cambio que se está verificando justamente en estos años en los estudios histórico-críticos sobre Jesús de Nazaret, cambio del cual los dos libros sobre Jesús de Benedicto XVI son, por así decirlo, señal y revelación teológica y exegética. En base a ese, las tradiciones sobre Jesús conservadas en los Evangelios hay que tomarlas mucho más en serio de lo que han considerado, por motivos distintos, muchos estudiosos durante más de un siglo.
De este modo, la figura histórica de Jesús de Nazaret vuelve a adquirir su solidez y concreción, de manera nueva y críticamente consciente.
Esto vale no sólo por sus palabras, sino también por sus obras, es decir, por los signos de la potencia de Dios que obraba en él. Vale para la conciencia que él tenía de su relación filial con Dios, de la misión que el Padre le había confiado y del destino que le esperaba, de muerte pero también de salvación.
Más bien, incluso la fe en su resurrección de los muertos, punto decisivo del credo y del testimonio de la Iglesia de los orígenes y objeto también del más fuerte escepticismo histórico, está ahora de nuevo considerada difícilmente comprensible sin un sólido vínculo con la historia.
Todo ello representa una cara. La otra es la actualidad de Jesús, no sólo como es solicitada por la fe en él, sino como emerge de aquella “historia eficaz” que desde él ha llegado hasta nosotros, manteniendo y renovando continuamente ese carácter paradójico expresado por el binomio cruz y resurrección.
Esta actualidad y contemporaneidad de Jesús se profundizará en Roma bajo el perfil filosófico y teológico, pero será también atestiguada y hecha casi tangible mediante varias formas de experiencia: la de las obras de fraternidad que manan también hoy de la relación con él; aquella, quizás aún más íntima y directa, de la relación personal y vivificante que se establece entre él y quien elige transcurrir, mediante el silencio y la oración, la vida en su compañía; aquella, suprema, de quien muere mártir por la fe en él.
Este evento es, por lo tanto, una propuesta audaz que, sin embargo, se hace respetuosamente, dando espacio en su interior también a aquellos que se mueven según lógicas distintas.
También a ellos y a cada uno de nosotros, de todos modos, Jesús de Nazaret dirige la pregunta con la cual interpeló a sus primeros discípulos: "Vosotros, ¿quién decís que soy yo?".
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